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La Guerra Olvidada

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La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:14 pm

por Enrique G. Encinosa - Escambray: La Guerra Olvidada.

En el Escambray, un grupo de alzados dieron muerte al brigadista-alfabetizador Manuel Ascunce Domenech y a un colaborador castrista llamado Pedro Lantigua. Los asesinatos de Domenech y Lantigua no tenían justificación política, pues aunque ambos eran castristas, estaban desarmados, y Domenech era menor de edad. Entre los jefes guerrilleros (alzados) hubo un repudio hacia este acto irresponsable. Se utilizaban estos accidentes, muy poco frecuentes en la guerrilla, para representar a los alzados como criminales y ladrones.

Aunque el asesinato de Domenech recibió mucha publicidad por parte del régimen, también es cierto que el gobierno de Castro, en la búsqueda de mártires, irresponsablemente, envió a centenares de brigadistas-alfabetizadores a zonas de combate, instándolos a que sirvieran de delatores, pues le convenía los mártires, y trató de crearlos, enviando a imberbes jóvenes alfabetizadores a zonas de combate. Los pocos crímenes aislados cometidos por grupos guerrilleros, no se comparan, es más, son pálidos, ante los centenares de crímenes, torturas, y fusilamientos, perpetrados por los milicianos en la Sierra y por oficiales de Seguridad del Estado en los diferentes centros de interrogación de la Provincia.




(En los libros de Historia de Cuba se dice que el caudillo de los bandidos que asesinaran a Domenech (aludiendo a Julio Emilio Carretero ***) fué llevado a la justicia en 1964 gracias al agente del MININT Alberto Delgado Delgado, el “Hombre de Maisinicú”)

Alberto Delgado fue soldado del Ejército Rebelde y sargento de milicias en la zona de Morón. Licenciado por aparentes problemas nerviosos, fue reclutado por el Ministerio del Interior con la específica misión de infiltrarse en las filas de los alzados. Delgado, un individuo de bigote fino, baja estatura y personalidad cínica, se mudó para Las Villas, para administrar la finca Maisinicú.



El 9 de marzo de 1964, Carretero cayó en la trampa con catorce de sus hombres y Zoila Aguila, La Niña de Placetas, la única mujer que dirigió una guerrilla en combate. El balance siniestro de la misión del infiltrado castrista Alberto Delgado y Delgado, conocido como El Hombre de Maisinicú fue el siguiente: más de treinta guerrilleros fueron llevados a juicio en La Habana, dieciocho hombres -entre ellos Amador Acosta, y una mujer, Zoila Aguila Almeida (La Niña de Placetas)-, fueron sentenciados a largas condenas carcelarias, doce hombres incluyendo a los Comandantes Maro Borges y Julio Emilio Carretero, fueron condenados a morir fusilados. En el breve juicio, Maro declaró sus sentimientos hacia el sistema en una forma burda, pero muy clara: «¡Yo me **** en la Revolución y me limpio el culo con Fidel Castro!» dijo el jefe guerrillero.

En la panfletaria película castrista El Hombre de Maisinicú (1973) Delgado murió valientemente y desafiante. Pero en la realidad -contado por los sobrevivientes- no fue así ... Al ser emplazado por Cheito León, Delgado le negó repetidamente ser agente castrista. Después, llorando, declaró que había sido obligado a ayudar a la Seguridad del Estado cuando él había sido descubierto conspirando. En sus últimos momentos le pidió clemencia, aludiendo que él era un padre de familia. Cheíto León ignoró los gritos del traidor, también Carretero era un padre de familia y Delgado los había entregado miserablemente. Alberto Delgado fue ajusticiado. Al día siguiente su cuerpo colgado de una guásima, fue descubierto por campesinos de la zona. Una vez desenmascarada la infiltración de Delgado, la Seguridad del Estado lanzó una redada, arrestando a toda persona que había tenido contacto con El Hombre de Maisinicú. Dos empleados de la finca -- Varela y Pepe Yoyo----, fueron fusilados, Siripio Hernández, otro empleado fue condenado al presidio político. Dos cuñados de Alberto Delgado, José y Alberto Nodal, recibieron condenas carcelarias por haber estado involucrados en la línea de suministros a los alzados.

*** A Julio Emilio Carretero Escajadillo no se le puede atribuir directamente la responsabilidad del asesinato a Domenech como indican los libros de Historia de Cuba, sino mas bien al Comandante Osvaldo Ramírez, Jefe Máximo de las guerrillas del Escambray. El propósito de esta confusión por parte de los libros oficiales de Historia de Cuba que ha publicado el gobierno cubano, se debe a que Carretero fué emboscado, preso y mas tarde fusilado, mientras que Osvaldo Ramírez nunca pudo ser capturado y fué muerto por casualidad.

El jefe guerrillero Osvaldo Ramírez, que se había alzado hacía dos años, y sobrevivido a dos limpias y a docenas de cercos, se convirtió para el ejército de Castro, en la presa más codiciada. En el mes de abril, Ramírez fue delatado por Filiberto Cabrera Carranza, conocido por Pancho el Grande, un diminuto empleado del hospital de Meyer. Cuando centenares de milicianos rodearon el campamento guerrillero en Las Aromas de Velázquez, se suscitó un intenso combate. Poco a poco, al fuego de las ametralladoras VZ y PPCha, la milicia cerró el nudo. Nuevamente, Osvaldo Ramírez, el guerrillero más buscado del Escambray, se esfumó en la maleza, burlando el cerco.

Unas horas después, en una cañada cercana, un cabo de milicias detectó un movimiento en un matorral. El cabo, un hombre rubio y pecoso, apodado El Yanqui, disparó un tiro hacia la cañada. El plomo solitario encontró un cuerpo: el del Jefe Máximo de las guerrillas del Escambray. El 16 de abril de 1962 moría Osvaldo Ramírez, el único guerrillero al cual Castro había ofrecido amnistía, si deponía las armas.



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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:26 pm

Una mujer en el Escambray
Héctor Maseda, Grupo Decoro





La Sierra del Escambray

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Corría el año 1961. Daysi Ventura Mainegra González había tomado una decisión importante en su vida: apoyar al movimiento insurgente que existía en la cordillera central del país contra el régimen de Fidel Castro. Las arbitrariedades y detenciones masivas que realizaba el gobierno contra los vecinos de la serranía y el pueblo cubano en general eran insoportables y había que ponerles fin o perecer en el empeño.

Daysi Ventura nació en las estribaciones de la Sierra del Escambray el 14 de junio de 1941. Era dueña, junto a su esposo Tomás Florencio Bécquer, de una finca heredada de su familia. La propiedad, llamada "Las Trampas", se extendía sobre unas 50 caballerías (671 hectáreas) de tierras fértiles aunque montañosas. En ellas criaban ganado mayor, cultivaban café, caña y alimentos varios para el autoconsumo familiar. La finca era trabajada por tres hermanos y sus esposas. En épocas de cosecha contrataban a jornaleros para que les ayudaran en la recolección y el secado del café. En el hogar poseían las mínimas comodidades para vivir decorosamente. El núcleo lo conformaban el matrimonio y la pequeña hija.

De pronto, y por obra y gracia de la injusticia humana, las condiciones de vida de esta familia cambiaron totalmente.

"En junio de 1960 -comenta Daysi- llegaron a nuestra casa los comandantes fidelistas Félix Torres y Anastasio Castañeda, acompañados de otros militares. Sin preámbulos nos anunciaron que desde ese momento estaban confiscadas nuestras propiedades porque iban a operar militarmente en las montañas en contra de los grupos de alzados.

"- Ustedes son colaboradores de ellos. Tienen que salir de aquí en breve. Adonde vayan no es nuestro problema.

"Y dejaron a dos militares en la hacienda hasta que llegara el interventor. Antes de marcharse, Torres se volvió a mi esposo y le dijo:


"- Si algo le ocurre a estos dos hombres lo pagarás con tu vida.

"Nosotros no éramos colaboradores de nadie. Sin embargo, entre los años 1957-1958 mi esposo les brindó apoyo y trabajó con los grupos guerrilleros que operaban en esta región, bajo las órdenes de Rolando Cubela y Faure Chaumont, del Directorio Revolucionario 13 de Marzo; al propio Félix Torres, del Partido Socialista Popular, y a Ernesto Che Guevara. Luego de esta visita de Félix Torres y compañía pasaron dos semanas. Unos mensajeros del gobierno me informaron entonces que ya debíamos irnos. No tuve más remedio que recoger algunas ropas envueltas en una sábana. Cargué a mi niña en los brazos y caminando fuimos para Trinidad, a decenas de kilómetros de distancia, atravesando montañas. Por suerte una amiga nos prestó un cuarto para que viviéramos en el pueblo. Mi esposo estaba recogiendo el ganado en las lomas y desconocía lo que ocurría con nosotras".

Estos desalojos forzosos y sin compensación se repetirían con todos los campesinos que vivían en la región. A los pocos días comenzaron a citar a los hombres al pueblo de Trinidad. A unos los conminaron a que abandonaran la provincia inmediatamente. A otros los detuvieron y enjuiciaron, acusados de colaborar con la guerrilla antigubernamental. Muchos decidieron no acudir a la cita y tomaron el camino de las armas. Varias mujeres se incorporaron a la lucha, pero no se integraron a la guerrilla permanentemente, por decisión de los jefes. La vida era difícil y riesgosa. Excepcionalmente hubo mujeres que se integraron a los grupos de combate. Sobre el particular, Daisy refiere:

"Mi esposo y yo decidimos no abandonar la zona ni quedarnos con los brazos cruzados. Comenzamos a colaborar con los guerrilleros. Buscamos contactos, y aparecieron. Éramos miles lo que habíamos sido despojados de nuestros bienes por el estado comunista. La respuesta de los lugareños fue masiva, y dio origen, desde un principio, a la insurrección armada. Mi esposo y yo tuvimos de nuevo acceso al Escambray porque el gobierno colocó como interventor de 'Las Trampas' a un pariente nuestro, quien nos dejó laborar en la finca. A mi marido las autoridades le dieron un pase para que cortara madera en la sierra. Transcurrido un tiempo comenzaron a pasar por la propiedad varios grupos de guerrilleros integrados por familiares, vecinos y amigos. Fue así que conocí a Emilio Carretero y tantos otros jefes de la guerrilla. Emilio había sido oficial del ejército de Batista. Buena persona, querido por los campesinos. Noble y disciplinado, muy recto y exigente con sus hombres. Odiado y temido por lo confidentes y personas vinculadas al régimen de Fidel Castro. No fue un asesino despiadado y cruel como lo caracterizó la propaganda gubernamental. Las mujeres les cocinaban, lavaban y zurcían las ropas, les curaban las heridas, llevaban y traían mensajes y medicinas, vestuario y botas nuevas. También los alentaban cuando se sentían deprimidos. Debo añadir que también atendíamos a las tropas del gobierno cuando llegaban a la hacienda. De este modo ganábamos su confianza".

Carretero comenzó a operar desde la finca "Las Trampas" hasta Pueblo Viejo, pasando por el caserío de Mayer.

"A Carretero no le gustaba utilizar las cuevas como refugio. Las consideraba trampas potenciales. Si las tropas enemigas tomaban sus entradas estaban perdidos. Él tenía mucha confianza con mi esposo y le hablaba de estas cosas. Decía que prefería esconderse en zonas bajas y abiertas entre lomas, bien cubiertas de espesura y protegidas por muchos árboles que servían como parapetos naturales. Situaba postas en los alrededores de su campamento y a mayor profundidad las 24 horas del día para evitar ataques sorpresivos. Además, situaba observadores en los cerros más altos para conocer el movimiento de sus oponentes. Operaba de noche. Durante el día hacía planes y la tropa descansaba y permanecía escondida".


Daisy Ventura Mainegra cuenta sus experiencias en la Sierra del Escambray, el auge y organización de la guerrilla, las tácticas de combate y cómo la traición, el cerco enemigo y la muerte de Osvaldo Ramírez, jefe máximo de los insurrectos, marcó el principio del fin de ese movimiento guerrillero en el centro del país.

Osvaldo Ramírez recibió tan elevada responsabilidad en noviembre de 1960. Por esa fecha se tuvo noticias en Cuba de la existencia de grupos antigubernamentales armados en la región. Ramírez fue el primero en asumir el cargo, hecho que marcaría uno de los pasos más importantes en la organización del ejército que se levantaba contra Castro.

"Cada grupo estaba integrado por ocho o diez combatientes dirigidos por un jefe -recuerda Daisy. Estos jefes elegían a un responsable de región, quienes a su vez se sometían a la autoridad de Osvaldo. Esas unidades básicas de combate tenían definidas sus zonas de operaciones. En general realizaban planes operativos sin la cooperación de otros grupos. Sólo cuando era necesario se unían. Este principio era respetado por todos para evitar confusiones y pérdidas de vidas entre sus propios hombres. Además, grupos mayores eran fácilmente detectados y empeoraban las condiciones de supervivencia: alimentación, movimientos de la guerrilla, apoyo de los colaboradores, vestuario, suministro de medicamentos, lugares donde esconderse y pertrechos de guerra".

Daisy habla también de las emboscadas y combates en que participaron aquellos grupos armados. En ocasiones recurre a sus experiencias. En otras, a las referidas por su esposo, Tomás Florencio Bécquer Pedroso.

"En una ocasión Carretero necesitó comprometer en la lucha a Nilo García, interventor de nuestra finca Las Trampas. Emilio (Carretero) le tendió una embocada a Nilo y sus acompañantes: Fito Peláez y mi esposo, quien conocía de la operación, pero se hizo el sorprendido. Carretero le exigió a Nilo que consiguiera comida para los guerrilleros. Nilo accedió, y el grupo se mantuvo en la propiedad durante una semana. De ese modo Nilo se convirtió en colaborador. Meses después la milicia comenzó a operar tendiendo cercos y sorprendió a Nilo con los insurgentes. El propio Peláez lo acusó. Por esa delación, Fito salió absuelto. A Nilo lo condenaron a 30 años de cárcel".

La señora Mainegra habla sobre la vida en la guerrilla.

"Los guerrilleros vivían en cuevas y cañadas de monte (paso entre dos alturas montañosas). Tenían postas y operaban de noche. A las fincas de los colaboradores iban cuando recibían el aviso. Hostigaban casi a diario los campamentos de la milicia y el ejército de Castro y luego huían a toda velocidad. En otras oportunidades esperaban que aquellas fuerzas se desplazaran por los terraplenes y les tendían emboscadas. El tiroteo sorpresivo causaba bajas entre las tropas enemigas y las desmoralizaba. Se escogían lugares que les resultaban imposibles de defender. En ocasiones colocaban minas disimuladas en el camino. El efecto de la explosión inicial causaba desconcierto entre las tropas del gobierno. Era difícil sorprender a nuestros grupos porque nunca regresaban por el mismo lugar. Muy pocos combates duraban horas.

"Cuando esto ocurría se sufrían muchas bajas por ambos bandos. Cuando la situación operativa le permitía a uno de nuestros grupos meterse en medio de las fuerzas contrarias, disparaban en ambas direcciones y se escondían de inmediato. Rápidamente se generalizaba el tiroteo. Ese fuego cruzado les provocaba bajas sensibles a las únicas tropas presentes en el lugar: las enemigas. Preparábamos las emboscadas en sitios donde hay cuevas con varias salidas. En una de sus entradas se montaba la trampa mortal. Si la milicia se daba cuenta de la situación y trataba de perseguir a los nuestros dentro de la caverna, se les esperaba fuera de la otra salida previamente minada, cubierta por otros grupos de apoyo y alguna ametralladora calibre 30. Estas eran las únicas acciones que realizábamos de día. Si salían bien provocábamos bajas a los contrarios y obteníamos armas, municiones y comida. De salir mal se creaba la misma situación que debíamos enfrentar al romper un cerco, conocido como anillo de la muerte".

En noviembre de 1961 el movimiento guerrillero alcanzó su mayor intensidad en grupos de combatientes; 250 grupos y 3 mil combatientes. Dominio operativo-táctico del teatro de operaciones y elevada organización miliar. Se habían creado zonas dominadas permanentemente por la insurgencia. Las fuerzas del gobierno no salían de noche ni se aventuraban a moverse por las estribaciones del Escambray, salvo cuando disponían de fuerzas muy superiores a las guerrilleras. Estas opiniones reflejan, de forma resumida, varios criterios de participantes y colaboradores consultados de la insurgencia.

Un acontecimiento provocó un giro de 180 grados en la guerra. Fue cuando las tropas del gobierno sorprendieron a Osvaldo Ramírez en la zona de Umbra, cerca del poblado de Condado a finales de 1961. De esta jornada, Daisy, con tristeza, ofrece detalles.

(continua)

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:30 pm

"A Osvaldo lo delató Filiberto Cabrera, su primer mensajero, capturado por la milicia unos días antes. La Seguridad del Estado lo amenazó con fusilarlo sin juicio salvo que colaborara con ellos en la ubicación de Ramírez. Filiberto aceptó y lo subieron a un helicóptero. El traidor marcó el área donde estaban Osvaldo y su grupo y le dijo a los agentes de la Seguridad que si tendían un cerco en la zona atraparían a Ramírez. De esto tuvimos conocimiento gracias a otro colaborador nuestro que se enteró por la imprudencia de una tercera persona. Alrededor de tres mil efectivos tendieron el cerco. Ramírez tenía sólo 10 hombres con él. Emilio Carretero entre ellos, quien le dijo a Ramírez: 'Vámonos antes de que cierren el cerco'. A lo que el jefe respondió confiado: 'De peores cercos he salido'. Carretero pudo escapar. Apenas logró evadir el anillo mortal, el ejército concluyó el cierre del cerco con tres anillos concéntricos. Las operaciones duraron dos días con sus noches. A Osvaldo lo vieron varios milicianos bajar por una cañada. Había burlado el primer anillo pero no pudo hacerlo con el segundo. Un miliciano disparó varias veces contra el guerrillero. Una bala lo alcanzó en la frente. Murió al instante y lo identificaron porque sabían que le faltaba un dedo en su mano izquierda. Varios agentes de la Seguridad del Estado se lo llevaron en helicóptero. Desconocemos dónde fue enterrado su cadáver".

Después de la muerte de Osvaldo Ramírez la iniciativa pasó a las fuerzas del gobierno, quien llenó el Escambray con decenas de miles de hombres. Su aviación localizaba a los grupos insurgentes y los cercaban con grandes unidades combinadas del ejército, la milicia y la policía. Incorporó a la lucha a sus mejores comandantes. Y comenzó a decaer la guerra. Los grupos quedaron aislados de sus redes de apoyo y cortadas las líneas de suministros. Cesó la ayuda de los movimientos opositores en el interior y el exterior del país. Comenzaba el ocaso de la guerrilla en el Escambray.

Tomás San Gil asumió la jefatura de la guerrilla en la cordillera a finales de 1961, después de la muerte de Osvaldo Ramírez. El nuevo jefe insurrecto comprendió a tiempo que aisladas sus fuerzas de las redes de suministros, semidestruídas las bases operativas permanentes y saturado el lomerío con decenas de miles de efectivos enemigos, debía modificar la táctica de lucha. Después vendrían otra vez la delación y la muerte. Ahora sería la de San Gil.

Una de las medidas prístinas adoptadas por el líder máximo de las fuerzas irregulares fue convocar una reunión con los jefes de regiones y grupos a principios de 1962. Sobre el particular, Daisy Ventura recuerda algunos pasajes de aquella etapa, apoyada por los recuerdos de su esposo y también colaborador de las guerrillas.

"Por esa fecha -refiere Daisy Ventura- San Gil citó a una reunión con todos los jefes. El encuentro se produjo en nuestra finca, ya confiscada por el gobierno. Asistieron alrededor de cien caudillos que representaban a 1,200 combatientes. Yo no estuve en las discusiones, pero fui la anfitriona y atendí las necesidades de los visitantes".

El esposo de Daisy Ventura, Tomás Florencio Becquer precisa algunos punto de interés:

"Yo tampoco estuve presente en los debates, pero los acuerdos básicos me los refirió Emilio Carretero al concluir la jornada: se le dio más valor a la movilidad constante de los grupos para garantizar la sobrevivencia, se extremaron las medidas de vigilancia, se prohibió a los grupos visitarse mutuamente salvo cuando la situación lo exigiera, deberían marcarse áreas seguras para recibir pertrechos de guerra y alimentos por vía aérea, así como el empleo a fondo de los recursos naturales para el enmascaramiento del personal de manera individual, la racionalización del parque de guerra que sólo sería empleado en casos de vida o muerte. También Emilio hizo el comentario de que se esperaban desembarcos armados del exterior para apoyar a nuestras fuerzas, no sólo en el Escambray, sino en diferentes puntos del país.

"Que yo recuerde, aquél fue el último encuentro grande que se llevó a cabo en la serranía. Muchas personas piensan que el Escambray estuvo cercado permanentemente en la segunda mitad de la guerra. Pero jamás el ejército de Castro pudo cercar totalmente la zona, como ocurrió en Pinar del Río, las zonas rurales de La Habana y Matanzas. Aquí, en el Escambray, se requerían muchos cientos de miles de hombres más de los que había. La cordillera es muy grande. Recuerdo que yo burlaba los cercos y la milicia me dejaba continuar mi camino. En mi poder tenía un pase permanente que me autorizaba a cortar y trasladar madera de las montañas a los pueblos vecinos, condición que aproveché para realizar mi trabajo a favor de los guerrilleros".

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:34 pm

Tomás San Gil apenas sobrevivió unos meses al frente de los insurrectos. Daisy recuerda:

"San Gil era más hábil para evadir los cercos. Jamás cayó en uno, a pesar de no tener la formación y experiencia militar de Osvaldo Ramírez. Poseía un sexto sentido que le permitía saber cuándo los efectivos del régimen iban a tender un cerco, y los burlaba. Se escondía bajo tierra y se cubría con maleza hasta que los soldados pasaran por su lado. A veces esto ocurría a centímetros de donde se encontraba. Tenía una sangre fría excepcional. Luego se retiraba. Los hombres de su grupo lo seguían ciegamente, porque confiaban en su buena estrella".

Por su parte, Tomás Florencio precisa:

"El gobierno estaba desesperado por apresarlo. Utilizaba el apoyo de los helicópteros para ubicarlo y atraparlo. Pero San Gil era como un guineo jíbaro moviéndose por el monte. A San Gil lo delató uno de sus colaboradores. La Seguridad del Estado lo capturó en la hacienda 'Las Trampas'. Debió amenazarlo de muerte para que éste accediera a entregar al líder insurgente. Su nombre: Jorge Revuelta.

"El ejército y la milicia le tendieron a San Gil una trampa en el caserío de Meyer. Los uniformados tenían conocimiento que en esos días pasaría por el lugar. La tropa enemiga estaba parapetada en los alrededores de un potrero. A San Gil y diez hombres los observaron avanzar por la cuesta de una loma en dirección a la tropa gubernamental. Comenzó el tiroteo que apenas duró media hora. No hubo sobrevivientes en el grupo. El jefe guerrillero se defendió como un león. No tengo noticias sobre el sitio en que fueron enterrados los cuerpos, aunque fueron trasladados en un helicóptero de la fuera aérea. Este combate ocurrió a mediados de junio de 1962, si mal no recuerdo".

Después de la muerte de Tomás San Gil asumiría la jefatura máxima de las fuerzas insurgentes Emilio Carretero.


Emilio Carretero asumiría la jefatura de las fuerzas insurgentes a la muerte de Tomás San Gil, como se ha señalado, en 1962. Su mandato duraría unos meses. El macizo montañoso central ya no constituía un escenario de lucha adecuada para los guerrilleros. La correlación de fuerzas era sumamente adversa para ellos, al punto que la región se transformó en una enorme trampa.

"Carretero comprendió -señala Florencio Becquer- que la situación militar había empeorado para los grupos irregulares a partir de agosto de 1962. Esta opinión no la compartían otros jefes de grupos y regiones, cuyo optimismo se negaba a reconocer esa realidad. Carretero estaba obligado a buscar un camino que le permitiera salvar, si no a toda, al menos a una parte de la tropa. Evacuarlos de la cordillera y posteriormente sacarlos del país por vías clandestinas, pero seguras, era uno de sus objetivos. El otro sería mantener el foco de la lucha armada. Definido lo que se iba a hacer, ahora restaba lo más importante: cómo lograrlo".

Fue en estas condiciones que Emilio Carretero conoció personalmente a Alberto Delgado.

"Este hombre, Alberto Delgado - refiere Mayra- trabajaba como colaborador de la guerrilla, y era conocido en la zona que va desde Trinidad hasta Topes de Collantes. Delgado, como se supo posteriormente, era un agente de la policía política del gobierno infiltrado en las filas de los combatientes anticastristas. Se convirtió en la punta de lanza de un meticuloso plan organizado por la inteligencia para atrapar vivos a los jefes y miembros de la guerrilla. Además, se pudo conocer que ese cuerpo especializado poseía la información de que muchos combatientes habían abandonado el país por varios puntos geográficos con éxito. Esta última realidad fortalecía la operación de engaño, hacía más creíble la posibilidad de que en el Escambray también se pudiera sacar a los combatientes que allí operaban. La G-2 aprovechó el aislamiento en que se encontraban los grupos de combate para hacerles su jugada.

"Alberto Delgado le propone a Carretero la posibilidad de sacarlo de allí en unión de algunos de sus hombres con destino a los Estados Unidos. Emilio aceptó la sugerencia en principio, pero receloso como era, le exige más información. Alberto se recrea en algunos detalles, por ejemplo, que la salida se realizaría en un barco norteamericano que los esperaría a unas millas de las costas. Para llegar al barco se desplazarían en un bote que Delgado buscaría. La salida sería por la costa sur de la provincia y contaba con la aprobación de las organizaciones opositoras urbanas radicadas en Cuba y en el exilio. Yo no sé si Cheíto León estuvo presente en estas conversaciones, pero cuando Emilio le contó el plan, León dudó de su realización y le dijo a Carretero que él no confiaba en Alberto Delgado, quien tenía fama de trabajar para la Seguridad del Estado. Cuando Emilio le contó a mi esposo, éste le dijo: ten cuidado con Delgado, te va a embarcar".

Florencio explica:

"Carretero no confió en Delgado, pero asumió los riesgos personalmente. Sería él quien primero probaría la efectividad de la operación. Si era una trampa se convertiría en la primera víctima. No tenía otra opción. Y en consecuencia concibió un plan secreto con León para que éste confirmara si el llegaba o no a su destino. El plan consistía en una contraseña que sólo ambos conocían y que debería llegar transcurridos ocho días después de su partida. Si esta señal no llegaba a Cheíto, ya no habría dudas: Alberto Delgado era un agente de la inteligencia cubana".

Daysi interrumpe bruscamente el relato de su marido y concluye:

"La G-2 se empleó a fondo en este plan. No escatimó recursos técnicos ni humanos para lograrlo. Sabían que de triunfar su operación otros jefes y sus grupos seguirían confiados el camino de Carretero. Cumplida la primera etapa, cuyos detalles desconozco, es decir, la supuesta exfiltración de Carretero, Cheíto León nunca recibió la contraseña acordada. Pasaban los días, y nada. No dudó más y ordenó la captura de Alberto Delgado, quien había ocasionado la muerte, la captura y el fusilamiento de varios hermanos de lucha. Tuvo que enfrentar un juicio en campaña y fue ajusticiado. El resto es historia conocida. Emilio y sus hombres fueron apresados, incomunicados, juzgados y condenados a fusilamiento".

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:35 pm

Asumido el mando de la guerrilla en el Escambray por Cheíto León, el nuevo jefe se reunió con los hombres que mantenían el grito de rebeldía. Según testimonios de algunos familiares de los insurrectos, León expresó: "Caballeros, no podemos esperar ayuda de ninguna parte ni salir jamás de las lomas. Yo no abandono el Escambray. Esto aquí es a morirse".

Después de la captura y fusilamiento de Emilio Carretero y asumir el mando central Cheíto León, Daisy Mainegra y Florencio Bécquer se trasladaron al llano. Ella se convertiría nuevamente en testigo excepcional de algunos sucesos derivados de la lucha fratricida vigente en el país desde entonces. En esta ocasión serían las ejecuciones masivas a los insurgentes capturados en el Escambray.

"León moriría en combate - recuerda Daisy- junto a varios de sus colaboradores a los pocos meses de asumir la jefatura general. Cumplió su palabra de no abandonar vivo la cordillera si no lograba la victoria. Su muerte se produjo cuando intentaba romper los cercos tendidos por tropas combinadas del ejército y la milicia gubernamentales. Mi esposo y yo habíamos decidido, meses antes, mudarnos para el pueblo de Condado, municipio de Sancti Spíritus".

Este traslado era necesario. El círculo de sospechosos por colaborar con los combatientes antigubernamentales se cerraba por momentos. Desde su nueva ubicación los cónyuges podrían continuar la ayuda a los rebeldes sin levantar muchas sospechas. Florencio estaba autorizado por el gobierno para cortar y trasladar madera, faena que exigía su presencia en el monte durante tres o cuatro días. Esta situación le permitía disimular sus labores ocultas. Por su parte, la señora Mainegra tuvo la nada envidiable oportunidad de conocer qué ocurría con los guerrilleros después que caían en manos del enemigo.

"Al antiguo cuartel militar de Condado eran conducidos bajo fuerte custodia muchos de los insurgentes apresados que habían sido interrogados, sometidos a juicios sumarísimos y condenados a la pena capital. Los prisioneros procedían de distintos lugares de la zona. Sabían que su llegada a la unidad militar era la última parada de un viaje sin retorno. Algunos se despedían por anticipado de sus familiares sin explicar los motivos de la despedida. No hacía falta.

"De madrugada -apunta Daisy- los sacaban del cuartel amarrados como si fuesen animales de labranza: atados unos a otros con las manos a la espalda para que no intentaran escapar, lo que reflejaba el miedo de los guardias a aquellos hombres, derrotados, pero no sometidos. Los montaban en un vehículo cerrado, acompañados por igual número de militares armados. El viaje concluía en el cementerio del pueblo, distante dos kilómetros. Los paraban frente a un farallón de piedras que se encontraba en la parte trasera del camposanto. En ese sitio los esperaba otro grupo de militares: los miembros del pelotón que los pasaría por las armas, el oficial al mando y otros jefes que asistían a la 'ceremonia'. Yo no podía ver los fusilamientos desde mi casa, pero sí sabía del momento en que caían abatidos los combatientes por la descarga cerrada de los fusiles. Segundos después escuchaba los tiros de gracia que el jefe del pelotón disparaba en la cabeza de los fusilados. Luego los enterraban en fosas comunes, previamente abiertas. A los familiares las autoridades no les decían dónde reposaban los cuerpos de sus seres queridos. En este lugar le aplicaron la pena capital a más de 200 rebeldes anticastristas. A lo largo de esos meses apenas podía dormir. Quería verlo todo. No olvidar nada para contarle a todos en qué consistían las prácticas inhumanas del régimen contra miles de cubanos que no aceptaban su autoridad impuesta a la fuerza. Recuerdo una noche en que sacaron a dos combatientes. Los guardias los empujaban para que se movieran más rápido. A uno de ellos yo lo conocía. Era de mi pueblo, de apellido Peña. La escena ocurrió a principios de febrero de 1962. No llegaban a los 35 años. Se los llevaron. Yo me puse muy triste. Al rato escuché las descargas y después dos detonaciones aisladas. Estas imágenes inolvidables se repetían madrugada tras madrugada. Desde finales de 1961 hasta abril de 1962. Una mañana el hedor a carne descompuesta inundaba el caserío. Muchos residentes nos quejábamos. Decenas de auras tiñosas revoloteaban en círculos sobre las áreas del cementerio donde el gobierno fusilaba a los combatientes. El origen del mal olor era que uno de los cadáveres había quedado con los pies desenterrados".

Muchos vecinos tenían que pasar por el "área de los sacrificios", como se le denominó a aquel tramo de paredón donde fueron fusilados tantos compatriotas.

"Era impresionante -concluye Florencio-, usted pasaba por aquel lugar y veía los orificios provocados por los disparos. Observaba sin mucho esfuerzo las manchas de sangre y hasta los cabellos de las víctimas incrustados en las piedras de la muralla. Los lugareños sabían que aquellas huellas dejadas para la historia pertenecían a padres, hermanos, amigos y vecinos".


Para Florencio Becquer y Daisy Mairena nada bueno les reservaba el inmediato destino. A los sufrimientos ya experimentados le seguirían otros que pondrían a prueba la voluntad del matrimonio: los interrogatorios y la prisión de él. Los registros y la limitación de libertad de ella y la deportación para ambos en uno de los pueblos cautivos creados por el régimen para concentrar allí a los campesinos del Escambray.

El gobierno cubano comenzó las detenciones masivas de posibles desafectos a su gobierno en las provincias centrales en octubre de 1963, operación que se extendió hasta el 4 de marzo de 1964. En estos operativos de los agentes represivos quedaba involucrado cualquier sospechoso de colaborar con los insurgentes, existieran o no pruebas contra ellos. A Florencio lo detuvieron el 15 de octubre de ese año en el pueblo de Güinía de Miranda, municipio de Fomento. A los pocos días lo llevaron para la comunidad de Pitajones y más tarde fue trasladado a las naves de fibrocemento convertidas en cárceles en el poblado de Condado, donde radicaba el estado mayor de las fuerzas gubernamentales.

"En este sitio -señala Florencio- había más de tres mil detenidos. A mí se me acusaba de ayudar a los insurgentes en el trasiego de armas y municiones. También de ser testigo o participar de los fusilamientos que decían los oficiales realizaron nuestros grupos. La policía política me amenazó. Primero con el paredón. Después con que iría a una penitenciaría por 30 años. Fui sometido a interrogatorios diarios y prolongados. La intención era comprobar mis vínculos con la guerrilla. Un preso, quizás confidente de los militares, me recomendaba que lo confesara todo, pues la Seguridad del Estado conocía al detalle mi historia en las lomas por las declaraciones de otros comprometidos. No seguí su consejo".

Por su parte, Daisy apunta:

"A mi esposo lo capturaron en el trabajo. Yo sufrí prisión domiciliaria por varios meses. Durante ese tiempo los agentes represivos realizaron tres registros. Yo no podía trabajar en ningún sitio. Incluso pedí permiso a los guardias para visitar a mi esposo y me lo negaron".

Al concluir las investigaciones preliminares comenzaría para Florencio un peregrinaje por varias granjas-reclusorios, desconociendo cuánto duraría su arresto. Existían pruebas de su colaboración con el movimiento armado, pero la policía política esperaba obtener de otros detenidos testimonios que lo inculparan con mayor severidad.

"A los 45 días de estar en aquel sitio decidieron enviarme para la granja de Paso Real de San Diego, provincia de Pinar del Río. Pasados unos meses me trasladaron a otra cárcel en la misma región, nombrada Sandino No.3. En estos campamentos-prisiones había más de cinco mil prisioneros políticos. La mayoría éramos de Las Villas y 300 provenían de Matanzas. Trabajábamos doce horas diarias en labores agrícolas o de la construcción. La alimentación era pésima. La atención médica nula y no teníamos medicamentos. Los castigos y golpizas eran frecuentes. Casi al año de estar allí comenzamos a disfrutar de las visitas familiares. Algunos prisioneros tenían derecho a un pase cada 30 días, privilegio que se perdía ante cualquier acto considerado por las autoridades como una indisciplina. Donde yo me encontraba prisionero se albergaban alrededor de dos mil personas. En 1965, no recuerdo el mes, se produjo la evasión exitosa de un preso. Pertenecía a los grupos de Matanzas. El hecho ocurrió durante un día de visita. Se cambió de ropas y se fugó cuando concluyó el encuentro familiar. Que yo sepa nunca pudieron recapturarlo. Meses después pasé a otra granja en Corralillo (Villaclara), y al cabo de un año me liberaron. Las pruebas que buscó la Seguridad del Estado para complicarme nunca llegaron a conseguirlas. Eso fue en septiembre de 1966".

Luego vendrían las visitas periódicas de los uniformados. Las amenazas, citaciones, controles y, por último, el destierro hacia los pueblos cautivos.

"A nosotros -refiere Florencio- nos trasladaron para el pueblo Ramón López Peña, en la provincia más occidental de Cuba. La mudada fue terrible. Pasamos hambre y frío. El tren en que viajamos era una especie de jaula móvil custodiada por militares armados hasta los dientes. Yo no quiero acordarme del día en que llegué con mi hija a ese lugar. Sólo existían los edificios. Sin calles ni aceras. Separados de los pueblos más próximos por decenas de kilómetros. No había escuelas, postas médicas, áreas verdes. Un terraplén de entrada-salida al pueblo. Aquello era peor que las grandes estepas rusas".

Florencio y Daisy aún viven allí -y han transcurrido 27 años- en calidad de rehenes políticos. Actualmente él es miembro de la organización opositora "Ex Presos Cautivos". Ambos militan en la no autorizada "Confederación de Trabajadores Democráticos de Cuba".

Concluyo mi trabajo periodístico. Al salir del apartamento, muy humilde, Daisy me tomó de la mano, y me dijo:

"No se olvide de decirle al mundo que nosotros, los colaboradores del movimiento guerrillero anticastrista en el Escambray, fuimos derrotados momentáneamente, pero jamás dominados por ellos".

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:42 pm

http://www.scribd.com/doc/6707335/11-Escambray-La-Guerra-Olvidada-XI


aqui aparece material interesante para conocer parte de esta historia.

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:51 pm

Serie periodística acerca de la lucha guerrillera contra el régimen de Fidel Castro desarrollada en el macizo montañoso del Escambray, provincia de las Villas. 1960-1965


Por Héctor Maseda
Grupo Decoro
La Habana
Cuba Net Independiente*
Colaboración:
Paul Echaniz
E.U.
La Nueva Cuba
Agosto 4, 2002




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LA LUNA EN EL ESCAMBRAY: ORIGEN DE LA GUERRILLA
Luciano Pacheco Ruíz nació en el poblado de Charco Azul, municipio de Manicaragua, en la antigua provincia de Las Villas, el 7 de enero de 1937. De origen campesino, él y sus hermanos comenzaron a conspirar contra Fidel Castro en 1960, cuando el gobierno confiscó las propiedades que poseían los dueños de tierra en la comarca. El padre de Luciano fue uno de los afectados.

"El gobierno cubano -nos dice- intervino las fincas y otros bienes de nuestras familias, amparándose en leyes arbitrarias dictadas por el propio gobierno. Al mismo tiempo se nos exigía que abandonáramos las viviendas que habitábamos, sin tener en cuenta que no teníamos a donde ir. A mi papá lo despojaron de dos fincas: "Pico muerto", en Charco Azul, de 110 hectáreas, y "Los conucos", en Mayarí (Las Villas) de 27 hectáreas. Mis cinco hermanos y yo nos rebelamos contra semejante infamia. Tuvimos que irnos para el monte porque el ejército nos perseguía con el objetivo de detenernos como ya lo hacía con el resto de los lugareños varones opuestos al régimen. Miles de hombres nos organizamos para defender nuestro derecho a la propiedad".

De este modo se establecieron las coordinaciones necesarias con grupos opositores urbanos de otras provincias y municipios que poseían recursos, experiencia en la lucha y relaciones importantes. Comenzaron a llegar armas, municiones, víveres, vestuario y medicinas a la futura zona de operaciones: El Escambrary. Estos hechos ocurrieron a principios de 1960. Pacheco Ruiz precisa que:

"Una vez que se recibían las armas y otros pertrechos en los lugares previstos, se organizaban pequeños grupos que integrarían la guerrilla. A los pocos días eran recogidos por prácticos de la zona encargados de llevarlos a los campamentos insurgentes. Mis hermanos decidieron quedarse en la guerrilla. Yo tomé otra decisión. Comencé apoyando a los grupos de Joaquín Mendive y el Congo Pacheco, quienes operaban en la zona de Charco Azul, Guanaya, Río Negro y Cuatro Vientos, en la cordillera de Trinidad. Mendive era el comandante de la región. Pacheco, su segundo. Ellos tenían bajo su mando alrededor de 300 combatientes distribuidos en grupos de diez o doce personas. Cada grupo tenía un jefe que coordinaba las misiones militares con Mendive.

"Al principio me encargaron transportar armas y municiones, mover a los grupos en las lomas, servir de enlace entre los diferentes grupos y la jefatura. También bajaba a los pueblos donde no era conocido para obtener información del enemigo. En dos ocasiones poco faltó para que la policía política y la milicia me apresaran, como resultado de la delación de personas que conocían mi identidad. En enero de 1961 me incorporé a un núcleo insurgente comandado por el Congo Pacheco.

¿Quiénes eran Joaquín Mendive y el Congo Pacheco? La propaganda oficial los atacaba constantemente y los calificaba como "jefes de bandidos", "asesinos de campesinos", "violadores de mujeres y niñas". Nadie mejor para hablarnos de ambos que el propio Luciano, que los conoció y convivió con ellos durante años.

"El primero -precisa Luciano- ocupó la jefatura del cuartel de Camajuaní. Pasaron unos meses y decepcionado por el rumbo que tomaba la revolución verde olivo rompió con el régimen totalitario. Reunió las armas que pudo y retornó a las montañas junto a los ocho soldados rebeldes de la guarnición, a mediados de 1959. Ese fue uno de los primeros núcleos insurgentes anticastristas que iniciaron la guerra irregular contra el régimen y el primero con experiencia militar en la zona del Escambray.

"En cuanto al Congo Pacheco, era campesino, dueño de una finca de 110 hectáreas, herencia de los padres y ubicada en las estribaciones de aquel sistema montañoso. En 1960 le confiscaron la propiedad y otros bienes que poseía. Pacheco se sintió traicionado por el máximo líder. Fue entonces que comenzó a conspirar contra Castro. Acumuló armas y convenció a un grupo de colaboradores para que lo siguieran en la lucha. Fue descubierto por la Seguridad del Estado, pero avisado a tiempo logró escapar al Escambray, donde se puso bajo el mando de Mendive. Ambos formarían un dúo experimentado en la guerra irregular, con absoluto dominio de la zona de operaciones. Eran personas de honor, conducta irreprochable y honradez a toda prueba. Queridos por los campesinos de la región y sus familiares. Hombres de gran inteligencia y extraordinario valor. Nunca actuaron con violencia ni cometieron crímenes contra la población. Tampoco permitieron que los cometieran sus subordinados.

"El apoyo logístico de la guerrilla surgió espontáneamente entre los mismos campesinos. Esa fue la razón por la que el gobierno castrista los expulsó de sus tierras a otras provincias. De este modo, los convirtieron forzosamente en residentes de los futuros pueblos cautivos 'Ramón López Peña', 'Antonio Briones Montoto' y 'Sandino', en la provincia de Pinar del Río, y 'Miraflores' en Camagüey. Otros tuvieron peor suerte: cumplieron largas condenas en prisión o fueron ejecutados sumariamente por los tribunales militares".

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:52 pm

EL ESCAMBRAY: AUGE DE LA GUERRILLA (II)
Luciano Pacheco Ruiz nos habla de la época dorada del ejército insurgente. Los criterios que siguieron para la creación de las bases de apoyo de los combatientes, los traslados nocturnos de los grupos y las operaciones militares, cómo aprovecharon las condiciones naturales del terreno, la ayuda que recibieron , las vías utilizadas y la efectividad de las mismas.

"El Escambray llegó a tener en 1963 más de tres mil hombres sobre las armas, organizados en 179 núcleos guerrilleros. ¡Era la fuerza armada opositora al gobierno castrista más importante de la nación! Este incremento se debió fundamentalmente a dos razones: los campesinos, quienes temerosos ante las medidas gubernamentales de deportación forzosa o detenciones masivas fueron obligados a tomar el camino de la insurrección armada. La segunda: los militantes de los movimientos Recuperación del Pueblo (MRP) y Recuperación Revolucionaria (MRR) que, acosados por la persecución a que estaban sometidos en pueblos y ciudades por la policía política del régimen, les resultaba imposible continuar la lucha urbana y clandestina".

Cómo organizaron a sus hombres, medios y regiones donde operarían militarmente, son detalles interesantes que Pacheco Ruiz expone.

"Cada diez o doce grupos armados controlaban una región militar del Escambray. Tenían un comandante al frente que respondía por lo que ocurriera en ella. El macizo montañoso se dividió en once regiones militares, si mal no recuerdo. Cada responsable de región se subordinaba al jefe de las fuerzas irregulares y su estado mayor, aunque disfrutaba de cierta autonomía en su demarcación. Las decisiones militares de mayor importancia y que requerían coordinación entre los responsables de región eran tomadas por el jefe máximo y los comandantes que participarían en las operaciones. La disciplina en los campamentos era rígida. Los abusos y arbitrariedades de los combatientes contra los campesinos y sus familiares -de producirse- se castigaban severamente, con independencia de quien fuese el culpable. Una buena medida que se adoptó para evitar situaciones como las descritas fue designar en cada región a guerrilleros procedentes de esa misma localidad. Esta decisión solucionaba dos problemas: el dominio de las montañas y sus alrededores por nuestros hombres y el respeto y la consideración con los serranos, basados en relaciones familiares o amistosas entre combatientes y vecinos de la zona".

La vida de los insurgentes no era nada fácil. El sacrificio permanente se convertiría en su cotidianidad:

"Dormíamos durante el día donde podíamos y operábamos de noche. Disponíamos de un hule de material impermeable para protegernos de la lluvia y hasta para escondernos debajo de él. Adoptamos seudónimos entre nosotros para impedir que por una imprudencia o delación, el ejército tomara represalias con los familiares de los guerrilleros, los cuales vivían en sitios bajo control del régimen. Nuestros aliados naturales eran el dominio y conocimiento de la geografía de la zona, sobre todo las cuevas, las que utilizábamos para ocultarnos, ya que poseían varios accesos bien disimulados. No obstante, esas entradas las cubríamos con troncos, tierra y maleza. Además, establecimos puntos de vigilancia próximos a ellas y en profundidad para evitar que el enemigo nos sorprendiera. Muchos de nosotros salvaríamos la vida durante la época de los grandes cercos utilizando las cuevas como medios de retirada".

"Generalmente -añade Pacheco Ruíz- hacíamos una comida al día cuando podíamos, sin calentar. Encender una hoguera constituía un error que podía costarte la vida. El humo es visible de día y de noche. Un fuego es observado en kilómetros a la redonda por las fuerzas enemigas".

Inquirimos de Luciano sobre las vías de que disponían para recibir apoyo logístico, cómo hacían para recogerlo y de qué manera evitaban que estos recursos fueran a parar a las manos del otro bando.

"Los alijos de pertrechos en grandes cantidades llegaban por vía aérea. Esta variante era insegura. Al principio fue de utilidad, pero a comienzos de 1963 casi siempre caían en manos de las tropas gubernamentales. En ocasiones, por falta de coordinación, también las perdíamos. Recuerdo que en octubre de 1960, siendo yo colaborador, más de doscientos guerrilleros esperaron armas y municiones que serían lanzadas desde un avión en un punto de nuestra finca en Charco Azul. Pasó la fecha acordada y el alijo no llegó. Los hombres se retiraron. Pasados varios días una aeronave sobrevoló la zona, dio algunos giros y dejó caer doce cajas en paracaídas. El ejército de Castro se apropió de ellas.

"Otra variante para obtener medios de combate y alimentos, pero en menor cuantía, era a través de los colaboradores. Este apoyo resultaba más efectivo que el anterior. Como regla, las ayudas llegaban directamente a la jefatura central y ésta las repartía de acuerdo a las necesidades de los grupos y las operaciones a realizar. Las acciones se llevaban a cabo de madrugada y consistían en el traslado de grupos de una región a otra, montar emboscadas a funcionarios gubernamentales o tropas regulares de Castro, y efectuar ataques sobre determinados objetivos, por sólo mencionar las más importantes. A lo largo de 1962 fueron tan efectivas que el enemigo no se movía de noche por aquellos parajes".

El dominio del lomerío perteneció a los grupos insurgentes hasta octubre de 1962. A partir de ese momento el gobierno de Castro destinaría cientos de miles de hombres armados para que combatieran contra los guerrilleros. El Escambray quedó aislado del resto del país. El acceso al mismo estaría controlado por el ejército del régimen. Comenzaba el principio del fin

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:53 pm

EL ESCAMBRAY: LOS ANILLOS DE LA MUERTE (III)
El aumento de las operaciones guerrilleras en el macizo central trajo como respuesta gubernamental su saturación en hombres y medios de guerra. El gobierno se propuso aislar la región del resto del país, cortar la ayuda que recibían los insurgentes y aniquilarlos.

A finales de 1962 Castro movilizó hacia el Escambray a más de 250 mil efectivos de todas las armas. La cordillera de Trinidad quedó envuelta en un gran cerco de acero y fuego permanente.

Al mismo tiempo, los pocos campesinos que aún conservaban sus propiedades fueron expulsados de éstas por las tropas de Castro. De ese modo la guerrilla quedó totalmente aislada y sin recursos para continuar la lucha.

La situación se tornó insostenible para los grupos irregulares. El desenlace sería cuestión de tiempo. "En esa época -recuerda Pacheco Ruiz- no teníamos municiones para defendernos. Los helicópteros peinaban la zona y le daban nuestra posición a la artillería e infantería enemigas. Los primeros comenzaban el bombardeo y te obligaban a moverte en dirección a los anillos formados por la milicia y el ejército, los cuales, al tenerte ubicado, avanzaban a tu encuentro. En realidad sólo en casos extremos intentábamos romper los cercos. Cuando lo hacíamos era amparados por la noche, lanzando las pocas granadas que teníamos y corriendo en dirección a los guardias. Lo peor para nosotros ocurría cuando caíamos entre dos cercos. En estos casos nuestras bajas se multiplicaban y la probabilidad de escapar se hacía remota. Solamente se lograba si en las proximidades se encontraba una cueva con varias salidas conocidas por nosotros, siempre que uno de sus accesos quedara fuera de la zona de operaciones de las tropas enemigas. Otra posibilidad de salvar la vida se producía si podíamos enterrarnos y cubrir nuestros cuerpos con maleza hasta que pasaran los militares. Conjurado el peligro nos trasladábamos de zona. No es menos cierto que en muchas ocasiones nuestras postas detectaron el movimiento del ejército y salíamos del área antes que cerraran el anillo con nosotros dentro".

Algunos de los temas difíciles para Luciano, por su carga emocional, son los referidos a la captura y fusilamiento de su hermano Israel, el último combate, la muerte de Congo Pacheco y el aniquilamiento del grupo que capitaneaba un joven apodado "El Tigre", llamado así por su habilidad para atacar con efectividad y desaparecer rápidamente.

"Fuerzas combinadas de la milicia y el ejército cercaron en Manicaragua al grupo que dirigía mi hermano (1963). Cuando intentó romper el cerco perdió varios hombres y él mismo resultó herido. Algunos sobrevivientes de su tropa lograron evadirse y los evacuaron hacia La Habana. En aquellos momentos desconocíamos que el responsable de su traslado trabajaba para la policía política cubana (DSE). Este personaje los mantuvo escondidos hasta que conoció a los miembros de la red clandestina de luchadores anticastristas que los ayudaba. Fuerzas del DSE los detuvo a todos en operaciones simultáneas. Mi hermano no pudo defenderse. El agente enemigo y los niños que se encontraban en el interior de la vivienda que le sirvió de refugio se lo impidieron. Al año siguiente -tenía 26 años- le celebraron el juicio y fue fusilado en Villaclara. El gobierno no ha dicho aún dónde se encuentran sus restos".

La captura de Congo Pacheco se produjo en la casa que tenía en Río Negro. "Lo emboscaron -apunta Luciano- efectivos de la milicia y unos vecinos suyos incondicionales al régimen, de apellido Villalobos. Combatió hasta el último cartucho. Cayó herido. Gracias a un oficial de honor no lo ajusticiaron allí mismo como generalmente hacían las tropas gubernamentales. Lo llevaron al hospital de Santa Clara, donde lo operaron. Tenía guardias vigilándolo las 24 horas. Cuando despertó de la anestesia y se dio cuenta de lo que ocurría, se abrió las heridas y provocó una hemorragia abdominal que le causó la muerte. Nada pudieron hacer los médicos para impedirlo".

"El Tigre" y su grupo cayeron en un cerco de la milicia en Manicaragua. "Si mal no recuerdo -asegura Luciano- el combate duró alrededor de una hora, algo que violaba las más elementales reglas de supervivencia de la guerrilla. Rompían un cerco y caían en otro. Muy pocos lograron escapar. A "El Tigre" lo apresaron con un brazo fracturado. Varios milicianos quisieron ejecutarlo allí mismo. Alguien lo impidió. Le hicieron juicio sumarísimo y lo condenaron a muerte. Por ser menor de edad le conmutaron la condena a 30 años de prisión".

Pocos partisanos pudieron escapar con vida del Escambray. Al principio la evacuación era una vía bastante segura. Más tarde el DSE penetró sus mecanismos y todo se hizo más difícil. "No obstante -concluye Pacheco-, varios combatientes pudieron utilizarla satisfactoriamente. Yo recuero el caso del comandante Joaquín Mendive, ex oficial de Castro. Se alzó en 1959. Sostuvo decenas de combates, rompió cercos y por último salió de las montañas por decisión del estado mayor guerrillero en diciembre de 1962. Pasó a la clandestinidad varias semanas, apoyado por grupos de lucha urbana pertenecientes a movimientos antifidelistas. Abandonó Cuba ilegalmente y se trasladó hacia un país centroamericano".

Mendive fue uno de los pocos jefes guerrilleros importantes que hicieron historia en el macizo montañoso de Trinidad y que tuvo el privilegio de sobrevivir la experiencia.

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:54 pm

EL ESCAMBRAY: EXTERMINIO DE LA GUERRILLA (IV)
El ejército guerrillero dejó de existir como fuerza real a principios de 1964. Sus pocos sobrevivientes intentaban salir de la región por cualquier vía para luego abandonar el país. Por otro lado, mientras las fuerzas armadas y la milicia del gobierno liquidaban los pocos focos aislados de resistencia, sus órganos de inteligencia penetraron los mecanismos de evacuación habilitados por los movimientos clandestinos urbanos de apoyo, con el propósito de abortar las operaciones de rescate. Luciano Pacheco Ruiz relata cómo fue capturado y cuáles fueron sus primeras experiencias en manos del enemigo.

"Para enero de 1964 no quedaban fuerzas nuestras con capacidad combativa en el monte. Pequeños grupos se movían como fantasmas, aislados y sin municiones. No teníamos con qué alimentarnos, acosados constantemente por las fuerzas del gobierno. Tampoco quedaban campesinos en las montañas trinitarias. Las tierras de los alrededores habían sido confiscadas por las autoridades del país y los lugareños estaban desterrados o presos. No podíamos confiar en los pocos civiles que se movían por los alrededores y te prometían ayuda porque eran militares o delatores que más tarde te entregaban a las tropas enemigas. Nuestros actos en el lomerío se redujeron a mantenernos vivos y en constante fuga. No establecíamos contactos con nadie. Había que evadir cercos y emboscadas continuamente. Comíamos lo que encontrábamos. Esperábamos la oportunidad para escapar, si es que aún ésta existía.

Las tropas gubernamentales, ejército, milicia, no respetaban la vida de los guerrilleros prisioneros, por regla general. El fusilamiento en el lugar era la fórmula que aplicaban, salvo que algún oficial de honor lo impidiese.

"Las tropas del gobierno fusilaron al 80 por ciento de nuestros hombres que cayeron en sus manos. No se les hacía juicio. Los asesinaban a mansalva. Con los jefes de grupos eran implacables. Ni siquiera los interrogaban. Los pegaban a un árbol, los baleaban y los sepultaban allí mismo después de ofenderlos a gritos, y en ocasiones, golpearlos. Esa es la razón por la que muchos familiares de cientos de insurgentes desconocen aún dónde se encuentran los restos de sus seres queridos. En ocasiones fui testigo de estas escenas, cuando rompíamos un cerco y algunos de los nuestros resultaban capturados. Era entonces que comenzaba la macabra fiesta. Primero las torturas. Después los disparos mortales. Por último, el silencio. No podíamos impedir esos actos incivilizados sin poner en riesgo nuestras vidas. En contraposición a esta actitud, cuando nosotros deteníamos a militares gubernamentales les respetábamos la vida. Hacíamos que nos acompañaran hasta salir de la emboscada y los dejábamos en libertad, luego de quitarles las armas, las municiones, ropas y zapatos. Y exigirles que no volvieran a tomar las armas contra nosotros. Juramento que ninguno cumplía. Algunos hermanos de lucha me contaron que el último insurgente en la cordillera fue apresado por fuerzas del régimen en marzo o mayo de 1965. No recuerdo su nombre ni el lugar exacto donde ocurrió el hecho".

Los órganos de la inteligencia cubana conocieron la existencia de planes para evacuar a los sobrevivientes de la guerrilla (operaciones organizadas por los movimientos opuestos a Castro) gracias a los agentes que infiltraron entre ellos y sus enlaces del llano.

Estos cuerpos especializados las controlaron totalmente. De este modo, muchos combatientes cayeron en manos del Departamento de Seguridad del Estado, confiados en que escaparían con vida de la trampa mortal en que se convirtió el Escambray.

"Varios grupos de nuestros hombres -continúa Pacheco Ruiz- desesperados por salir de la cordillera, resultaron engañados por varios dobles agentes. Uno de ellos, Alberto Delgado, infiltrado en nuestras filas, fue el encargado de coordinar, aparentemente con amigos del exterior, la ex filtración de los insurgentes, cuando en realidad lo hacía con el DSE. Por su culpa varios luchadores (entre ellos el comandante Emilio Carretero, jefe máximo de la guerrilla en el Escambray para ese entonces) fueron capturados por el cuerpo represivo, enjuiciados por tribunales militares y condenados a muerte por fusilamiento. Pasados unos días, Delgado fue descubierto y apresado por el comandante Cheíto León, que sustituyó en el mando a Carretero. Alberto Delgado fue sometido a juicio militar en campaña. Probada su culpabilidad, fue condenado a muerte y ahorcado en el mismo lomerío. No se le fusiló, no por ensañamiento, sino porque de hacerlo se hubiera descubierto nuestra ubicación. Deseo aclarar que no fue torturado ni ultrajado su cuerpo después de su muerte, como afirma la versión gubernamental. Posteriormente Cheíto León encontraría la muerte en desigual combate".

Luciano fue capturado el 16 de enero de 1964. Lo sorprendieron fuerzas combinadas del ejército y la milicia en el límite entre Charco Azul y Guanayara, municipio de Trinidad. Sobre este fatal suceso, Luciano precisa:

"Yo estaba agotado. Con hambre. Me recosté en una cañada para recuperar fuerzas. Me dormí. Fui despertado a los gritos de ¡Ríndete! No pude defenderme. Estaba solo y ellos eran más de cien. Me amarraron las manos a la espalda. También los pies, y comenzaron a injuriarme y a golpearme. Luego vendrían las amenazas: 'Te vamos a matar, hijo de ****. Tú eres un alzado de ******* contrarrevolucionario'. Un oficial castrista impidió que se consumara el asesinato. Los milicianos eran los que exigían mi muerte de inmediato. Ese oficial lo impidió. Por último me llevaron a Topes de Collantes, donde radicaba el estado mayor del DSE que operaba en la región. Allí estuve encerrado 42 días entre interrogatorios interminables, amenazas de muerte y simulacros de ejecución".

Luciano Pacheco Ruiz confiesa que en aquel momento sintió miedo. No porque le arrancaran la vida. Sabía que estaba condenado a muerte desde que cayó prisionero. Su temor giraba en torno a cómo vendría la muerte y si sería capaz de enfrentarla con la dignidad de los hombres justos.

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Mar Abr 14, 2009 3:55 pm

EL ESCAMBRAY: EPILOGO
La experiencia le decía a Luciano Pacheco Ruiz que nada bueno le deparaba el destino. Sus opciones eran pocas y malas: morir fusilado de inmediato por el enemigo o vivir muriendo en las cárceles castristas. Su libre albedrío, en esta ocasión, no decidiría.
De Topes de Collantes, provincia de Sancti Spíritus, fue trasladado a las naves de fibrocemento de Condado, devenidas en cárcel provisional en el pueblo Limones de Cantero, municipio de Trinidad. Había alrededor de mil prisioneros. Muy pocos eran guerrilleros. La mayoría calificaba en la categoría de sospechosos de apoyar a los insurgentes o colaboradores de estos grupos. Allí se mantuvo durante seis meses, entre interrogatorios, nuevas amenazas de muerte y torturas psíquicas.

"Medio año pasé en aquellas naves. Las sesiones de interrogatorios eran interminables. Nos obligaban a estar parados en una misma posición, sin movernos durante horas. Muchos nos desmayábamos. Dormíamos en el suelo, comíamos lo imprescindible para continuar viviendo. Cuando los investigadores consideraron concluido mi caso, cesaron las entrevistas y creció mi incertidumbre. Cuando llegaba la noche temía que me sacaran para fusilarme al fondo del cementerio. A otros detenidos se lo hicieron. Formaba parte del procedimiento".

En septiembre de 1964 trasladaron a Luciano al cuartel general de la Seguridad del Estado en la capital de la nación. El juicio fue celebrado en el Tribunal Provincial de La Habana, sala de delitos contra la seguridad del estado, causa 474/64. Sobre estos hechos Luciano comenta:

"Llegué a la ciudad el día 14. Me encerraron en el DSE hasta el 16, día en que se inició la vista. Me acusaron de atentar contra los poderes del estado. Las acusaciones giraban alrededor de mi participación en la guerrilla. Comprobados los hechos, el fiscal pidió la pena de muerte por fusilamiento, petición que al final se convirtió en una condena a 20 años de cautiverio. En octubre de ese año me enviaron a la cárcel de Santa Clara. A los pocos días salí en una 'cordillera' (caravana militar que mueve a los presos de una penitenciaría a otra) para la Cárcel Modelo de Isla de Pinos. Allí fui destinado a la circular No. 2 como preso político. Las condiciones de vida para los cautivos en este penal eran modelo, pero de deshumanización. Mala alimentación, pésima atención médica. Las visitas se producían entre ocho y doce meses por medio de unos separadores de malla, para impedir el contacto físico con los familiares. Las celdas de las circulares no tenían rejas, por lo que podías moverte de un piso al otro. Eran pequeñas y albergaban a dos internados, pero generalmente había tres y hasta cuatro. Se hacían dos recuentos en el día: uno a las 6 y 30 de la mañana y el otro a las 10 de la noche. En ambos debías pararte en el pasillo, frente a la celda. Se podía bajar al patio interior central, sitio donde se encontraban los baños y distribuían la comida. Miles de presos estaban obligados a trabajar en el campo, las construcciones o en la marmolera. Quienes se negaba eran golpeados".

"El día -recuerda Pacheco- empezaba a las 5 y 30 de la mañana y concluía a las 10 y 30 de la noche. A esa hora apagaban las luces principales de la circular. Las requisas eran sorpresivas y semanales. Cuando se producían debíamos bajar desnudos al patio central y agacharnos en un rincón, vigilados por carceleros armados. Las pocas propiedades que poseíamos eran lanzadas de las celdas al patio por los guardias. Pomos, ropas, alimentos y recuerdos íntimos como retratos y cartas, quedaban destruidos o extraviados. Cuando concluía era poco lo que podías recuperar. Según el reglamento teníamos derecho a una hora de sol al día, pero en realidad nos sacaban una hora cada diez o doce días".

Las relaciones entre los prisioneros eran fraternales. Con los militares apenas se tenía contacto. Las agresiones corporales y castigos se producían por cualquier motivo. A Pacheco Ruiz dos experiencias le afectaron mucho. La primera, ocurrida con su hermano. La segunda, el asesinato a sangre fría de un prisionero político.

"Nuestros guardianes eran violentos. Por una falta mínima interpretada como indisciplina te clavaban la bayoneta en cualquier parte del cuerpo. Luego recibías una fuerte paliza que te propinaban dos o tres gendarmes, y luego te encerraban en un pequeño calabozo a media ración alimenticia durante varios días. Mi hermano Orestes tuvo unas palabras con un soldado y éste le propinó un bayonetazo en el abdomen. No murió de hemorragia interna gracias al escándalo y las protestas que hicimos. En otra ocasión un custodio le disparó a un preso en el patio, delante de nosotros. Los proyectiles le salieron por las tetillas. Los huecos eran enormes. Botaba sangre por todas partes. Murió allí mismo sin recibir atención médica".

A raíz de la expedición de Playa Girón en 1961 la Cárcel Modelo fue dinamitada por las autoridades de la prisión para que volara junto con su población penal en caso de producirse un intento por liberarla, o un enfrentamiento directo entre Cuba y los Estados Unidos.

"Hombres que guardaban prisión desde 1960 me informaron que la dirección del reclusorio ordenó -en abril de 1961 y a finales del propio año- dinamitar las circulares a través de unos túneles que perforaron. Varios de nuestros hermanos se enteraron de las intenciones gubernamentales y lograron llegar a los detonadores de las cargas y desactivarlos. Con esta acción el régimen de Castro pretendió convertir el presidio Modelo en una fosa común para miles de seres que serían aplastados por decenas de miles de toneladas de acero y concreto".

En 1971 Luciano fue trasladado a la cárcel de Santana. A mediados de 1976, después de 12 años de encierro, fue puesto en libertad y deportado al Pueblo Cautivo "Ramón López Peña", municipio San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, lugar donde reside actualmente. Afirma que no abandonará el país que lo vio nacer.

Aún mantiene sus vínculos con la disidencia política interna y confía en que podrá mirar con sus propios ojos el fin de la tiranía de Fidel Castro.

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por El Compañero el Miér Abr 15, 2009 5:21 am

Muchas gracias politico, toda referencia que tengas del tema te agradezco la incluyas aca pues me es de mucho interes. El libro de Encinosa es un buen comienzo, ojalá se hagan muchos mas estudios al respecto pues pienso es un tema poco estudiado de la historia del regimen. Incluso Encinosa se basa mucho en los detalles y en el anedoctario mas que en un analisis de ideas, cosa que en el futuro podria trabajarse mas. y digo eso pero hay muchas mas preguntas e inquietudes que necesitan ser examinadas.

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Re: La Guerra Olvidada

Mensaje por politico el Miér Abr 15, 2009 1:36 pm

Voy a seguir buscando Compa,
Creo que es importante porque es parte de nuestra historia, de nuestras luchas de liberacion y ayuda a desmistificar a supuestos heroes que al fin de cuenta no pasan de ser chivatos miserables como esa sabandija de Maisinicu(Alberto Delgado).

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Re: La Guerra Olvidada

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