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CINE CUBANO: HISTORIA

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Re: CINE CUBANO: HISTORIA

Mensaje por El Compañero el Dom Dic 14, 2008 1:34 am

¿LAS MEJORES PELÍCULAS DEL CINE CUBANO?
jagb 10/03/2007 @ 12:27

Hace un par de meses, en París, tres estudiantes me pidieron ayuda para conformar un listado de eso que pudiéramos nombrar “las mejores películas de la historia del cine cubano”. En Francia hay un enorme interés por estudiar académicamente al cine cubano (mucho más que en Cuba, por cierto), por lo que no resulta excéntrico ese desorbitado gesto con el cual algunos intentan establecer listas canónicas.

En 1998 yo también confiaba en ese tipo de encuesta, y quienes hayan tenido la paciencia de hojear alguna vez la “Guía crítica del cine cubano de ficción”, habrán notado que en los inicios de ese volumen figuran los resultados de una consulta similar que quien esto suscribe convocara entre 18 estudiosos del tema. La relación de las películas que allí se anotaron acaso sea interesante por la diversidad de estéticas que los participantes intentaron legitimar, y que iría desde la consabida “Memorias del subdesarrollo” hasta el más vapuleado de los cineastas que alguna vez ha rodado en la isla: Juan Orol. Casi diez años después de aquel escrutinio, es probable que los criterios de expertos sigan intactos, y “Memorias del subdesarrollo”, “Lucía” o “Fresa y chocolate” continúen resultando las películas más votadas, seguramente escoltadas por “Suite Habana”.

Confieso algo: hoy en día ese tipo de herramienta para estudiar el cine cubano me parece francamente inútil, pues suele concedérsele más importancia al gusto del “experto” que elige, que a las películas mismas. Cierto que uno sabe que el tiempo a la larga se encargará de hacer la curaduría más rigurosa, desmintiendo esos juicios absolutos que alguna vez se pregonaron, pero no se puede olvidar que son los expertos, con sus relatos y preferencias a la hora de organizar los discursos quienes terminan nutriendo la memoria histórica. Y cuando esas selecciones se alimentan únicamente del gusto personal (y casi siempre es así), pues corremos el riesgo de ser, una vez más, víctimas inconscientes de la “dictadura de los críticos”. Preferiría, pues, escuchar lo que todavía tienen que decir esas películas en su enunciado original, antes de seguir confiando en lo que opinan quienes la interpretan, por honestos que puedan parecernos sus juicios.

En mi criterio particular, el estudioso del cine cubano (resida en Cuba, en Francia o en Estados Unidos) tiene que asumir ante este hecho socio-artístico una actitud que no es exactamente la del crítico del arte que solo computa las posibilidades de trascender atendiendo a los posibles aportes estéticos. El desafío va más allá: se trata de encontrar los nexos que cada película consigue establecer con la época. Chesterton afirmaba que todo en esta vida tiene un valor de uso, pues incluso un reloj que no sirve, dos veces al día da la hora exacta. Lo mismo sucede con el cine cubano: probablemente la película más delirante de Juan Orol sea útil para reflejar las peculiaridades del modelo de representación que por entonces predominaba en el imaginario de ciertos cineastas, y de paso, de los consumidores de ese cine.

Se me objetará que la coartada del “todo vale” postmoderno ha servido para encumbrar hasta sitiales insospechados obras que difícilmente resistan el paso del tiempo, pues el sentido común las devuelve al lugar que merecen, ese que se asocia al olvido. Sin embargo, un historiador (si ha escogido ese oficio, y no se lo han impuesto) no puede darse el mismo lujo que un espectador común: desechar aquello que existe siguiendo las reglas que dicta la opinión general (recuérdese que esa opinión general no es otra que la de un grupo que después acata con disciplina una mayoría). Un espectador común puede creer que pierde el tiempo viendo determinadas películas, y tiene todo su derecho a renunciar a verlas. Incluso a odiarlas (si uno no fuera historiador también las odiaría). Un investigador, en cambio, tiene el deber de explicar por qué en determinados momentos cierta película es calificada de “prescindible”, y cincuenta años después se le concede otra calificación (para el caso cubano sirve muy bien “Casta de roble”, de Manolo Alonso).

Intentar contar la historia del cine nacional tomando en cuenta solo sus grandes momentos, sería relatar apenas una parte de esa historia, esa a la cual el poder cultural ya nos ha habituado a pensar que es solo la única que vale la pena promover, satanizando el resto. Así que más que una relación de “las mejores películas del cine cubano”, en lo personal sería partidario de proponer un panorama de lo que ha sido el devenir cubano visto desde el punto de vista de los más disímiles cineastas, sin importar la época en que ejercieron el oficio, dónde viven o cómo piensan.

En ese panorama no hablaría nunca de películas más logradas que otras, si bien pueda pensar que la puesta en escena de “La última cena” es superior a la de “Memorias del subdesarrollo”, por ejemplo. Si dejamos la mirada del aldeano vanidoso a un lado, es natural que consigamos entender por qué muy pocas películas cubanas terminen figurando alguna vez en el mismo podio donde hoy aparecen algunos filmes de Orson Welles, Charles Chaplin, Jean Renoir o Federico Fellini.

Entenderíamos que las circunstancias históricas nos ha impulsado a graficar mucho más la anécdota que a meternos en la piel de lo que somos y siempre seremos: seres humanos intentando ser felices a cualquier precio. Y el verdadero arte no habla de circunstancias y anécdotas, sino de tramas que perduran. De modo que trataría de argumentar de otra forma la importancia de esas películas cubanas que desde posiciones muchas veces encontradas, han logrado reflejarnos como hemos sido, con nuestras contradicciones y miserias, nuestras virtudes y nuestras sistemáticas intolerancias.

Desde luego, la lista que a continuación ofrezco es la mía, bien personal (y ya sé que discutible). He anotado solo un grupo de filmes que se me antojan ideales para introducir el debate de otros asuntos que rebasan el estrictamente cinematográfico. Porque algo sí que debería quedarnos claro a todos los estudiosos de cine cubano: ningún cineasta, viva en la isla o fuera de ella, sea partidario de la Revolución o furibundo detractor, haya trabajado en el período silente o aún explore las posibilidades de las nuevas tecnologías, jamás ha realizado una película por el mero placer de hacer una película. Ese cineasta siempre ha puesto el ojo en la cámara buscando enfocar algo más allá de lo que el encuadre ofrece. Buscando el fondo, más que la superficie. El ojo del cineasta nunca ha sido ni será inocente.

El listado no es exhaustivo, y probablemente mañana note que me ha faltado alguna más representativa. Recuérdese siempre que es una selección interesada, que no pretende esconder su carácter subjetivo precisamente porque no creo en la “objetividad científicas” de esas selecciones. Cada una de las películas mencionadas son apenas el punto de partida para enlazar con otras del mismo período que quizás nos confirmen tendencias generales, o nos hablen de circunstancias específicas e inesperadas que ayudan a entender mejor el contexto. La lista que ofrezco la conforman por el momento cincuenta títulos, y cada vez que tenga oportunidad intentaré colgar en este blog mis puntos de vistas puntuales sobre esos filmes. El orden que he escogido es estrictamente cronológico.

Tal vez la revisión de estas cintas realizadas en los más diversos espacios y fechas, nos ayude a entender un poco mejor qué ha significado hasta ahora “ser cubano”. O por lo menos percibir esa inefable condición en una perspectiva más compleja que la usual, pues como dijo alguna vez André Gide, aludiendo al despiste colectivo en que por lo general andamos metidos los humanos, en esta vida “todo está dicho, lo que como nadie atiende…”.

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"Confiamos en que la pureza de nuestra intención nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria. Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque, tenga o no, nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originara nos hará adelantar la senda del triunfo."
José Antonio Echevarría : La Habana, 13 de Marzo de 1957.
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Re: CINE CUBANO: HISTORIA

Mensaje por El Compañero el Dom Dic 14, 2008 1:34 am

LAS CINCUENTA MEJORES PELICULAS DEL CINE CUBANO DE TODOS LOS TIEMPOS
Por Jagb de la Pupila Insomne

CINCUENTA PELÍCULAS PARA INTENTAR ENTENDER LO QUE HA SIDO CUBA.

LA VIRGEN DE LA CARIDAD (1930) de Ramón Peón
CASTA DE ROBLE (1953) de Manolo Alonso
LA ROSA BLANCA (1954) de Emilio (El Indio) Fernández
EL MÉGANO (1956) de Julio García Espinosa
HISTORIAS DE LA REVOLUCIÓN (1960) de Tomás Gutiérrez Alea
PM (1961) de Sabá Cabrera Infante, Orlando Jiménez Leal
LAS DOCES SILLAS (1962) de Tomás Gutiérrez Alea
CICLÓN (1963) de Santiago Álvarez
SOY CUBA (1964) de Mijail Kalatozov
DESARRAIGO (1965) de Fausto Canel
MANUELA (1966) de Humberto Solás
LA MUERTE DE UN BURÓCRATA (1966) de Tomás Gutiérrez Alea
AVENTURAS DE JUAN QUIN QUIN (1967) de Julio García Espinosa
LUCÍA (1968) de Humberto Solás
MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO (1968) de Tomás Gutiérrez Alea
LA PRIMERA CARGA AL MACHETE (1969) de Manuel Octavio Gómez
COFFEA ARABIGA (1968) de Nicolás Guillén Landrián
ESCENAS DE LOS MUELLES (1970) de Oscar Valdés
LOS DÍAS DEL AGUA (1971) de Manuel Octavio Gómez
UNA PELEA CUBANA CONTRA LOS DEMONIOS (1971) de Tomás Gutiérrez Alea
UN DÍA DE NOVIEMBRE (1972) de Humberto Solás
DE CIERTA MANERA (1974) de Sara Gómez
LA ÚLTIMA CENA (1976) de Tomás Gutiérrez Alea
LOS SOBREVIVIENTES (1978) de Tomás Gutiérrez Alea
GUAGUASÍ (1978) de Jorge Ulla
EL SUPER (1979) de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal.
RETRATO DE TERESA (1979) de Pastor Vega
CECILIA (1981) de Humberto Solás
SE PERMUTA (1983) de Juan Carlos Tabío
CONDUCTA IMPROPIA (1984) de Néstor Almendros, Orlando Jiménez Leal.
LEJANÍA (1985) de Jesús Díaz
AMIGOS (1985) de Iván Acosta
UNA NOVIA PARA DAVID (1985) de Orlando Rojas
PLAFF O DEMASIADO MIEDO A LA VIDA (1988) de Juan Carlos Tabío
EL ENCANTO DEL REGRESO (1988) de Emilio Oscar Alcalde.
LA BELLA DEL ALHAMBRA (1989) de Enrique Pineda Barnet
PAPELES SECUNDARIOS (1989) de Orlando Rojas
EL FANGUITO (1990) de Jorge Luis Sánchez
ALICIA EN EL PUEBLO DE MARAVILLAS (1990) de Daniel Díaz Torres
MARÍA ANTONIA (1990) de Sergio Giral
MUJER TRANSPARENTE (1990) de Héctor Veitía, Mayra Segura, Mayra Vilasís, Mario Crespo, Ana Rodríguez.
OSCUROS RINOCERONTES ENJAULADOS (1991) de Juan Carlos Cremata
FRESA Y CHOCOLATE (1993) de Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío
MADAGASCAR (1994) de Fernando Pérez
MELODRAMA (1994) de Rolando Díaz
PON TU PENSAMIENTO EN MÍ (1995) de Arturo Sotto
GUANTANAMERA (1995) de Tomás Gutiérrez Alea
LA VIDA ES SILBAR (1998) de Fernando Pérez
VIDEO DE FAMILIA (2000) de Humberto Padrón
SUITE HABANA (2003) de Fernando Pérez
NADA (2003) de Juan Carlos Cremata
VIVA CUBA (2005) de Juan Carlos Cremata
FRUTAS DEL CAFÉ (2005) de Humberto Padrón

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MARTÍ Y EL CINE… ANTES DE LOS LUMIÉRE.

Mensaje por El Compañero el Dom Dic 14, 2008 1:40 am

MARTÍ Y EL CINE… ANTES DE LOS LUMIÉRE.
Juan Antonio García Borrero

Acabo de leer un estupendo ensayo de Rafael Almanza titulado “Los hechos del apóstol” (Ediciones VITRAL, 2005), que obtuvo el Gran Premio de Ensayo convocado por el concurso literario Vitral. Es un texto impecablemente escrito, que no teme someter a la polémica un grupo de ideas apasionantes, y defendidas con la vehemencia típica de su autor, un martiano convencido, allí donde los hay.

Desde un inicio, Almanza advierte que “(n)o espero, pues, para las páginas que siguen, ninguna piedad de los especialistas modernos y post, aunque en modo alguno pienso a renunciar en ellas a la razón, sino a usarla hasta el fondo, y no para sustituir los hechos por la exégesis, sino para interpretar todos los hechos, documentalmente comprobados. Si la historia ha terminado pero el tiempo humano no, tenemos derecho a sospechar que lo que ha concluido es una concepción de la historia occidental, la que empieza a tramarse con el fin de las Cruzadas y que tiene en Hegel y en Marx su obligatoria culminación. Luego ya podemos empezar a mirar la historia de otro modo, para no quedarnos presos de la sin historia, la sinrazón y otros tristes sustantivos prefijados. La jerarquía de Martí como creador y pensador de la historia puede ayudarnos, estoy seguro, a repensar la historia desde el acto mismo, desde la historia misma”.

La lectura de este ensayo, que pone a pensar lo mismo a los incondicionales de Martí que a los “weberianos partidarios del mundo desencantado”, me invitó a revisitar otro texto de Almanza, tal vez menos polémico, pero igual de riguroso, publicado con el título de “Hombre y tecnología en José Martí” (Editorial Oriente, 2001), donde el autor nos ofrece un exhaustivo mapa de lo que podríamos llamar el “eros tecnológico” martiano.

Amante a partes iguales de la poesía y la técnica (la observación es de Almanza, quien por cierto, también ha publicado una exquisita aproximación a la vida del Padre Olallo), me pregunté qué hubiese escrito Martí del cinematógrafo Lumiére, de no haber caído en combate aquel 19 de mayo de 1895. Como se sabe, en otro mayo (pero de 1884) había redactado para “La América”, en Nueva York, la siguiente crónica:

Una fotografía en un revólver

En días pasados la muchedumbre se agolpaba alrededor de un hombre que apuntaba tranquilamente como a cuarenta y cinco metros de distancia, a la pared de un edificio. Uno de los espectadores, creyendo que esperaba a que una especial persona saliese del edificio para enviarle la bala del revólver, se abalanzó al hombre, que continuaba apuntando impasible.

- ¿Qué va a hacer? le dijo a acalorado.
- Dos vistas más: ya llevo hechas diez. ¿Ve Ud? El cañón de este revólver contiene un objetivo reticular perfectamente arreglado. La cámara del revólver es una perfecta cámara fotográfica. Cada vez que tiro del gatillo cae al fondo de la cámara un negativo con la imagen ya impresa, y queda frente al foco. Vea Ud. Aquí está su retrato, que le he hecho apuntándole al rostro mientras le he ido explicando.

El arma, que es una máquina completa de fotografía dentro de un revólver de bolsillo, es invención francesa: su autor se llama Ejalbert.

La América, Nueva York, mayo de 1884.

Desde luego, por la época en que Martí escribe esto, todavía pasaba por la cabeza de muy pocos la posibilidad de que alguna vez se hiciera realidad “el arte de las imágenes en movimiento”. Todo se asociaba a una alocada carrera tecnológica, donde por un lado estaba el interés científico, y por el otro, el culto a los juguetes ópticos. De hecho, ni siquiera los Lumiere estaban demasiados convencidos del porvenir de su invento.

Lo que veo de significativo en lo anterior, y que las investigaciones de Rafael Almanza contribuyen a realzar, es ese humano entusiasmo de Martí con el progreso tecnológico que pone de manifiesto su época. Y todo lo que ayude a humanizar la figura martiana, que lo devuelva al contexto más cercano de quienes han podido admirar sus prédicas y sueños emancipatorios, sirve para entendernos un poco mejor a nosotros mismos. No como simples epígonos de un Maestro de gran estatura, sino como hombres decididos a pensar, como él mismo propuso, por cabeza propia.


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