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CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

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CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 13, 2008 10:22 pm

En el siglo XIX Hispano Americano hubo una era llamada la de los Caudillos o Conservadores. Duro casi un cuarto de siglo y tomo lugar posterior a las Guerras de Independencia en 1825.

Los caudillos gobernaron hasta la primera mitad del siglo XIX y tomaron el poder debido a la inestabilidad, el vacio de poder legado de la era post independentista , el apoyo popular al conservatismo, al modo de vida rural, a la religion y al rechazo de las primeras reformas liberales que no tuvieron apoyo en America hasta pasada la segunda mitad del siglo XX cuando America Latina entra en la era del liberalismo y posteriormente la era del progreso.

En esta era (1825-50) el hombre a caballo, el hombre del campo, el estanciero, el hacendado, el hombre duro, de valores conservadores, patriarcal, religioso y formado militarmente en las guerras de independencia era el lider popular. Los liberales, en la mayoria de paises, eran vistos como afeminados, modernos y sacados de la realidad americana.

Santa Anna en Mexico, Paez en Venezuela y Juan Manuel Rosas en Argentina fueron de los mas carismaticos y brutales caudillos de esta epoca.

Los caudillos de esta epoca fueron en muchas formas los padres de los futuros caudillos del siglo XX y XXI que heredaron conductas politicas y modos de gobierno de estos pioneros en dictadura. Luego bajo otros disfrazes ideologicos (nacionalistas, militares, conservadores, revolucionarios, socialistas) y circumstancias historicas particulares surgieron nuevos caudillos que heredaron algunos elementos de continuidad de sus antepasados y tambien aportaron su propia version dictatorial de gobierno: desde Peron, Vargas, Somoza, Marcos Perez Jimenez y Trujillo hasta Fidel Castro, Strossner, Pinochet y Chavez.


Saludos cordiales,

El Compañero.

JUAN MANUEL ROSAS

Juan Manuel de Rosas fue un político argentino, gobernador de Buenos Aires en los períodos 1829-1832 y 1835-1852. Amado por sus seguidores, y temido y odiado por sus opositores, quienes lo llamaron tirano y dictador. Lo cierto es que estuvo en el poder por más de 20 años, con facultades extraordinarias otorgadas por la legislatura provincial, tratando de ordenar el país contra la anarquía política.

En "Palabras de Historiador" de Felix Luna, el autor lo define como "el mas contradictorio, el mas controvertido y el que ha registrado mas polémicas y el que siempre será un personaje muy ambiguo, muy difícil de definir" (pag.72)



Comienzos del caudillo:

Nació en Buenos Aires, en el seno de una de las familias más destacadas de la ciudad. Su verdadero nombre era Juan Manuel Ortiz de Rozas; pero decidió "acriollarlo" y aplebeyarlo, ya antes de su primera aparición en la política, por Juan Manuel de Rosas. Era un hombre práctico, de espíritu conservador, y con todas las características de un caudillo. La primera interrupción en sus actividades de estanciero fue debida a las invasiones inglesas. El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre " los voluntarios que formaron el ejercito que reconquisto Buenos Aires". Luego de la rendición, Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial.

Amasó una gran fortuna como ganadero y exportador de carne de vacuno, en la época en que el virreinato del Río de la Plata luchaba por su emancipación del dominio español. En 1818 comienza a hacer algunas comisiones políticas, al tiempo que entró a administrar y poblar las estancias de Juan José y Nicolás Anchorena. Mas tarde compraría con Terrero (quien lo acompañaría durante sus dos futuros mandatos) las estancias San Martín y Del Rey, entre otras. Empezó a adquirir prestigio y durante la década del ’20 se transformo en uno de los personajes más importantes de Buenos Aires. Llegó a tener un ejército personal formado por peones: Los Colorados del Montes. Y durante el gobierno de Rodríguez ocupó el cargo de comandante de campaña.

Primer gobierno:

Durante el primer gobierno de Rosas, el país no estaba organizado como una nación, sino que las provincias se habían enfrentado firmando por un lado la Liga Unitaria (Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta y Mendoza) y por el otro lado el Pacto Federal (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes).

El 6 de diciembre de 1829 la legislatura eligió a Rosas gobernador y le otorgaron facultades extraordinarias. Si ya gobernaba de afuera, ¿cómo no iba a hacerlo ahora que estaba en el poder?

Desde el principio declaró enemigo al partido unitario, y utilizó la famosa divisa: "El que no está conmigo, está contra mí" para atacarlos. Por lo que puso a su favor a los burgueses, conservadores y reaccionarios, a los católicos, a los gauchos descontentos, a los indios, a la plebe urbana y a parte de la población rural. Rosas apareció como un restaurador, debido a la actitud de desprecio, de violación de derechos que habían dado los anteriores gobiernos. En su contra aparecieron los unitarios, los jóvenes ilustrados, los liberales, los militares y viejos patricios de la revolución.

Su gobierno era centralista, respetuoso de los señores feudales siempre y cuando estos le estuviesen sometidos. Tenía un criterio proteccionista antieuropeo, de un nacionalismo estrecho, y reacio a los cambios y a lo extranjero. Su primera medida en el gobierno, de hecho, fue suprimir la libertad de prensa y adueñarse de ella. Sin embargo este primer periodo fue solo una imagen de lo que sería el segundo término, ya que aquí Rosas no tenía experiencia verdadera en la política.

Así es que en 1832 Rosas impide que la Comisión Representativa convoque a un congreso general para organizar la república. La idea de Rosas era que el país no estaba en condiciones de entrar en una organización general; debía mantenerse la unión de las provincias sólo con el Pacto Federal. "Debemos existir y después organizarnos", era su argumento.

Segundo Gobierno:

El 7 de marzo de 1835 la Legislatura, confirió el gobierno a Rosas por cinco años con la suma del poder publico, sin mas restricciones que conservar y proteger la religión católica, y sostener y defender "la causa nacional de la Federación". El nombramiento fue confirmado por un plebiscito que dio 9720 votos a favor y 8 en contra. Se le depositó la suma del poder público de la provincia; Pero ¿Cómo llegó Rosas a tener todo este apoyo? Debemos por ende analizar el período 1832-1835, tiempo en que Rosas no gobernó.

Primero Rosas no aceptó en 1832 la reelección sin los poderes extraordinarios. Y a partir de allí se lo eligió varias veces para que vuelva al poder, pero en todas se negó debido a que no le otorgaban los poderes especiales; él deja el gobierno para trabajar desde afuera y dificultar al gobierno muy astutamente. Segundo, la policía, el ejército, la prensa y las masas estaban a su merced. Tras formar su propio Partido Restaurador Apostólico, y con el apoyo de la Sociedad Popular Restauradora, conocida como 'La Mazorca', que aterrorizó a sus adversarios unitarios, Rosas formó alianzas con los líderes de las demás provincias argentinas, logrando el control del comercio y de los asuntos exteriores de la Confederación. Un hecho más que decisivo fue la revolución de los restauradores del 11 de octubre de 1833: El gobernador Balcarce ordenó que se diera a lugar un juicio al periódico El Restaurador de las leyes, por lo que se empapeló Buenos Aires con carteles que anunciaban el proceso al "Restaurador de las leyes". Y la gente de los suburbios pensó que el juicio era a Rosas, ya que también se lo conocía con ese nombre. Y al iniciarse la audiencia se produjo un enorme alboroto que terminó con el sitio de la ciudad por parte del general Pinedo, adherido a la protesta. Y el ejército del gobierno se encontraba con Rosas en el sur en la campaña "exterminadora" del desierto.

Balcarce debió renunciar, y posteriormente lo mismo harían José Viamonte y V.Maza (luego del asesinato de Quiroga). Al volver de la expedición al desierto, la legislatura le acordó una medalla. Sin embargo no poseía un espíritu bélico, aunque supo explotar su prestigio. Así Rosas aparecía como el único capaz de calmar la situación.

Es en esta etapa de temor y anarquía política en la que Rosas aparece como el único capaz de terminar con el difícil momento y establecer la paz tan esperada.

Represión:

El ejercicio de las atribuciones extraordinarias y la acción de la Sociedad Popular Restauradora, le permitieron eliminar la oposición, ya sea unitaria o federal. Hubo destituciones y fusilamientos en masa, y se decretó el uso obligatorio de las divisas punzó. Se empapelaron las ciudades con cárteles como: "¡Mueran los salvajes unitarios!" o "¡Vivan los federales!". Afirmó su lucha sobre los unitarios y exigió una sumisión total a la federación, no solo en Buenos Aires sino en todo el interior. Abolió la independencia del poder judicial, y llegó a ejercer personalmente facultades judiciales (como el caso de los hermanos Reinafé, a quienes se los encontró culpables y se los colgó).

Fue una época de terror para los unitarios, o mas bien para todos los que no estuvieran a favor del dictador. Todos los opositores se debieron exiliar, en general a Uruguay, o eran juzgados aquí. La gente se retractaba, se cuidaba de cualquier motivo de sospecha, como hablar, pasear, escribir, etcétera. La simple sospecha de complicidad con un unitario bastaba para ser ejecutado; la sociedad Popular Restauradora fue un club terrorista y temido. Rosas también se aseguró de que su retrato estuviera expuesto en todos los lugares públicos tras autoproclamarse 'tirano' en 1842.

En junio de 1839 fue descubierta en Buenos Aires una conspiración organizada por Manuel V. Maza, presidente de la Sala de Representantes, que tenía contacto con otros movimientos que actuaban en la campaña y con los emigrados. Maza y su hijo fueron muertos. La misma suerte tuvieron los cabecillas de la Rebelión de los Hacendados del Sur de la provincia, que tuvo su foco en Chascomús y Dolores. Estos alzamientos debían coincidir con la invasión de Lavalle a Buenos Aires, lo que no pudo concretarse.

Los unitarios, con imprudentes golpes de estado, con medidas, arbitrarias, con su recurso a los actos habilidosos, crearon el clima propicio al desprecio por la ley. Rosas pudo destruir la anarquía pero creó un miedo pavoroso.

En el primer gobierno se había limitado a organizar la administración de Buenos Aires, y en el segundo a todo el país, colocando gobernadores sometidos en las demás provincias.


Última edición por El Compañero el Lun Jul 14, 2008 8:40 am, editado 4 veces

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CAUDILLO ARGENTINO JUAN MANUEL ROSAS PARTE II

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 13, 2008 10:23 pm

Cont... Juan Manuel Rosas

Medidas:

Tuvo una política centralista y sus intereses se identificaron con los de Buenos Aires. Lo favorecía el puerto único, y el 18 de diciembre de 1835 estableció la ley de Aduanas, por la cual se protegían los productos e industrias de las provincias impidiendo la penetración de productos extranjeros que compitieran con los del país, aunque se conservaba a Buenos Aires como único puerto de ultramar. Esta medida era un interesante intento de proteccionismo económico que benefició a ciertas industrias nacionales; Sin embargo favorecía a Buenos Aires, por lo que el litoral se opuso a ellas.

Al principio de su segundo gobierno llamó a los jesuitas de Europa, ofreciéndoles protección y mantenerlos y colocarlos en universidades y colegios. Así buscó presentarse como protector de la religión, de las ciencias, y de las letras. (5) Si bien la iglesia y la prensa eran auxiliares importantes de Rosas, la última sanción de su gobierno era la fuerza, aplicada por militares y la policía. La organización militar no solo estaba para defender sino para controlar, a la población.

Sin embargo para superar la crisis económica provocada por las luchas internas y los bloqueos, decretó cesantías en masa, rebajó los sueldos, redujo el presupuesto de la Universidad, prohibió la exportación de oro y plata, entre los más importantes.

Legado del gobernador:

La sociedad tomó su forma bajo el gobierno de Rosas y subsistió después de él. La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la dependencia de los peones, todo eso fue herencia de Rosas. El ayudó a crear una sociedad; comenzando por la estancia estableció valores que se extendieron a toda la provincia y se convirtieron en alma en el estado de Rosas. "Subordinación era su palabra favorita, la autoridad su ideal y el orden su logro. Elogiaba a las clases bajas y a los pobres (a quienes siempre ayudó) por su obediencia. Rosas explicaba los orígenes de su régimen como una desesperada alternativa para la anarquía; y sus medidas represoras eran un mal necesario.

Defensor de la Soberanía Argentina:
La guerra con Francia

Desde 1830, Francia buscaba aumentar su influencia en América Latina y, especialmente, lograr la expansión de su comercio exterior. Consciente del poder inglés, en 1838 el rey Luis Felipe exponía ante el parlamento que “sólo con el apoyo de una poderosa marina podrían abrirse nuevos mercados a los productos franceses...”. En marzo de 1838 una escuadra de guerra francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires.

Sobre el reclamo particular de Francia —la eximición del servicio de armas para sus súbditos—, el gobierno de Buenos Aires retrasó la respuesta por más de dos años. Rosas no se oponía a reconocer a los residentes franceses en el Río de la Plata el derecho a un trato similar al que se daba a los ingleses. Pero sólo estuvo dispuesto a reconocerlo cuando Francia envió un ministro plenipotenciario (con plenos poderes) para la firma de un tratado, lo que significaba un trato de igual a igual y un reconocimiento de la Confederación Argentina como un Estado soberano.

La Convención fue acordada entre el gobierno de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, y el representante del gobierno de Francia el 29 de octubre de 1840. Esta Convención se conoce como el Tratado Mackau-Arana porque los ministros que lo firmaron fueron el almirante barón de Mackau por Francia y Felipe Arana por Buenos Aires. El tratado establecía el levantamiento del bloqueo al puerto de Buenos Aires y la devolución de la isla Martín García y de los barcos capturados al gobierno de Buenos Aires por parte de Francia, y a su vez, el gobierno de Buenos Aires acordaba eximir del servicio de armas a los súbditos franceses y pagar indemnizaciones a los perjudicados por el conflicto.

La intervención de Gran Bretaña y Francia

A partir de 1842 se reanudó un conflicto interno en la Banda Oriental y Rosas intervino apoyando a uno de los bandos. Esta decisión del gobernador de Buenos Aires provocó la reacción de Francia y de Gran Bretaña k decisión de una intervención conjunta en el Río de la Plata.

Para Gran Bretaña, la posibilidad de una acción coordinada entre la Banda Oriental y Buenos Aires significaba la anulación de la división política en el Río de la Plata —impuesta por su mediación con la creación, en 1828, de la República Oriental del Uruguay como Estado independiente—. Los intereses británicos se veían gravemente amenazados por el peligro de una política conjunta de los dos países que controlaban el comercio y la navegación en el río de la Plata. Los intereses de los comerciantes ingleses en Montevideo y en Buenos Aires no eran lo mismos. Pero los dos grupos se beneficiaban con la navegación pacífica del río de la Plata y con la apertura de los ríos interiores (el Uruguay) al comercio internacional.

En esta oportunidad, también Brasil intervino en el conflicto a favor de sus propios intereses. A mediados de 1844 propuso a Gran Bretaña una acción conjunta contra Buenos Aires para eliminar la influencia argentina en la Banda Oriental y establecer la apertura de la navegación de los ríos interiores. Esta apertura era necesaria, declaraba, para poner fin al aislamiento del Paraguay.

Finalmente, el gobierno inglés decidió intervenir con el objetivo de lograr la libre navegación de los ríos y mantener el equilibrio rioplatense según el tratado de 1828 frente a las pretensiones de incorporar la Banda Oriental al sistema rosista. Además, la larga duración de la crisis oriental comprometía la estabilidad económica de la región y perjudicaba a los sectores mercantiles extranjeros y locales. Francia aceptó intervenir limitando sus objetivos —según declaró— a la defensa de la independencia oriental frente a la intervención argentina. En abril de 1845, naves inglesas y francesas bloquearon el puerto de Buenos Aires.

El caudillo oriental Manuel Oribe —con el apoyo de Rosas— mantenía sitiada la ciudad de Montevideo por tierra y, desde 1843, Buenos Aires sitiaba por el río las costas de la Banda Oriental. Pero las naves inglesas desconocían el bloqueo de las naves porteñas y permitían el aprovisionamiento de Montevideo. A mediados de 1845 y después de un ultimátum, las fuerzas navales británicas y francesas “robaron a la escuadra argentina”: la capturaron y la obligaron a fondear en el puerto de Buenos Aires. Meses más tarde se propusieron remontar el río Paraná, para poner en práctica el objetivo de la libre navegación de los ríos interiores. Rosas no estaba dispuesto a permitirlo y preparó la defensa, que resultó heroica. En la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná el 20 de noviembre de 1845, en una larga batalla en la que sufrieron numerosas pérdidas materiales y humanas, las fuerzas militares y navales porteñas intentaron impedir el paso de las naves extranjeras.

Enfrentamiento con Urquiza:

Urquiza, que hasta ese momento era uno de los aliados de Rosas, decidió iniciar una rebelión con el motivo de organizar al país. El 1 de mayo de 1851 inició el levantamiento; y 24 días después señaló su programa constitucional.

Corrientes se adhirió al movimiento y contó con el apoyo militar de Uruguay y Brasil. El 21 de noviembre se firmó un acuerdo más amplio entre el imperio del Brasil, Uruguay, Entre Ríos y Corrientes para eliminar a Rosas.

El 3 de febrero de 1852 Urquiza derrotó al gigante Rosas en la batalla de Caseros. El caudillo criollo escapó ileso de la batalla y unos días después del país.

Ésta batalla marcó un momento decisivo en el país, e inició una nueva etapa. Rosas pasó el resto de su vida en el exilio y murió en Southampton (Hampshire, Gran Bretaña).

Resumen Conclusión:

De 1829 a 1832 y de 1835 a 1852 gobernó Buenos Aires Juan Manuel Rosas. Conocido como el gran dictador, fue sin dudas un poderoso estanciero y un caudillo político, que representó los intereses porteños. Ejerció una dictadura y demoró mientras estuvo al poder la organización nacional con el argumento de que el país no estaba preparado. Si bien se lo conoció como el Restaurador de las Leyes, solo sancionó dos leyes en sus casi 30 años de gobierno; Rosas anhelaba la libertad anárquica y despreciaba las reglas.

Rosas tuvo movimientos de resistencia en casi todo el país, protagonizados por unitarios y federales liberales. Montevideo fue el centro de esa conspiración, cuyos métodos eran el terrorismo, el asesinato, el fraude, la unión con el extranjero, confiscaciones. Los opositores sentenciaron a Rosas a gobernar sin un día de tranquilidad. Su fracaso se debió a la falta de unidad en su coordinación y a la diversidad de tendencias que participaron. En su mayoría recurrieron al apoyo extranjero, lo que les acarreó desprestigio frente al caudillo porteño que se mostraba como defensor de la soberanía nacional. Estos solo tuvieron éxito cuando se unieron para luchar contra el dictador.

La oposición fue perseguida y ejecutada durante 15 años en el poder. Los unitarios, con imprudentes golpes de estado, con medidas, arbitrarias, con su recurso a los actos habilidosos, crearon el clima propicio al desprecio por la ley. Fueron éstos quienes tildaron a Rosas como el personaje más siniestro del siglo XIX en la Argentina. Buscando material sobre Rosas me he encontrado con autores que estaban a favor (José M. Rosa), y otros en contra (Dellepiane); Rosas hizo cosas buenas y cosas malas; pero ¿Por qué nunca intentó organizar al país? En todo el tiempo que gobernó ¿nunca se podría haber hecho una constitución? Rosas se equivocó al haber rehusado a su pueblo a un régimen estable y organizado.

Por otro lado debe remarcarse la intención de ejercer una economía proteccionista y favorecer a las industrias locales. Aunque es verdad que siempre terminó actuando con los intereses de Buenos Aires (Ej: La ley de Aduana). También defendió enérgicamente la soberanía nacional ante las pretensiones extranjeras de disponer libre tránsito en ríos nacionales, y nunca dejó de reclamar la devolución de las islas Malvinas por parte de Inglaterra. Y justamente el mismísimo general San Martín lo elogiaba por su patriotismo y defensa contra el extranjero: " El sable, que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur, le será entregado al general de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos."

Por otro lado debemos decir que Rosas persiguió y castigó a los unitarios, catalogándolos de salvajes, mientras su gobierno no tuvo nada de federal. El era un federal personalista, lo que lo diferencia con los federales liberales. Centralizó el poder en Buenos Aires, y otorgó a esta provincia el manejo de los fondos de la Aduana. Además las provincias respondían a él, ya que sus respectivos gobernadores habían sido elegidos por Rosas.

GOBIERNO DE ROSAS - IMAGENES



Juan Manuel de Rosas como Estanciero

Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas

Asesinato de Facundo Quiroga

Bandera de la Confederacion Argentina

El Fusilamiento de Dorrego

Manuelita Rosas (hija del Caudillo)

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THE AGE OF DICTATORS

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 13, 2008 10:33 pm

Capitulo importantisimode la historia de America Latina que nos permite entender los origenes autoritarios, dictatoriales y caudillistas de la cultura politica de nuestro hemisferio. Del legado colonial y post independentista se forma conductas como el 'no respeto a las leyes y si a los hombres' el gobierno caudillista que promete reformar sin crear instituciones ni infraestructuras legales y demas cuestiones.

Saludos cordiales,

El Compañero.

--


Fuente: The Hispanic Nations of the New World, A Chronicle of Our Southern Neighbors by William R. Shepherd

CHAPTER 5: THE AGE OF DICTATORS

Independence without liberty and statehood without respect for law are phrases which sum up the situation in Spanish America after the failure of Bolivar's "great design." The outcome was a collection of crude republics, racked by internal dissension and torn by mutual jealousy—patrias bobas, or "foolish fatherlands," as one of their own writers has termed them.

Now that the bond of unity once supplied by Spain had been broken, the entire region which had been its continental domain in America dissolved awhile into its elements. The Spanish language, the traditions and customs of the dominant class, and a "republican" form of government, were practically the sole ties which remained. Laws, to be sure, had been enacted, providing for the immediate or gradual abolition of negro slavery and for an improvement in the status of the Indian and half-caste; but the bulk of the inhabitants, as in colonial times, remained outside of the body politic and social. Though the so-called "constitutions" might confer upon the colored inhabitants all the privileges and immunities of citizens if they could read and write, and even a chance to hold office if they could show possession of a sufficient income or of a professional title of some sort, their usual inability to do either made their privileges illusory. Their only share in public concerns lay in performing military service at the behest of their superiors. Even where the language of the constitutions did not exclude the colored inhabitants directly or indirectly, practical authority was exercised by dictators who played the autocrat, or by "liberators" who aimed at the enjoyment of that function themselves.

Not all the dictators, however, were selfish tyrants, nor all the liberators mere pretenders. Disturbed conditions bred by twenty years of warfare, antique methods of industry, a backward commerce, inadequate means of communication, and a population ignorant, superstitious, and scant, made a strong ruler more or less indispensable. Whatever his official designation, the dictator was the logical successor of the Spanish viceroy or captain general, but without the sense of responsibility or the legal restraint of either. These circumstances account for that curious political phase in the development of the Spanish American nations—the presidential despotism.

On the other hand, the men who denounced oppression, unscrupulousness, and venality, and who in rhetorical pronunciamentos urged the "people" to overthrow the dictators, were often actuated by motives of patriotism, even though they based their declarations on assumptions and assertions, rather than on principles and facts. Not infrequently a liberator of this sort became "provisional president" until he himself, or some person of his choice, could be elected "constitutional president"—two other institutions more or less peculiar to Spanish America.

In an atmosphere of political theorizing mingled with ambition for personal advancement, both leaders and followers were professed devotees of constitutions. No people, it was thought, could maintain a real republic and be a true democracy if they did not possess a written constitution. The longer this was, the more precise its definition of powers and liberties, the more authentic the republic and the more genuine the democracy was thought to be. In some countries the notion was carried still farther by an insistence upon frequent changes in the fundamental law or in the actual form of government, not so much to meet imperative needs as to satisfy a zest for experimentation or to suit the whims of mercurial temperaments. The congresses, constituent assemblies, and the like, which drew these instruments, were supposed to be faithful reproductions of similar bodies abroad and to represent the popular will. In fact, however, they were substantially colonial cabildos, enlarged into the semblance of a legislature, intent upon local or personal concerns, and lacking any national consciousness. In any case the members were apt to be creatures of a republican despot or else delegates of politicians or petty factions.

Assuming that the leaders had a fairly clear conception of what they wanted, even if the mass of their adherents did not, it is possible to aline the factions or parties somewhat as follows: on the one hand, the unitary, the military, the clerical, the conservative, and the moderate; on the other,the federalist, the civilian, the lay, the liberal, and the radical. Interspersed among them were the advocates of a presidential or congressional system like that of the United States, the upholders of a parliamentary regime like that of European nations, and the supporters of methods of government of a more experimental kind. Broadly speaking, the line of cleavage was made by opinions, concerning the form of government and by convictions regarding the relations of Church and State. These opinions were mainly a product of revolutionary experience; these convictions, on the other hand, were a bequest from colonial times.

The Unitaries wished to have a system of government modeled upon that of France. They wanted the various provinces made into administrative districts over which the national authority should exercise full sway. Their direct opponents, the Federalists, resembled to some extent the Antifederalists rather than the party bearing the former title in the earlier history of the United States; but even here an exact analogy fails. They did not seek to have the provinces enjoy local self-government or to have perpetuated the traditions of a sort of municipal home rule handed down from the colonial cabildos, so much as to secure the recognition of a number of isolated villages or small towns as sovereign states—which meant turning them over as fiefs to their local chieftains. Federalism, therefore, was the Spanish American expression for a feudalism upheld by military lordlets and their retainers.

Among the measures of reform introduced by one republic or another during the revolutionary period, abolition of the Inquisition had been one of the foremost; otherwise comparatively little was done to curb the influence of the Church. Indeed the earlier constitutions regularly contained articles declaring Roman Catholicism the sole legal faith as well as the religion of the state, and safeguarding in other respects its prestige in the community. Here was an institution, wealthy, proud, and influential, which declined to yield its ancient prerogatives and privileges and to that end relied upon the support of clericals and conservatives who disliked innovations of a democratic sort and viewed askance the entry of immigrants professing an alien faith. Opposed to the Church stood governments verging on bankruptcy, desirous of exercising supreme control, and dominated by individuals eager to put theories of democracy into practice and to throw open the doors of the republic freely to newcomers from other lands. In the opinion of these radicals the Church ought to be deprived both of its property and of its monopoly of education. The one should be turned over to the nation, to which it properly belonged, and should be converted into public utilities; the other should be made absolutely secular, in order to destroy clerical influence over the youthful mind. In this program radicals and liberals concurred with varying degrees of intensity, while the moderates strove to hold the balance between them and their opponents.

Out of this complex situation civil commotions were bound to arise. Occasionally these were real wars, but as a rule only skirmishes or sporadic insurrections occurred. They were called "revolutions," not because some great principle was actually at stake but because the term had been popular ever since the struggle with Spain. As a designation for movements aimed at securing rotation in office, and hence control of the treasury, it was appropriate enough! At all events, whether serious or farcical, the commotions often involved an expenditure in life and money far beyond the value of the interests affected. Further, both the prevalent disorder and the centralization of authority impelled the educated and wellto-do classes to take up their residence at the seat of government. Not a few of the uprisings were, in fact, protests on the part of the neglected folk in the interior of the country against concentration of population, wealth, intellect, and power in the Spanish American capitals.

Among the towns of this sort was Buenos Aires. Here, in 1829, Rosas inaugurated a career of rulership over the Argentine Confederation, culminating in a despotism that made him the most extraordinary figure of his time. Originally a stockfarmer and skilled in all the exercises of the cowboy, he developed an unusual talent for administration. His keen intelligence, supple statecraft, inflexibility of purpose, and vigor of action, united to a shrewd understanding of human follies and passions, gave to his personality a dominance that awed and to his word of command a power that humbled. Over his fellow chieftains who held the provinces in terrorized subjection, he won an ascendancy that insured compliance with his will. The instincts of the multitude he flattered by his generous simplicity, while he enlisted the support of the responsible class by maintaining order in the countryside. The desire, also, of Buenos Aires to be paramount over the other provinces had no small share in strengthening his power.

Relatively honest in money matters, and a stickler for precision and uniformity, Rosas sought to govern a nation in the rough-and-ready fashion of the stock farm. A creature of his environment, no better and no worse than his associates, but only more capable than they, and absolutely convinced that pitiless autocracy was the sole means of creating a nation out of chaotic fragments, this "Robespierre of South America" carried on his despotic sway, regardless of the fury of opponents and the menace of foreign intervention.

During the first three years of his control, however, except for the rigorous suppression of unitary movements and the muzzling of the press, few signs appeared of the "black night of Argentine history "which was soon to close down on the land. Realizing that the auspicious moment had not yet arrived for him to exercise the limitless power that he thought needful, he declined an offer of reelection from the provincial legislature, in the hope that, through a policy of conciliation, his successor might fall a prey to the designs of the Unitaries. When this happened, he secretly stirred up the provinces into a renewal of the earlier disturbances, until the evidence became overwhelming that Rosas alone could bring peace and progress out of turmoil and backwardness. Reluctantly the legislature yielded him the power it knew he wanted. This he would not accept until a "popular" vote of some 9000 to 4 confirmed the choice. In 1835, accordingly, he became dictator for the first of four successive terms of five years.

Then ensued, notably in Buenos Aires itself, a state of affairs at once grotesque and frightful. Not content with hunting down and inflicting every possible, outrage upon those suspected of sympathy with the Unitaries, Rosas forbade them to display the light blue and white colors of their party device and directed that red, the sign of Federalism, should be displayed on all occasions. Pink he would not tolerate as being too attenuated a shade and altogether too suggestive of political trimming! A band of his followers, made up of ruffians, and called the Mazorca, or "Ear of Corn," because of the resemblance of their close fellowship to its adhering grains, broke into private houses, destroyed everything light blue within reach, and maltreated the unfortunate occupants at will. No man was safe also who did not give his face a leonine aspect by wearing a mustache and sidewhiskers—emblems, the one of "federalism," and the other of "independence." To possess a visage bare of these hirsute adornments or a countenance too efflorescent in that respect was, under a regime of tonsorial politics, to invite personal disaster! Nothing apparently was too cringing or servile to show how submissive the people were to the mastery of Rosas. Private vengeance and defamation of the innocent did their sinister work unchecked. Even when his arbitrary treatment of foreigners had compelled France for a while to institute a blockade of Buenos Aires, the wily dictator utilized the incident to turn patriotic resentment to his own advantage.

Meanwhile matters in Uruguay had come to such a pass that Rosas saw an opportunity to extend his control in that direction also. Placed between Brazil and the Argentine Confederation and so often a bone of contention, the little country was hardly free from the rule of the former state when it came near falling under the domination of the latter. Only a few years of relative tranquillity had elapsed when two parties sprang up in Uruguay: the "Reds" (Colorados) and the "Whites" (Blancos). Of these, the one was supposed to represent the liberal and the other the conservative element. In fact, they were the followings of partisan chieftains, whose struggles for the presidency during many years to come retarded the advancement of a country to which nature had been generous.

When Fructuoso Rivera, the President up to 1835, thought of choosing some one to be elected in constitutional fashion as his successor, he unwisely singled out Manuel Oribe, one of the famous "Thirty-three" who had raised the cry of independence a decade before. But instead of a henchman he found a rival. Both of them straightway adopted the colors and bid for the support of one of the local factions; and both appealed to the factions of the Argentine Confederation for aid, Rivera to the Unitaries and Oribe to the Federalists. In 1843, Oribe, at the head of an army of Blancos and Federalists and with the moral support of Rosas, laid siege to Montevideo. Defended by Colorados, Unitaries, and numerous foreigners, including Giuseppe Garibaldi, the town held out valiantly for eight years—a feat that earned for it the title of the "New Troy." Anxious to stop the slaughter and destruction that were injuring their nationals, France, Great Britain, and Brazil offered their mediation; but Rosas would have none of it. What the antagonists did he cared little, so long as they enfeebled the country and increased his chances of dominating it. At length, in 1845, the two European powers established a blockade of Argentine ports, which was not lifted until the dictator grudgingly agreed to withdraw his troops from the neighboring republic.

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THE AGE OF DICTATORS PART II

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 13, 2008 10:33 pm

CONT... THE AGE OF DICTATORS PART II...

More than any other single factor, this intervention of France and Great Britain administered a blow to Rosas from which he could not recover. The operations of their fleets and the resistance of Montevideo had lowered the prestige of the dictator and had raised the hopes of the Unitaries that a last desperate effort might shake off his hated control. In May, 1851, Justo Jose de Urquiza, one of his most trusted lieutenants, declared the independence of his own province and called upon the others to rise against the tyrant. Enlisting the support of Brazil, Uruguay, and Paraguay, he assembled a "great army of liberation," composed of about twenty-five thousand men, at whose head he marched to meet the redoubtable Rosas. On February 3,1852, at a spot near Buenos Aires, the man of might who, like his contemporary Francía in Paraguay, had held the Argentine Confederation in thralldom for so many years, went down to final defeat. Embarking on a British warship he sailed for England, there to become a quiet country gentleman in a land where gauchos and dictators were unhonored.

In the meantime Paraguay, spared from such convulsion as racked its neighbor on the east, dragged on its secluded existence of backwardness and stagnation. Indians and half-castes vegetated in ignorance and docility, and the handful of whites quaked in terror, while the inexorable Francía tightened the reins of commercial and industrial restriction and erected forts along the frontiers to keep out the pernicious foreigner. At his death, in 1840, men and women wept at his funeral in fear perchance, as one historian remarks, lest he come back to life; and the priest who officiated at the service likened the departed dictator to Caesar and Augustus!

Paraguay was destined, however, to fall under a despot far worse than Francía when in 1862 Francisco Solano Lopez became President. The new ruler was a man of considerable intelligence and education. While a traveler in Europe he had seen much of its military organizations, and he had also gained no slight acquaintance with the vices of its capital cities. This acquired knowledge he joined to evil propensities until he became a veritable monster of wickedness. Vain, arrogant, reckless, absolutely devoid of scruple, swaggering in victory, dogged in defeat, ferociously cruel at all times, he murdered his brothers and his best friends; he executed, imprisoned, or banished any one whom he thought too influential; he tortured his mother and sisters; and, like the French Terrorists, he impaled his officers upon the unpleasant dilemma of winning victories or losing their lives. Even members of the American legation suffered torment at his hands, and the minister himself barely escaped death.

Over his people, Lopez wielded a marvelous power, compounded of persuasive eloquence and brute force. If the Paraguayans had obeyed their earlier masters blindly, they were dumb before this new despot and deaf to other than his word of command. To them he was the "Great Father," who talked to them in their own tongue of Guarani, who was the personification of the nation, the greatest ruler in the world, the invincible champion who inspired them with a loathing and contempt for their enemies. Such were the traits of a man and such the traits of a people who waged for six years a warfare among the most extraordinary in human annals.

What prompted Lopez to embark on his career of international madness and prosecute it with the rage of a demon is not entirely clear. A vision of himself as the Napoleon of southern South America, who might cause Brazil, Argentina, and Uruguay to cringe before his footstool, while he disposed at will of their territory and fortunes, doubtless stirred his imagination. So, too, the thought of his country, wedged in between two huge neighbors and threatened with suffocation between their overlapping folds, may well have suggested the wisdom of conquering overland a highway to the sea. At all events, he assembled an army of upwards of ninety thousand men, the greatest military array that Hispanic America had ever seen. Though admirably drilled and disciplined, they were poorly armed, mostly with flintlock muskets, and they were also deficient in artillery except that of antiquated pattern. With this mighty force at his back, yet knowing that the neighboring countries could eventually call into the field armies much larger in size equipped with repeating rifles and supplied with modern artillery, the "Jupiter of Paraguay" nevertheless made ready to launch his thunderbolt.

The primary object at which he aimed was Uruguay. In this little state the Colorados, upheld openly or secretly by Brazil and Argentina, were conducting a "crusade of liberty" against the Blanco government at Montevideo, which was favored by Paraguay. Neither of the two great powers wished to see an alliance formed between Uruguay and Paraguay, lest when united in this manner the smaller nations might become too strong to tolerate further intervention in their affairs. For her part, Brazil had motives for resentment arising out of boundary disputes with Paraguay and Uruguay, as well as out of the inevitable injury to its nationals inflicted by the commotions in the latter country; whereas Argentina cherished grievances against Lopez for the audacity with which his troops roamed through her provinces and the impudence with which his vessels, plying on the lower Parana, ignored the customs regulations. Thus it happened that obscure civil discords in one little republic exploded into a terrific international struggle which shook South America to its foundations.

In 1864, scorning the arts of diplomacy which he did not apparently understand, Lopez sent down an order for the two big states to leave the matter of Uruguayan politics to his impartial adjustment. At both Rio de Janeiro and Buenos Aires a roar of laughter went up from the press at this notion of an obscure chieftain of a band of Indians in the tropical backwoods daring to poise the equilibrium of much more than half a continent on his insolent hand. But the merriment soon subsided, as Brazilians and Argentinos came to realize what their peril might be from a huge army of skilled and valiant soldiers, a veritable horde of fighting fanatics, drawn up in a compact little land, centrally located and affording in other respects every kind of strategic advantage.

When Brazil invaded Uruguay and restored the Colorados to power, Lopez demanded permission from Argentina to cross its frontier, for the purpose of assailing his enemy from another quarter. When the permission was denied, Lopez declared war on Argentina also. It was in every respect a daring step, but Lopez knew that Argentina was not so well prepared as his own state for a war of endurance. Uruguay then entered into an alliance in 1865 with its two big "protectors." In accordance with its terms, the allies agreed not to conclude peace until Lopez had been overthrown, heavy indemnities had been exacted of Paraguay, its fortifications demolished, its army disbanded, and the country forced to accept any boundaries that the victors might see fit to impose.

Into the details of the campaigns in the frightful conflict that ensued it is not necessary to enter. Although, in 1866, the allies had assembled an army of some fifty thousand men, Lopez continued taking the offensive until, as the number and determination of his adversaries increased, he was compelled to retreat into his own country. Here he and his Indian legions levied terrific toll upon the lives of their enemies who pressed onward, up or down the rivers and through tropical swamps and forests. Inch by inch he contested their entry upon Paraguayan soil. When the able-bodied men gave out, old men, boys, women, and girls fought on with stubborn fury, and died before they would surrender. The wounded escaped if they could, or, cursing their captors, tore off their bandages and bled to death. Disease wrought awful havoc in all the armies engaged; yet the struggle continued until flesh and blood could endure no more. Flying before his pursuers into the wilds of the north and frantically dragging along with him masses of fugitive men, women, and children, whom he remorselessly shot, or starved to death, or left to perish of exhaustion, Lopez turned finally at bay, and, on March 1, 1870, was felled by the lance of a cavalryman. He had sworn to die for his country and he did, though his country might perish with him.

No land in modern times has ever reached a point so near annihilation as Paraguay. Added to the utter ruin of its industries and the devastation of its fields, dwellings, and towns, hundreds of thousands of men, women, and children had perished. Indeed, the horrors that had befallen it might well have led the allies to ask themselves whether it was worth while to destroy a country in order to change its rulers. Five years before Lopez came into power the population of Paraguay had been reckoned at something between 800,000 and 1,400,000—so unreliable were census returns in those days. In 1878 it was estimated at about 230,000, of whom women over fifteen years of age outnumbered the men nearly four to one. Loose polygamy was the inevitable consequence, and women became the breadwinners. Even today in this country the excess of females over males is very great. All in all, it is not strange that Paraguay should be called the "Niobe among nations."

Unlike many nations of Spanish America in which a more or less anticlerical regime was in the ascendant, Ecuador fell under a sort of theocracy. Here appeared one of the strangest characters in a story already full of extraordinary personages—Gabriel García Moreno, who became President of that republic in 1861. In some respects the counterpart of Francía of Paraguay, in others both a medieval mystic and an enlightened ruler of modern type, he was a man of remarkable intellect, constructive ability, earnest patriotism, and disinterested zeal for orderliness and progress. On his presidential sash were inscribed the words: "My Power in the Constitution"; but is real power lay in himself and in the system which he implanted.

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THE AGE OF DICTATORS PART III

Mensaje por El Compañero el Dom Jul 13, 2008 10:34 pm

CONT... THE AGE OF DICTATORS PART III

García Moreno had a varied career. He had been a student of chemistry and other natural sciences. He had spent his youth in exile in Europe, where he prepared himself for his subsequent career as a journalist and a university professor. Through it all he had been an active participant in public affairs. Grim of countenance, austere in bearing, violent of temper, relentless in severity, he was a devoted believer in the Roman Catholic faith and in this Church as the sole effective basis upon which a state could be founded or social and political regeneration could be assured. In order to render effective his concept of what a nation ought to be, García Moreno introduced and upheld in all rigidity an administration the like of which had been known hardly anywhere since the Middle Ages. He recalled the Jesuits, established schools of the "Brothers of the Christian Doctrine," and made education a matter wholly under ecclesiastical control. He forbade heretical worship, called the country the "Republic of the Sacred Heart," and entered into a concordat with the Pope under which the Church in Ecuador became more subject to the will of the supreme pontiff than western Europe had been in the days of Innocent III.

Liberals in and outside of Ecuador tried feebly to shake off this masterful theocracy, for the friendship which García Moreno displayed toward the diplomatic representatives of the Catholic powers of Europe, notably those of Spain and France, excited the neighboring republics. Colombia, indeed, sent an army to liberate the "brother democrats of Ecuador from the rule of Professor García Moreno," but the mass of the people stood loyally by their President. For this astounding obedience to an administration apparently so unrelated to modern ideas, the ecclesiastical domination was not solely or even chiefly responsible. In more ways than one García Moreno, the professor President, was a statesman of vision and deed. He put down brigandage and lawlessness; reformed the finances; erected hospitals; promoted education; and encouraged the study of natural science. Even his salary he gave over to public improvements. His successors in the presidential office found it impossible to govern the country without García Moreno. Elected for a third term to carry on his curious policy of conservatism and reaction blended with modern advancement, he fell by the hand of an assassin in 1875. But the system which he had done so much to establish in Ecuador survived him for many years.

Although Brazil did not escape the evils of insurrection which retarded the growth of nearly all of its neighbors, none of its numerous commotions shook the stability of the nation to a perilous degree. By 1850 all danger of revolution had vanished. The country began to enter upon a career of peace and progress under a regime which combined broadly the federal organization of the United States with the form of a constitutional monarchy. Brazil enjoyed one of the few enlightened despotisms in South America. Adopting at the outset the parliamentary system, the Emperor Pedro II chose his ministers from among the liberals or conservatives, as one party or the other might possess a majority in the lower house of the Congress. Though the legislative power of the nation was enjoyed almost entirely by the planters and their associates who formed the dominant social class, individual liberty was fully guaranteed, and even freedom of conscience and of the press was allowed. Negro slavery, though tolerated, was not expressly recognized.

Thanks to the political discretion and unusual personal qualities of "Dom Pedro," his popularity became more and more marked as the years went on. A patron of science and literature, a scholar rather than a ruler, a placid and somewhat eccentric philosopher, careless of the trappings of state, he devoted himself without stint to the public welfare. Shrewdly divining that the monarchical system might not survive much longer, he kept his realm pacified by a policy of conciliation. Pedro II even went so far as to call himself the best republican in the Empire. He might have said, with justice perhaps, that he was the best republican in the whole of Hispanic America. What he really accomplished was the successful exercise of a paternal autocracy of kindness and liberality over his subjects.

If more or less permanent dictators and occasional liberators were the order of the day in most of the Spanish American republics, intermittent dictators and liberators dashed across the stage in Mexico from 1829 well beyond the middle of the century. The other countries could show numerous instances in which the occupant of the chief magistracy held office to the close of his constitutional term; but Mexico could not show a single one! What Mexico furnished, instead, was a kaleidoscopic spectacle of successive presidents or dictators, an unstable array of self-styled "generals" without a presidential succession. There were no fewer than fifty such transient rulers in thirty-two years, with anywhere from one to six a year, with even the same incumbent twice in one year, or, in the case of the repetitious Santa Anna, nine times in twenty years--in spite of the fact that the constitutional term of office was four years. This was a record that made the most turbulent South American states seem, by comparison, lands of methodical regularity in the choice of their national executive. And as if this instability in the chief magistracy were not enough, the form of government in Mexico shifted violently from federal to centralized, and back again to federal. Mad struggles raged between partisan chieftains and their bands of Escoceses and Yorkinos, crying out upon the "President" in power because of his undue influence upon the choice of a successor, backing their respective candidates if they lost, and waiting for a chance to oust them if they won.

This tumultuous epoch had scarcely begun when Spain in 1829 made a final attempt to recover her lost dominion in Mexico. Local quarrels were straightway dropped for two months until the invaders had surrendered. Thereupon the great landholders, who disliked the prevailing Yorkino regime for its democratic policies and for favoring the abolition of slavery, rallied to the aid of a "general" who issued a manifesto demanding an observance of the constitution and the laws! After Santa Anna, who was playing the role of a Mexican Warwick, had disposed of this aspirant, he switched blithely over to the Escoceses, reduced the federal system almost to a nullity, and in 1836 marched away to conquer the revolting Texans. But, instead, they conquered him and gained their independence, so that his reward was exile.

Now the Escoceses were free to promulgate a new constitution, to abolish the federal arrangement altogether, and to replace it by a strongly centralized government under which the individual States became mere administrative districts. Hardly had this radical change been effected when in 1838 war broke out with France on account of the injuries which its nationals, among whom were certain pastry cooks, had suffered during the interminable commotions. Mexico was forced to pay a heavy indemnity; and Santa Anna, who had returned to fight the invader, was unfortunate enough to lose a leg in the struggle. This physical deprivation, however, did not interfere with that doughty hero's zest for tilting with other unquiet spirits who yearned to assure national regeneration by continuing to elevate and depose "presidents."

Another swing of the political pendulum had restored the federal system when again everything was overturned by the disastrous war with the United States. Once more Santa Anna returned, this time, however, to joust in vain with the "Yankee despoilers" who were destined to dismember Mexico and to annex two-thirds of its territory. Again Santa Anna was banished--to dream of a more favorable opportunity when he might become the savior of a country which had fallen into bankruptcy and impotence.

His opportunity came in 1853, when conservatives and clericals indulged the fatuous hope that he would both sustain their privileges and lift Mexico out of its sore distress. Either their memories were short or else distance had cast a halo about his figure. At all events, he returned from exile and assumed, for the ninth and last time, a presidency which he intended to be something more than a mere dictatorship. Scorning the formality of a Congress, he had himself entitled "Most Serene Highness," as indicative of his ambition to become a monarch in name as well as in fact.

Royal or imperial designs had long since brought one military upstart to grief. They were now to cut Santa Anna's residence in Mexico similarly short. Eruptions of discontent broke out all over the country. Unable to make them subside, Santa Anna fell back upon an expedient which recalls practices elsewhere in Spanish America. He opened registries in which all citizens might record "freely" their approval or disapproval of his continuance in power. Though he obtained the huge majority of affirmative votes to be expected in such cases, he found that these pen-and-ink signatures were no more serviceable than his soldiers. Accordingly the dictator of many a day, fallen from his former estate of highness, decided to abandon his serenity also, and in 1854 fled the country--for its good and his own.

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Re: CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

Mensaje por Jose Gonzalez el Lun Jul 14, 2008 8:12 am

Compa,gracias por la "breve historia",la cual nos da una idea de los problemas porque atraviesa Argentina,y casi todo el continente Latinoamericano...

tambien podemos mencionar a Juan Domingo Peron como otro "facilitador" del caudillismo argentino,el cual ,en el siglo pasado sento las bases de la corrupcion a niveles nunca vistos,de la "expansion" argentina,o al menos intentos al querer anexionar Chile como otra "provincia" argentina,su coqueteo con la ideologia nacional/socialista o mas comunmente conocida como "nazi",y su politica de "brazos abiertos" a los genocidas nazis que huian de su derrota por parte de los aliados en la II Guerra Mundial...

saludos y sigue posteando que yo sigo leyendo..... 8)

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Re: CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

Mensaje por El Compañero el Lun Jul 14, 2008 8:53 am

Jose Gonzalez escribió:Compa,gracias por la "breve historia",la cual nos da una idea de los problemas porque atraviesa Argentina,y casi todo el continente Latinoamericano...

Tambien podemos mencionar a Juan Domingo Peron como otro "facilitador" del caudillismo argentino,el cual ,en el siglo pasado sento las bases de la corrupcion a niveles nunca vistos,de la "expansion" argentina,o al menos intentos al querer anexionar Chile como otra "provincia" argentina,su coqueteo con la ideologia nacional/socialista o mas comunmente conocida como "nazi",y su politica de "brazos abiertos" a los genocidas nazis que huian de su derrota por parte de los aliados en la II Guerra Mundial...

saludos y sigue posteando que yo sigo leyendo..... 8)

Muchas gracias José.

La lista de caudillos en Nuestra America es larga ..... y voy poco a poco.

Juan Domingo Perón es una de las figuras mas estudiadas e interesantes de la era populista. Sobre el hay mucho escrito.

Agregado militar de Argentina en España, admirador por excelencia de Francisco Franco, Coronel, Populista, Caudillo (2X1) Fascista-Socialista y por otro lado tambien forjador del justicialismo y de un nuevo lenguaje social en Argentina.

Ha sido caracterizado por los historiadores de estas y muchas otras formas Fue 'Populista' por excelencia pues gobernó en la era conocida como Populista 1910's-1950s (la era que hoy dia moldea la mente de los nuevos Chavez, Evos, Correas, etc)

El nombre populista se derivó e un nuevo modo de gobierno que incluia como base fundamental al electorado obrero en las aciones politicas de todo gobernante del hemisferio coincidenciendo con la era Industrial en esta parte del mundo (algo lenta y nunca exitosa) y gracias a leyes que finalmente permitia que los pobres pudieran votar.

Un abrazo,

El Compañero.

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Re: CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

Mensaje por Jose Gonzalez el Lun Jul 14, 2008 9:37 am

te entiendo Compa.....vaya poco a poco,son demasiados en la lista......

saludos

Jose Gonzalez
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LA MAZORCA - LA POLICIA SECRETA DEL DICTADOR JUAN MANUEL ROSAS

Mensaje por El Compañero el Lun Jul 14, 2008 1:37 pm

Como en toda dictadura hay varios elementos que no pueden estar ausentes:
- El terror
- La propaganda
- El culto a la personalidad
- La policia secreta (para llevar a cabo el terror, vigilar y responder ante el 'Gran Lider')

La Mazorca o La Sociedad Popular Restauradora fue la policia secreta del dictador Rosas, instrumento de vigilancia hacia los Rosistas y hacia los enemigos del regimen.

Saludos cordiales,

El Compañero.

--

La Sociedad Popular Restauradora (Mazorca)

Hacia 1833 se consideró necesario en el seno de lo más representativo de la sociedad porteña crear un organismo que sirviera de estimulante político y de tejido conjuntivo entre todos los sectores de la ciudad. Era su jefe el Comandante Julián González Salomón y sus funciones están explicadas por todas las organizaciones parecidas que surgen espontáneamente en lo más profundo de las comunidades, cada vez que el peligro de la conspiración amenaza sus cimientos.(Ver El complot unitario de 1833)

Los enemigos, que generalmente afilan puñales en la sombra, tachan a esas organizaciones con los motes de adulonería, servilismo, obsecuencia y cobardía. Pero cuando se leen la lista de los hombres que componían la Sociedad Popular, no puede uno menos que reírse, al saber, por ejemplo, que Alberdi, el hombre más flojo física y moralmente que ha tenido el país, pudiera tacharlo de cobarde, pongamos por caso, a Manuel Corvalán.

Apellidos que luego, y hoy mismo, figuran en el libro de oro de la mejor burguesía argentina, la que a través de solicitaciones sin cuento que la prosperidad trajo al país se mantuvo, sin embargo, en la más sencilla austeridad.

Ahí están los Mansilla, los Alegre, los Rolón, los Obarrio, los Madariaga, los Moreno. ¿Cómo pueden haber sido pintados con los puñales tintos en sangre, cual forajidos y asaltantes, en las novelas y en las historias falsarias de los proscriptos unitarios? Porque ya en aquellos tiempos los unitarios maquinaban desde el destierro un programa siniestro de humillación nacional, de degradación de todos los valores argentinos, para deprimir el país y postrarlo en un terrible complejo de inferioridad. Porque los unitarios vinieron del destierro destilando odio de resentidos y pasión de esclavos contra quienes lo vencieron siempre cara a cara en los campos de batalla, y juraron vengarse contra aquella decisión argentina que duró veinticinco años para resistirse a vivir sometidos a la dominación extranjera, negociada por los letrados del unitarismo.

La Mazorca: Símbolo de la unión nacional

La idea de la mazorca aparece en aquella cabeza obtusa, cubil de la venganza que fuera Rivera Indarte. Pero el cobarde y mal hechor no ideó la mazorca como representación simbólica de la unión nacional y de anhelo de solidaridad ante el peligro. Como algunos símbolos religiosos, el origen, la primera intención de usar el marlo de maíz relacionándolo con la política, tuvo en el filtro envenenado de Rivera Indarte (Ver: Tablas de Sangre) una intención nefanda y deprimente para los unitarios. El asqueroso panfletario redactó un día una décima que puso al pie de un marlo en una fiesta que se celebraba, allá por el año 1835, en honor a Rosas. El anfitrión era Don Fernando Cordero, y en su casa, hoy calle Corrientes, se expuso el diseño y se inscribió la décima, que empezaba:

¡Viva la Mazorca!
Al unitario que se detenga a mirarla
Aqueste marlo que miras
de rubia chala vestido,
en los infiernos ha hundido
a la unitaria fracción

Y luego terminaba aludiendo a la finalidad monstruosa que aquel degenerado le asignaba: símbolo criollo cargado de volición social. El pueblo advirtió enseguida, en la espiga de maíz, de apiñados granos, bien apretados al talo de común origen, que aquel hallazgo contenía un simbolismo de energía y rápida percepción, y que, como todos los símbolos, explicaba sin palabras unos cuantos anhelos de la colectividad. El país vivía rodeado de enemigos, traidores adentro, emboscados algunos al lado mismo del Restaurador.

La Patria se disolvía bajo la acción anárquica de intelectuales doctrinarios, como Varela y Alsina, que tramaban la disolución argentina. Una comunidad no está dispuesta nunca a perecer, y siempre encuentra elementos cohesivos para sostenerse y triunfar de la hidra de la anarquía. La mazorca era una imagen que compendiaba los anhelos profundos de los mejores patriotas, de las clases burguesas y de las capas populares.

En lo sucesivo, la mazorca, al dar la idea de apiñamiento, de cohesión y de adhesión, fue utilizada como la mejor amenaza contra los lívidos unitarios, plebe de levita, que andaban por las cancillerías europeas mendigando los treinta dineros por los que luego enajenaron la nacionalidad.

La propaganda unitaria

Mazorqueros se llamaban de uno y otro lado los elementos sociales que rodearon a Don Juan Manuel para delatar y castigar la infidencia en tratos con la escuadra francesa, el soborno de los doctores que habían aprendido en las universidades el arte de la intriga más abyecta y mercenaria con la que pudieron vender la Patria.


Gaucho Federal o Mazorquero. Pintura de Raymond Quinsac Monvoisin

Los federales se titulaban mazorqueros porque sentían la honra de custodiar el acervo patrimonial que habían heredado de sus padres. Mazorqueros los llamaban despectivamente los unitarios, porque temían, porque les espantaba la sugestión vigorosa y brillante del símbolo.

Por influjo del mismo miserable que hallara la imagen pervertida, luego los unitarios comenzaron a llamar mazorqueros, especialmente, a los miembros de la Sociedad Popular Restauradora, organismo creado por el año 1834 o 35, destinado a colaborar con la policía rosista en el mantenimiento del orden. Se quiso enlodar el nombre de las familias más respetables de Buenos Aires, vinculándolas a la imagen asociativa de la mazorca, para que la visión sangrienta que ellos mismos desplegaban en su propaganda, salpicara el honor de los caballeros componentes de la Sociedad Popular Restauradora. Veamos que objeto tenía esta institución.

La posteridad

Hace pocos días, el 4 de octubre (artículo aparecido en el año de 1939), se cumplió el centenario de una de las manifestaciones más grandiosas que haya recibido gobernante alguno de su pueblo. La Parroquia de la Merced, donde se hallaban radicadas las familias más conspicuas de Buenos Aires, realizó una función "con motivo de haberse salvado milagrosamente la importante vida del benemérito ciudadano, ilustre Restaurador de las Leyes, del alevoso puñal de los pérfidos unitarios, de acuerdo con los inmundos franceses".

Se refería la declaración a la tentativa de Maza, frustrada unos meses antes y que había sido resultado de un complot en el que participaban los unitarios de Montevideo en combinación con los estancieros del sur, fomentado por el dinero de la escuadra bloqueadora francesa, y cuyo brazo ejecutor debía ser el Coronel Maza, del servicio del mismo Restaurador. Leamos algunas firmas del manifiesto, Simón Pereyra, Felipe Lavallol, Luis Dorrego, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, Patricio Lynch, Bonifacio Huergo, Juan Bautista Udaondo, José Antonio Demaría. No necesitamos seguir adelante. Esos apellidos aparecen en la pluma de los diaristas unitarios y de los libelistas a sueldo como Rivera Indarte, vinculados a la Sociedad Popular y, por lo tanto, englobados todos bajo el rótulo infamante de mazorqueros.

¿Por qué esos mismos o sus descendientes no han considerado nunca prudente organizarse en una acción de cualquier naturaleza para vindicar la memoria de los caballeros cien veces difamados con un mote calumnioso que todavía persiste en su sentido más peyorativo? ¿Qué pasó en la sociedad argentina aquel día de Caseros para que el rosismo desapareciera tan bruscamente, no sólo de la escena política, sino de la memoria visible y manifiesta de los que públicamente habían expresado adhesiones tan fervientes al Restaurador?

Esta es una de las cosas que deben ser investigadas a fondo por los que realicen un día lo que podría llamarse historia psicológica del pueblo argentino. Hemos leído apellidos de las clases sociales más elevadas, apellidos que aún hoy aparecen como la más granado de las "elites". Sin embargo, la vil patraña de que sus ascendientes formaban una pandilla de asesinos persiste en los textos de historia, parece que los señores del presente se limitaran a silenciar discretamente un error o un vicio del abuelo cuando se les pregunta si descienden de mazorqueros. A Leandro N. Alem le amargaron la juventud en la universidad; lo llamaban el hijo del mazorquero; posiblemente muchos descendientes de mazorqueros habrían con disimulo una especie de limpieza de sangre y habrán escamoteado las partidas de las que resultaría una vinculación desdorosa con un mazorquero.

Sin embargo, el camino debió ser el opuesto. Los llamados mazorqueros eran todos caballeros de la mejor sociedad porteña; y sus nietos en lugar de confirmar la afrenta, disimulando flojamente su linaje, habrían debido demostrar públicamente la naturaleza de aquella Sociedad Popular y honrarse de los servicios que el abuelo había prestado al Restaurador y con él a la Patria.

¡Ironías sangrientas de las cosas! Fue el pueblo, la masa ignorada y despreciada, el que mantuvo en sus canciones y en su tradición oral el verdadero significado de la palabra Mazorca; cantó y canta todavía al mazorquero como leal, como hombre bravío y cumplidor con su deber.

Se han exhumado últimamente algunos bailes de la época en que se celebran las patriadas de los sargentos mazorqueros, y el pueblo ha captado con instinto adivinatorio la realidad histórica de un símbolo y un mote que fueron expresión de necesidades sociales que acaso golpean todavía hoy con más fuerza que el año cuarenta en la nacionalidad. Orden, cohesión, unidad, como contrafigura de descomposición, dispersión y disolución; quien sabe si la imagen de la mazorca, del marlo del maíz, no trabaja en las mentes actualmente, no aparece, desaparece y reaparece como una visión de sueño, todavía sumergida en lo irracional, pero que quiere indicar o responder alguna cosa frente a un complejo de interrogantes de la hora. ¡Quién sabe!.

Fuentes:
- La Gazeta
* Doll, Ramón – La Mazorca y la Sociedad Popular Restauradora – Buenos Aires (1968).
* Oscar J. Planell Zanone / Oscar A. Turone – Patricios de Vuelta de Obligado.

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"Confiamos en que la pureza de nuestra intención nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria. Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque, tenga o no, nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originara nos hará adelantar la senda del triunfo."
José Antonio Echevarría : La Habana, 13 de Marzo de 1957.
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Re: CAUDILLOS DE NUESTRA AMERICA

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