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America latina padece falsas democracias

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America latina padece falsas democracias

Mensaje por Adri el Lun Jun 14, 2010 1:05 pm

El “presidente fuerte”,
típico en la región, siente que la división
de poderes le impide
negociar con “poderes fácticos”.

PorRODOLFO
TERRAGNO, ESCRITOR Y POLITICO
Fuente:Clarin

El líder arquetípico, en América latina, es el “presidente
fuerte”:
“ése que te da o te quita unas vacas, te concede o te niega
una
prebenda, te otorga o te rechaza el retiro”.
Lo dice
Héctor
Aguilar Camín. Hace un tiempo, tuve el privilegio de almorzar
con
este intelectual mexicano y su esposa, Ángeles Mastretta, la sutil
autora
de Arráncame la vida.
Quería oírlo porque sabía de
sus
esfuerzos por abatir un mito: el de países “únicos”. América latina
es una región de males endémicos, donde todos los pueblos padecen de
las
mismas fiebres. No obstante, cada habitante de estas regiones cree
que
su país tiene desventuras sin igual.
En su centenario caserón
del
Distrito Federal, donde hablamos horas, Aguilar Camín dibujó al
Sansón
latinoamericano. El “presidente fuerte” no tiene por qué ser
militar.
No hace falta, tampoco, que sea vitalicio. Ni importa que
gobierne
en nombre de un partido. O que sus dictados parezcan emerger
de
órganos republicanos. Al “presidente fuerte” le basta con tener un
“congreso
débil”, que se limite a la alabanza o la crítica inocua.
Conseguirlo
puede resultarle sencillo.
Los partidos que están
en el llano
tienden a la división celular.
“La sociedad, por
otra parte, no
espera demasiado de sus representantes en el Congreso”.
No cree que
tengan la voluntad, ni la capacidad, para resolver los
problemas
de la gente común. Si las tuvieran, además, las soluciones
llegarían
“con el tiempo”. Frente a la imprescindible morosidad del
proceso
parlamentario, el “presidente fuerte” ofrece el encanto de lo
expeditivo.
La “dictadura democrática” difiere de lo que Arnaud
Montebourg
llama maladie présidentialle: ese patológico afán de
majestuosidad
que, según él, todo político francés anida en “los
recovecos del
subconsciente”. El “presidente fuerte” de América latina
no anhela
tanto la majestuosidad como la suma del poder público. A
modo de
justificación, alega la necesidad de evitar algo más dañino:
la
suma del poder privado. Sugiere que la división de poderes dejaría
al
Ejecutivo sin capacidad de negociación frente a los “poderes
fácticos”:
las grandes corporaciones, los sindicatos y los medios de
comunicación.

Es por eso que -con mayor o menor pudor, con
mayor o menor
transparencia- los “presidentes fuertes” procuran
controlar el
Congreso y dominar la justicia. “Se dedican a premiar o
castigar”,
observa Aguilar Camín. “Sienten que el Ejecutivo, si no
puede sacar
una ley, o es neutralizado por la justicia, no constituye
una
amenaza para los poderes fácticos”.
Las democracias
latinoamericanas
tienen un desafío: evitar la supremacía de los
intereses
particulares; no a través de “presidentes fuertes” sino de
instituciones
bien estructuradas.
La posible preeminencia del
interés
privado no es un mero fantasma, agitado por quienes desean
abrogar
la división de poderes. En México, la fortuna personal de Carlos

Slim supera los 60 mil millones de dólares. El empresario, considerado
“el hombre más rico del mundo”, tiene una imaginable capacidad de
imponer
su voluntad.
En otros países, no existe una
concentración
igual, pero el poder agregado de las corporaciones es
capaz de
inmovilizar a estados débiles.
El problema no se resuelve
volteando
empresas. Como no se resuelve desarticulando sindicatos o
clausurando
radios.
¿Se puede alentar la inversión, favorecer el
desarrollo
económico y, al mismo tiempo, preservar la función arbitral
que
corresponde al Estado?
Hay, fuera de la región, quienes lo han
logrado.
Expertos
de la Organización de Estados Americanos
trabajan en un estudio
sobre este tema, que se conocerá en octubre.
Durante el “trabajo de
campo”, consultaron a medio millar de actores
políticos y
sociales, pertenecientes a dieciocho países.
He tenido
acceso a
algunos borradores.
El documento se aparta de las
concepciones
que atribuyen la debilidad de nuestras democracias al ADN
latinoamericano.
No
hay, dentro del mundo en desarrollo, región que
tenga mayor
densidad de gobiernos libremente electos. Sin embargo, la
democracia
política convive aquí con 40 por ciento de pobreza e
injusticias
que claman al cielo: “No existe, en el planeta, una
desigualdad
social comparable a la de América latina”.
En el
estudio se dice
que, en vez de resaltar “sus peculiaridades
nacionales”, cada país
debería advertir la similitud entre sus
problemas y los del resto:
“pobreza, desigualdad, crisis de
representación y debilidad
estatal”.
En tanto la democracia
no resuelva tales rémoras, se
producirá “el divorcio de los ciudadanos y
sus representantes”. Eso
llevará a la hipertrofia de los “poderes
fácticos” y a la
aparición de gobernantes “providenciales”.
Es
cierto: la
debilidad democrática no ocurre al mismo tiempo en todas
partes.
Hay países que atraviesan períodos de estabilidad, relativa
bonanza
y cierto orden institucional. Sin embargo, aun ellos están bajo

riesgo sísmico.
El fortalecimiento de la democracia requiere

consensos para asegurar varias condiciones sine qua non: la
gobernabilidad,
el respeto de las instituciones republicanas, el
desarrollo
económico acelerado y la redistribución del ingreso.
No
es tarea
sencilla. Algunos de esos propósitos -como el de edificar una

sociedad más justa- hallará resistencia en los mismos “poderes
fácticos”
que se intenta disciplinar. Cuesta hacer comprender, a quien
goza
de un privilegio, los riesgos sociales que incuba.
Es
por eso
que la cohesión política resulta indispensable.
La
fragmentación
lleva a la “suma del poder privado” y a la llegada del
presunto
Sansón.
Mientras tanto, los problemas sociales se
agravan y la
democracia pierde legitimidad. Detener este proceso es la
primera
obligación de todo político latinoamericano.

Adri
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