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LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

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LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

Mensaje por El Compañero el Dom Jun 29, 2008 11:06 am

El objetivo de estos extractos es el de analizar antropologicamente al Nazismo. Toda informacion sobre esta destructiva ideologia nos ayuda a reflexionar comparativamente sobre los aspectos que vinculan y hermanan entre si a todos sistemas totalitarios como el Nazismo, Fascismo, Castrismo, Estalisnismo, Chavismo, Populismo.

Uno de esos denominadores en comun de los sistemas totalitarios es la propaganda y su importancia.

Saludos cordiales,

El Compañero.

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EXTRACTOS DE MI DOCTRINA/MEIN KAMPF
SEGUNDA PARTE: CAPÍTULO TERCERO
ADOLFO HITLER

LA PROPAGANDA

La propaganda es un arte. Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa

Siguiendo con atención todos los acontecimientos políticos, me interesé siempre muy vivamente por la actividad de la propaganda. Veía en ella un instrumento que las organizaciones socialmarxistas, precisamente, poseían a fondo y sabían emplear magistralmente. Por ellas, aprendí muy pronto que el empleo sagaz de la propaganda constituye un arte que los partidos burgueses ignoraban casi completamente.
La primera cuestión que hay que plantear es esta: ¿Es la propaganda un medio o un fin? Es un medio, y por consiguiente debe ser juzgada con relación a su fin. Por eso, su forma debe ser juiciosamente escogida para que sirva de apoyo al fin que persigue.

La segunda cuestión, de capital importancia, es esta: ¿A quién debe dirigirse la propaganda? ¿A los intelectuales o a la masa menos instruida?
Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa. A los intelectuales, o al menos a los que se llama así, está destinada, no la propaganda, sino la explicación científica. En cuanto a la propaganda, no contiene más ciencia que arte contiene un affiche en la forma en que se presenta. El arte del affiche consiste en el talento del dibujante para atraer la atención de la multitud, por la forma y los colores. El affiche de una exposición de arte no tiene otro objeto que hacer aparecer el arte de esta exposición; cuanto mejor éxito tiene ésta, tanto mayor es el arte del affiche mismo. Además, el affiche, está destinado a dar a las masas una idea del sentido de la exposición; pero no puede reemplazar en esta exposición al gran arte, que es muy diferente. Por eso, el que quiere estudiar por sí mismo el arte no debe extraviarse en el estudio del affiche; y además, no le basta recorrer simplemente la exposición. Es preciso que se entregue a un examen profundo de cada uno de los objetos considerados separadamente, y que en seguida se forme, lenta y juiciosamente, una opinión. La situación es la misma en lo que concierne al hecho que acostumbramos designar hoy con la palabra propaganda. La tarea de la propaganda no es instruir científicamente a cada individuo considerado en particular, sino atraer la atención de las masas sobre hechos, acontecimientos, necesidades, etc..., determinados, y cuya importancia no se puede explicar a las masas sino por este medio.

Aquí el arte consiste únicamente en tratar el tema de una manera tan superior, que la convicción de la masa sobre la realidad de un hecho, la necesidad de un acontecimiento, la justicia de una necesidad, sea creada. El arte de la propaganda no tiene en sí mismo un carácter de necesidad, sino que su objeto consiste -exactamente como en el affiche tomado por ejemplo-, en atraer la atención de la multitud, y no en instruir a los que tienen conocimientos científicos o que quieren aprender y cultivarse. Su acción debe, pues, apoyarse en el sentimiento, muy poco en la razón.

Toda propaganda debe ser popular y bajar su nivel intelectual hasta el límite de las facultades de asimilación del menos inteligente de aquéllos a quienes debe dirigirse. En estas condiciones, su nivel intelectual debe ser tanto más bajo cuanto más numerosa sea la masa de hombres que debe impresionar...

Cuanto más modesto es su tenor científico, cuanto más exclusivamente se dirija a los sentidos de la masa, tanto más decisivo será su buen éxito. Y el buen éxito es la mejor prueba del valor de una propaganda, mucho más de lo que lo sería la aprobación de algunos cerebros cultivados o de algunos jóvenes estetas...

Psicología de la propaganda

Si la facultad de asimilación de la gran masa es muy escasa, y su entendimiento pequeño, su falta de memoria es en cambio muy grande. Toda propaganda efectiva debe, pues, limitarse a datos poco numerosos y hacerlos resaltar por medio de fórmulas hechas, y por tanto tiempo como sea necesario a fin de que el último de los auditores pueda comprender su alcance. No saber limitarse a este principio y tratar de ser universal, es disimular la acción de la propaganda, pues la multitud no podrá digerir ni retener lo que se le presente. El buen resultado será así aminorado y, al fin de cuentas, destruido. Así, pues, cuanto más vasto debe ser el contenido de la exposición, tanto más necesario es determinar con precisión la táctica que se debe emplear.

Durante la guerra, por ejemplo, era completamente estúpido ridiculizar al adversario como lo hacían los diarios satíricos austríacos y alemanes que hacían de ello su principal objeto. Completamente estúpido, pues el lector que se encontraba con el adversario, en el frente, debía inmediatamente formarse de él una opinión muy distinta; y el soldado alemán que conocía inmediatamente la resistencia del enemigo, se sentía engañado por los que hasta entonces habían tenido la misión de informarlo, y en lugar de aumentar su deseo de combatir o simplemente su resistencia, se llegaba al resultado contrario: el hombre se dejaba ir al desaliento.

Por el contrario, la propaganda de guerra de los ingleses y americanos era psicológica y racional. Al representar ante su pueblo a los alemanes como bárbaros y hunos, esa propaganda preparaba a cada soldado para resistir los horrores de la guerra y le impedía así conocer la desilusión.

En el arma terrorífica empleada contra él, veía la confirmación de lo que le habían enseñado, y esto reforzaba en él, con la creencia en la exactitud de las afirmaciones de su gobierno, su rabia y su odio contra el infame enemigo. Pues la fuerza terrorífica de las armas enemigas, que ahora aprendía a conocer por sí mismo, le probaba la existencia de esa brutalidad de "huno", del enemigo bárbaro, brutalidad que ya le habían dado a conocer, y no pensaba, ni por un instante, que sus propias armas pudieran tener efectos aun más terroríficos.

La cosa peor comprendida representaba la primera de todas las condiciones necesarias a cualquiera propaganda en general: es decir, la posición sistemáticamente unilateral con respecto a toda cuestión tratada. En este terreno, se cometieron tantos errores, y esto desde el comienzo de la guerra, que cabe preguntarse si tales absurdos deben ser realmente atribuidos sólo a la necedad.

¿Qué se diría, por ejemplo, si un affiche destinado a elogiar un jabón indicara al mismo tiempo que otros jabones son "buenos"?...
Nos contentaríamos con encogernos de hombros. Y sin embargo, sucedió exactamente lo mismo con nuestra propaganda política.
Nuestra propaganda no tiene por objeto, por ejemplo, medir el buen derecho de los diversos partidos, sino exclusivamente poner de relieve el del partido que se representa. Tampoco tiene que investigar objetivamente la verdad, si ésta es favorable a los demás, ni exponerla a las masas so pretexto de justicia teórica, sino únicamente buscar la que le es favorable.

¡Qué falta primordial la de discutir la cuestión de la culpabilidad de la guerra, decir que no se podía atribuir solamente a Alemania la responsabilidad de esta catástrofe! Era preciso atribuir sin cesar esa culpabilidad al adversario.

¿Cuál ha sido la consecuencia de esa medida insuficiente? La gran masa de un pueblo no se compone de diplomáticos o de profesores de derecho público, ni siquiera de gente capaz de enunciar un juicio razonable, sino de seres humanos indecisos y dispuestos a la duda y a la vacilación. En cuanto nuestra propaganda concede al adversario una ligera apariencia de buen derecho, abre la pueda a la duda con respecto al nuestro propio. La masa no está ya en condiciones de discernir dónde terminar el error del adversario y dónde comienza el nuestro. Vuélvese entonces inquieta y desconfiada, sobre todo si el adversario se guarda de cometer semejantes extravagancias y, por el contrario carga al enemigo todos los errores sin excepción. La demostración más evidente de todo esto es que finalmente nuestro pueblo creyó más en la propaganda enemiga que en la nuestra, porque aquélla era dirigida con mayor rigor y continuidad. ¡Y esto en un pueblo que tiene la manía de la objetividad! Pues cada cual se esforzaba en ella por no cometer injusticia para con el enemigo, aun cuando el Estado y el pueblo alemanes eran amenazados de destrucción.

El pueblo es, en su gran mayoría, de disposiciones hasta tal punto femeninas, que sus opiniones y sus actos son dirigidos mucho más por la impresión que reciben sus sentidos que por la reflexión pura. Esta impresión no es alambicada, sino muy sencilla y limitada. No comporta matices sino solamente las nociones positivas o negativas de amor o de odio, de derecho o de injusticia, de verdad o de mentira; los medios sentimientos no existen. La propaganda inglesa en particular comprendió todo esto de una manera verdaderamente genial. No era ella la que comportaba medidas a medias que, llegado el caso, pudieran haber provocado la duda...


Última edición por El Compañero el Sáb Jul 12, 2008 7:32 am, editado 2 veces

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LA PROPAGANDA PARTE II DE IV

Mensaje por El Compañero el Sáb Jul 12, 2008 7:30 am

Repetir constantemente un pequeño numero de ideas

Todo el genio desplegado en la organización de una propaganda sería inútil si no se apoyase de una manera absolutamente rigurosa en un principio fundamental. Hay que limitarse a un pequeño número de ideas y repetirlas constantemente. La perseverancia, aquí corno en muchas otras cosas de este mundo, es la primera y la más importante condición del triunfo.

En el terreno de la propaganda, no se debe, pues, dejarse dirigir jamás por los estetas o las personas de gusto demasiado exigente.
No se debe dejarse dirigir por los estetas; de lo contrario, el texto, la forma y la expresión de la propaganda no ejercerán atracción sino en los salones literarios, en lugar de llegar a la masa. En cuanto a los de gusto demasiado exigente, hay que guardarse de ellos como de la peste pues, incapaces de experimentar sensaciones sanas, buscan siempre nuevos excitantes.

Estos seres se hastían rápidamente de todo, desean el cambio y nunca saben ponerse al nivel de las necesidades de sus contemporáneos que han permanecido sanos; ni siquiera pueden comprenderlos. Son siempre los primeros en criticar la propaganda, o más bien su texto, que les parece demasiado trillado, demasiado vulgar, ya fuera de uso, etc. Piden siempre algo nuevo, buscan la variedad y así llegan a ser los más mortales enemigos del triunfo político ante las masas. Pues en cuanto la propaganda, en su contenido y su organización, comienza a seguir la pendiente de sus deseos, pierde toda cohesión y, por el contrario, se dispersa.

La propaganda no está hecha para distraer agradablemente a pequeños señores refinados, sino para convencer; y es a la masa a la que se debe convencer. Y ésta, en su pesadez, demora siempre cierto tiempo antes de encontrarse dispuesta a tomar conocimiento de una idea, y su memoria no se abrirá sino después de la repetición mil veces renovada de las nociones más simples.

La consigna puede ser ilustrada de diversas maneras, pero el fin de toda exposición debe siempre llegar a la misma fórmula. Sólo de este modo puede la propaganda obrar con cohesión y espíritu de perseverancia.

La palabra es un medio de propaganda superior. Mediante la palabra es como se desencadenan las revoluciones

Que los snobs, que los caballeros del tintero contemporáneos se convenzan de que jamás las grandes revoluciones se han hecho por milagro de la pluma de ganso. ¡No! La pluma ha podido dar cada vez sus causas teóricas. La fuerza que ha desencadenado las grandes avalanchas históricas, en el dominio político o religioso, fue solamente, desde tiempo inmemorial, el poder mágico del Verbo.

La gran masa de un pueblo obedece siempre al poder de la palabra. Todos los movimientos de la Historia, son movimientos populares, erupciones volcánicas de las pasiones humanas, provocadas por la cruel diosa de la miseria o por las antorchas de la palabra lanzadas al seno de las masas, -nunca por chorros de limonada de estetas literarios y de héroes de salón-.

Sólo un huracán de pasión devoradora puede cambiar el destino de los pueblos; pero sólo el que lleva en sí mismo la pasión puede provocarla. Sólo ella es la que inspira a sus elegidos las palabras que abren, como a martillazos, las puertas del corazón de un pueblo. El que ignora la pasión, aquel cuya boca es muda, no es un elegido del cielo para imponer su voluntad.
Que todo escritorzuelo se quede, pues, delante de su tintero, y se ocupe de "teorías", si el saber y el talento bastan para ello; no ha nacido, no es elegido para ser un jefe.

Un movimiento que persigue grandes fines debe velar cuidadosamente por no perder el contacto con la masa. Debe ante todo examinar cada cuestión desde este punto de vista y orientar en este sentido sus decisiones. Debe en seguida guardarse de todo lo que pudiera disminuir o debilitar sus posibilidades de acción sobre las masas, no por demagogia, sino simplemente porque ninguna gran idea, por muy sagrada y elevada que parezca, puede realizarse sin la fuerza y el poder de las masas populares. Sólo la dura realidad es la que debe indicar el camino que conduce al fin perseguido. Si querernos evitar los caminos difíciles, muy a menudo renunciamos a nuestro propósito, lo queramos o no.
La masa misma es la que, a cada instante, dicta al orador, en el curso de su arenga, las rectificaciones necesarias: pues, en la expresión de sus auditores, éste adivina hasta qué punto pueden ellos seguirlo y comprenderlo y si sus palabras impresionan y actúan en favor del fin perseguido. El escritor, por el contrario, no conoce en absoluto a sus lectores. De esto se sigue, que, como no puede orientarse según un auditorio vivo, según una muchedumbre que esté precisamente allí delante de sus ojos, debe dar a su exposición un carácter más general.
Hasta cierto punto, se empobrece en agudeza psicológica y, por consiguiente, en adaptabilidad. Un brillante orador podrá, pues, en general, escribir mejor que un brillante escritor podrá hablar, a menos que este último se ejercite mucho tiempo en este arte. A esto hay que agregar que el hombre de la masa es generalmente perezoso, que permanece sumido en la huella de sus viejas costumbres, y que no le gusta tomar en sus manos los escritos que no corresponden a sus creencias o no le traen lo que de ellos espera.

Un escrito de una tendencia determinada no tiene muchas probabilidades de ser leído sino por aquéllos que ya han adoptado la misma tendencia. Una proclamación o un affiche aislados tienen, en razón de su brevedad, algunas probabilidades más de atraer la atención pasajera de un adversario. La imagen, en todas sus formas, incluso el film, tiene aún mayor poder.

En efecto, en este caso el hombre tiene aun menos necesidad de recurrir a su razón; le basta con mirar y a lo sumo leer los textos más cortos. Numerosos son los que se prestan a seguir y adoptar una demostración por la imagen, más gustosamente que a leer un escrito más o menos largo. La imagen proporciona al hombre en un tiempo muy corto -diría casi de un solo golpe- la demostración que un escrito no le haría aparecer sino después de una fatigosa lectura. Pero la objeción esencial es que siempre se ignora en qué manos va a caer un escrito; sin embargo, debe conservar siempre la misma forma. Generalmente, su acción será más o menos considerable según que su redacción corresponda más o menos al nivel intelectual y a las particularidades del medio de aquéllos que serán sus lectores. Un libro destinado a las grandes masas debe, desde las primeras páginas, utilizar medios de acción -estilo, nivel general- diferentes de los de una obra destinada a las capas intelectuales superiores.

Sólo mediante tal adaptación puede el escrito acercarse a la palabra. El orador puede, si lo quiere, tratar un tema idéntico al del libro; si es un gran orador popular, orador de genio, no se servirá de un plan o de un tema dos veces de la misma manera. Siempre se dejará llevar por la masa, de modo que encontrará instintivamente las palabras necesarias para llegar directamente al corazón de sus auditores presentes. Si comete el más leve error, encontrará la corrección viviente delante de él. Como he dicho, puede leer en el rostro de sus oyentes: en primer lugar, si ellos comprenden lo que dice; en segundo lugar, si pueden seguir el conjunto de su exposición; en tercer lugar, hasta qué punto los ha convencido de que tiene razón. Si advierte: en primer lugar, que ellos no comprenden, se expresa de una manera tan sencilla y tan clara que hasta el último de sus auditores le comprenderá; si se da cuenta, en segundo lugar, de que no pueden seguirlo, establecerá una gradación tan lenta y tan progresiva de su exposición, que ni el más débil de ellos se quedará atrás; y si ve, en tercer lugar, que todavía no parecen convencidos de la exactitud de sus aseveraciones, las repetirá una y otra vez con nuevos ejemplos en su apoyo, él mismo expondrá las objeciones expresadas que adivina de ellos, las refutará y las examinará hasta que los últimos grupos de opositores terminen por confesar -por su actitud y la expresión de su rostro- que rinden las armas ante su argumentación.

Lo más a menudo, se trata de vencer, en los hombres, prevenciones que no están fundadas en la razón, sino que casi siempre son inconscientes y reposan únicamente en el sentimiento. Derribar esta barrera de antipatía instintiva, de odio apasionado, de parti pris hostil, es mil veces más difícil que corregir una opinión científica defectuosa o falsa. Es posible eliminar las falsas concepciones y atenuar la insuficiencia del saber por medio de la instrucción: pero el instruir no puede ayudar a vencer la resistencia del sentimiento. Sólo un llamado a esas fuerzas misteriosas tendrá algún efecto; y casi nunca es el escritor, sino casi únicamente el orador quien es capaz de hacerlo...

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LA PROPAGANDA PARTE III DE IV

Mensaje por El Compañero el Sáb Jul 12, 2008 7:33 am

Por medio de la propaganda hablada y las grandes reuniones populares es como millones de obreros han sido conducidos al marxismo

Si millones de obreros han sido llevados al marxismo, esto se debió menos a los escritos de los Padres de la Iglesia marxista que a la propaganda incansable y verdaderamente prodigiosa de decenas de millares de agitadores infatigables, desde el gran apóstol del odio hasta el pequeño funcionario sindical, al hombre de confianza y al orador encargado de interrumpir las discusiones. Fueron centenares de millares de reuniones en que los oradores populares, de pie sobre una mesa, en una sala de cervecería ahumada, inculcaban, como a martillazos, sus ideas a las masas. Alcanzaban así un perfecto conocimiento del material humano, lo cual les permitió escoger las armas apropiadas para el asalto de la ciudadela de la opinión pública. Vinieron en seguida esas demostraciones gigantescas, esos desfiles de centenares de millares de hombres, que daban a la gente humilde y miserable la orgullosa convicción de que, por muy pequeños gusanillos que fuesen, eran también los miembros de un gran dragón cuyo aliento inflamado incendiaría un día ese mundo burgués tan execrado, y que la dictadura del proletariado celebraría un buen día su victoria final.

La gran reunión popular es necesaria por una primera razón: el hombre que, principiante en su papel de partidario de un movimiento joven, se sentía aislado y corría el riesgo de ceder al temor de estar solo, encuentra por primera vez en esta reunión la imagen de una comunidad más amplia, lo que es para la mayoría de los hombres un aliento y un reconfortamiento.

Ese mismo hombre habría marchado al ataque en el cuadro de su compañía o de su batallón, en medio de sus camaradas, con el corazón más alegre que si lo hubiesen abandonado a sus propias fuerzas. Rodeado de los demás, se siente siempre un poco más seguro, aunque en realidad mil razones prueben lo contrario.

La comunidad de una manifestación no solamente reconforta al aislado; crea también la unión, ayuda a formar el espíritu de cuerpo. El que, en su empresa o en su taller, es el primer representante de una doctrina nueva y experimenta, por este hecho, grandes dificultades, se apresura a encontrar un apoyo en la convicción de que es un miembro, un militante de una grande y vasta corporación. La impresión de que pertenece a esta corporación la recibe por primera vez en la gran reunión popular común.

Cuando, viniendo de su pequeño taller, o de la gran usina donde se siente tan pequeño, entra por primera vez en una gran reunión popular; cuando ve que millares de hombres que comparten la misma fe lo rodean; cuando, si se trata de alguien que todavía se busca a sí mismo, se siente arrastrado por el poder de la sugestión colectiva y del entusiasmo de tres o cuatro mil hombres; cuando el triunfo visible y millares de aprobaciones le confirman la justicia de la nueva doctrina y, por primera vez, lo hacen dudar de la verdad de sus antiguas creencias, entonces sufre esa influencia milagrosa que llamarnos la sugestión de la masa. La voluntad, las aspiraciones, pero también la fuerza de millares de hombres se acumulan en cada uno de ellos. El hombre que entra todavía vacilante a esa reunión, la abandona completamente reconfortado; ha llegado a ser miembro de una comunidad.

Psicología de la organización de las reuniones públicas

Estábamos obligados a formar nosotros mismos la policía de nuestras reuniones; nunca se podía contar con la protección de las autoridades. Por el contrario, la experiencia prueba que ellas no protegen sino a los perturbadores. El único resultado verdadero de la intervención de las autoridades, es decir, de la policía es, en efecto, la dispersión de una reunión, lo que significa su clausura. Y ésa era el único objeto y la única intención de los promotores de disturbios enemigos.

Por lo demás, en esta materia, se ha establecido una costumbre en la policía, y es la más monstruosa y la más alejada de toda noción de derecho que se pueda imaginar. Cuando las autoridades saben, de una manera cualquiera, que en una reunión es de temer una tentativa de sabotaje no sólo no hacen nada por detener a los perturbadores, sino que aún prohiben a los otros, a los que son inocentes de esas perturbaciones, celebrar su reunión; y un espíritu normal de policía considera todavía que con esto da pruebas de una gran cordura. Esto lleva el nombre de "medida destinada a impedir una infracción a las leyes".

Un bandido decidido puede, pues, impedir siempre plenamente que un hombre honrado ejerza una acción o una actividad política cualquiera.
En el nombre de la seguridad y del orden, la autoridad del Estado se inclina ante el bandido y ordena al inocente que no lo provoque de ese modo.

Es así como, cuando los nacionalsocialistas daban a conocer su intención de celebrar reuniones en tal o cual sitio, los sindicatos declaraban que sus miembros se verían obligados a oponerse a ello por medio de la violencia. Y la policía no solamente no metía a la cárcel a esos señores maestros-cantores, sino que además prohibía nuestra reunión. Estos representantes de la ley tuvieron aún la increíble insolencia de escribirnos eso innumerables veces.

La técnica de las reuniones marxistas

Los marxistas se sometieron siempre a una ciega disciplina, a tal punto que la sola idea de tratar de sabotear una reunión marxistas no podía ocurrírsele a nadie, o al menos a ningún burgués. Los rojos, por el contrario, se preparaban cada vez más para el sabotaje. En esta materia, no solamente habían alcanzado una gran virtuosidad, sino que, en numerosas provincias, habían llegado a hacer creer que el solo hecho de organizar una reunión no marxista era una provocación al proletariado; sobre todo si, entre los rojos, los que movían los hilos temían que en esa reunión se formara la lista de sus crímenes o se revelase la bajeza de sus mentiras empeñadas en engañar al pueblo. Cuando se anunciaba semejante reunión, producíase en la prensa roja un tole general y lleno de cólera. Muy a menudo, esos defraudadores sistemáticos de las leyes se dirigían, en primer lugar, a las autoridades, suplicándoles, de una manera a la vez apremiante y amenazante, que prohibieran inmediatamente esa provocación al proletariado, a fin de "evitar" lo peor. Empleaban un lenguaje de acuerdo con la estupidez de la administración, y obtenían así el buen éxito deseado. Pero si, por casualidad, encontraban frente a ellos, no un ser lamentable e indigno de sus funciones, sino un verdadero funcionario alemán que rechazaba su desvergonzado chantaje, entonces lanzaban el conocido llamado: no tolerar semejante "provocación al proletariado’ y encontrarse en masa, en tal fecha, en esa reunión, para "cerrar la boca a los miserables burgueses con los robustos puños del proletariado".

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LA PROPAGANDA PARTE IV DE IV (FINAL)

Mensaje por El Compañero el Sáb Jul 12, 2008 7:35 am

El servicio de orden entre los nacionalsocialistas

Entre nosotros, no se mendigaba la atención del público; no se prometía una discusión sin fin; decretábamos desde el principio que éramos los dueños de la reunión, que cualquiera que se permitiese interrumpirnos, aunque fuera una sola vez, sería irremediablemente arrojado afuera. De antemano, declinábamos toda responsabilidad a su respecto. Si el tiempo no nos urgía, si nos placía, podríamos quizá admitir una disensión; si no, no la habría, y eso era todo. Por el momento el Señor Conferencista Tal tiene la palabra. Y ya eso los dejaba quietos.

En segundo lugar, poseíamos una policía de sala bien organizada. En los partidos burgueses, el servicio de orden estaba confiado generalmente a personajes que creían que su edad imponía cierta obediencia y cierto respeto. Pero las masas regimentadas de los marxistas, hacían poco caso de la edad, de la autoridad y del respeto, lo cual equivale a decir que ese servicio de orden burgués no existía. Desde el comienzo de nuestra campaña, organicé las bases de nuestro servicio de protección que sería un servicio de orden, reclutado exclusivamente entre jóvenes. Casi todos eran camaradas de regimiento, otros eran jóvenes camaradas de partido, inscriptos desde hacía poco tiempo. A éstos había que enseñarles primeramente lo que sigue: que el terror no podía ser quebrantado sino por el terror; que en este mundo, sólo el hombre audaz y resucito ha triunfado siempre; que luchábamos por una idea tan poderosa, tan noble, tan grande, que merecía que se la protegiese hasta derramar la última gota de su sangre. Estaban profundamente convencidos de que, cuando la razón calla, la última palabra pertenece a la violencia y que la mejor de las armas defensivas es el ataque; en nuestro servicio de orden debían hacerse preceder, en todas partes, de la reputación de no ser un club de retóricos, sino una asociación de combate extremadamente enérgica. ¡Cuán sedienta de semejante consigna estaba esa juventud!

La prensa

Es costumbre, en los círculos periodísticos, designar la prensa como un gran poder en el Estado. En realidad, su importancia es verdaderamente inmensa, y no se debe subestimarla; pues, en efecto, es el periodismo el que continúa realizando la educación de los adultos.
Se puede, a grosso modo, dividir los lectores de diarios en tres categorías:

1º Los que creen todo lo que leen;
2º Los que ya no creen nada;
3º Los cerebros que examinan con espíritu crítico lo que han leído antes de juzgar.


El primer grupo es numéricamente el mayor. Comprende la gran masa del pueblo y representa, pues, desde el punto de vista intelectual, la parte más sencilla de la nación. Con este grupo, no se puede relacionar tal o cual profesión particular; a lo sumo se puede, a grandes rasgos, trazar en él divisiones según los grados de inteligencia. Pero comprende a todos los que no han recibido, por su nacimiento o su educación, el don de pensar por sí mismos y que, sea por incapacidad o por imposibilidad de criticar, creen todo lo que se les presenta, con tal que esté impreso.

Con este grupo se relaciona esa categoría de holgazanes, que podrían pensar por sí mismos pero que, por pereza espiritual, aceptan con reconocimiento todo lo que otro ha pensado ya, suponiendo modestamente que el que ha hecho esfuerzo por pensar, habrá pensado bien.
Sobre todos aquellos que representan la gran masa, la influencia de la prensa será extremadamente importante. No están en disposición ni en situación de examinar por sí mismos lo que se les presenta... Esto puede constituir una ventaja si tienen por guía a autores serios que investigan la verdad. Pero si los que los informan son canallas o embusteros, esto constituye evidentemente una desventaja.

El segundo grupo tiene una importancia numérica muy inferior. Está formado, en parte, por elementos que habían pertenecido antes al primer grupo, puesto que, después de largas y amargas desilusiones, han pasado a la actitud contraria, y ya no creen en nada... en cuanto se les habla por intermedio de un texto impreso. Detestan todos los diarios, no leen ninguno, o bien desaprueban sistemáticamente todo su contenido que no es, según ellos, más que un tropel de inexactitudes y de mentiras. Estos hombres son de difícil manejo; pues, aun en presencia de la verdad, conservan siempre su desconfianza. Son, por consiguiente, nulos para todo trabajo positivo.

Por último, el tercer grupo es con mucho el más escaso. Está formado de espíritus verdaderamente inteligentes y de gusto afinado, a los cuales dotes naturales unidas a la educación han enseñado a pensar, que tratan de juzgar cada asunto por si mismos, que someten todo lo que han leído a meditaciones y exámenes profundos y frecuentes. No leerán un diario sin colaborar largamente por medio del pensamiento con el autor, cuya labor es entonces difícil. Se comprende que los periodistas no estiman a estos lectores sino con cierta reserva. Para los que pertenecen a este tercer grupo, las estupideces con que un diario puede adornar sus textos son poco peligrosas, o al menos poco importantes. En el curso de su vida, han adquirido la costumbre de ver en el periodista un personaje poco serio, que no dice la verdad sino de vez en cuando. Es triste que la importancia de estos hombres superiores resida en su inteligencia y no en su número, lo cual es de lamentar en nuestra época en que la sabiduría no es nada y en que la mayoría lo es todo. En nuestros días, como la cédula de voto de la masa prevalece, el grupo más nutrido es el que tiene forzosamente mayor importancia, es decir el tropel de sencillos y de crédulos.

Es un deber de Estado y un deber social de primordial importancia el proceder de manera que estos hombres no caigan en las manos de educadores perversos, ignorantes o aun mal intencionados. Por eso, el Estado tiene el deber de encargarse de su educación y de impedir todo artículo escandaloso. Por eso debe vigilar severamente la prensa, pues su influencia sobre tales hombres es la más poderosa y la más durable que hay, ya que su acción no es efímera sino continua.

La importancia preeminente de su enseñanza reside enteramente en la repetición igual y constante de esta enseñanza. Aquí, como en otras cosas, el Estado no debe olvidar que todos los medios deben concurrir a un mismo fin. No debe dejarse engañar o engatusar por las fanfarronadas de lo que se llama "libertad de prensa", que lo conducirían a faltar a su deber y a privar a la nación de ese alimento que le es necesario y la fortalece. Debe, con decisión y sin dejarse detener por un obstáculo cualquiera, poner este medio de educación al servicio del Estado y de la nación.

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Re: LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

Mensaje por Jose Gonzalez el Dom Jul 13, 2008 3:50 pm

Compa,espero que estos articulos tuyos sean leidos por todos,son valiosisimos para evitar futuras dictaduras,regimenes socialistas/fascistas,principalmente en Latinoamerica..

saludos

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Re: LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

Mensaje por La Gran Dictadora el Sáb Jul 26, 2008 10:27 am

No exactamente 'on topic', pero hay similaridades entre dictaduras totalitarias y algunas religiones. He discutido mucho con los testigos de Jehovas y en mi opinión es una religión totalitario (o sea se usa propaganda, una persona sirve a la religión y no al revés, y dentro de ella no es espacio para disidentes).

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Re: LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

Mensaje por Mayra el Dom Jul 27, 2008 8:36 am

La Gran Dictadora escribió:No exactamente 'on topic', pero hay similaridades entre dictaduras totalitarias y algunas religiones. He discutido mucho con los testigos de Jehovas y en mi opinión es una religión totalitario (o sea se usa propaganda, una persona sirve a la religión y no al revés, y dentro de ella no es espacio para disidentes).
Interesante el tema Gran dictadora.
A mis 19 años comence mis estudios biblicos con los Testigos de Jehova, y conozco bastante su comportamiento, coincido contigo, son totalitarios y sectarios.
Sin embargo tambien hay algo que me recuerda al Castrocomunismo en los testigos.
En Cuba habia que estudiar en los centros de trabajo y estudio los discursos de Fidel.
Los testigos, tienen este mismo metodo y semanalmente se reunen para estudiar materiales de su organizacion asi como las instrucciones de sus "Ancianos" y Superintendentes.
Otra cosa muy importante que pude notar y es que ellos tienen la obligacion de predicar un cierto # de horas, semanalmente, estas horas son recogidas con meticulosidad y llevan control de las mismas a nivel mundial , pues cada base va reportando a su centro y asi se va llevando hasta la organizacion Central.
Saludos
Mayra

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Re: LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 27, 2008 12:28 pm

No exactamente 'on topic', pero hay similaridades entre dictaduras totalitarias y algunas religiones. He discutido mucho con los testigos de Jehovas y en mi opinión es una religión totalitario (o sea se usa propaganda, una persona sirve a la religión y no al revés, y dentro de ella no es espacio para disidentes).

Estoy de acuerdo amiga Dictadora e incluso pienso no es 'off topic' pues la idea totalitaria abarca tanto la politica como la religion. Los Testigos de Jehova tienen un problema sectario en el cual creo que lo mas desafortunado es que pongan la vida (no la de ellos si son adultos) sino la de sus hijos en caso de necesitar tranfusion de sangre (pensando en las consecuencias perjuidiciales de un hijo de testigos de jehova con Leucemia, digamos).

Otra cosa negativa es que ellos motivan que los adolescentes de sus "congregaciones" no pasen mas alla de la educacion fundamental para que "todo el tiempo" sea para "predicar." Mensajes que me parecen negativos, pues el fanatismo/absolutismo de una idea pone en peligro la vida humana y desmotiva la cultura y la educacion.

Promueven por lo general una vida en "comunidad" donde se desmotiva cosas que ellos llaman "mundanas." Claro esta, mientras menos educacion tenga una persona, mas propensa al fanatismo y las supuestas "verdades absolutas."

Peor aun y mas totalitario, ellos dicen tener "la verdad" cosa que asusta.

Y que no te toque uno tocando en la puerta, por dios!!!


Un saludo cordial

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Re: LA PROPAGANDA - ADOLFO HITLER - FIDEL CASTRO - PARTE I DE IV

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