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El ultimo.

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El ultimo.

Mensaje por Jose Gonzalez el Lun Nov 03, 2008 12:31 pm

"YO SOY EL ULTIMO QUE QUEDA VIVO"

LA HISTORIA DE "ESCORPION" *





Por Lázaro Echemendía *
Puente Informativo
de Angélica Mora
Analista
Nueva York
E.U.
La Nueva Cuba
Octubre 20, 2008
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De los que nos inyectamos yo soy el único que queda vivo.

Pasé siete años sin síntomas después que el pastor de una iglesia vino a orar conmigo cuando caí en cama por primera vez. Decían que el hombre había obrado un milagro. Los médicos estaban atónitos, no encontraban rastro del virus en mis análisis de sangre y mis glóbulos blancos se recuperaron en un par de semanas. Me sentía de maravilla y con el tiempo comencé a creer en la historia del milagro, pero a finales del mes pasado me desperté una mañana con los labios partidos y una erupción tremenda en la cara. Era un hongo –son los primeros que atacan- no hizo falta que los médicos me lo dijeran para saberlo; a estas alturas, conozco tanto del SIDA como cualquiera de ellos.

Yo fui el primero que se inyectó el virus aquella noche. Fue en el Festival de Rock de Santa Clara, a mediados del noventa. La idea fue mía y ellos me siguieron, así que cargo con más de una culpa, dieciocho para ser preciso. Yo era el líder, Scorpion, el nombre me lo puse en honor a mi banda de rock favorita. Tenía veintiún años en aquel entonces y hasta el día de hoy han pasado doce, la vida se va volando, un momento en un millón años, "A moment in a million years", es el título de mi canción favorita, todavía se me ponen los pelos de punta cuando la escucho…

I wish this night could last for ever
But it is time to go
(Quisiera que la noche dure por siempre
Pero es tiempo de marcharme)

¡Que Beatles ni que nada! ¡No hay banda como los Scorpions! Me sé casi todas sus canciones de memoria. El inglés lo aprendí por mi cuenta en la secundaria, antes de lanzarme a la calle. Mis padres querían que aprendiera ruso, sus planes eran mandarme a estudiar a una academia militar en la Unión Soviética. Hace como quince años que no los veo, han venido un par de veces por aquí pero me he negado a recibirlos, que se vayan al carajo. Ya sé que esta mal hablar así, pero no me interesa perdonarlos. Se desentendieron de mí después que me mandaron a criar con mis tios, mientras los dos se pasaban la vida de embajada en embajada espiando por el mundo.

La jeringuilla con que nos inyectamos me la llevé de un hospital aquella misma noche y la sangre se la pedí a una muchacha que se había contagiado en la Habana. Todo pasó después que terminó el concierto, en la parte de atrás del teatro. Estábamos tocados hasta la médula. La marihuana la había traído Aldo, un amigo mío de Cienfuegos, él mismo la cosechaba en algún lugar cerca de la costa. Las pastillas de Parkinsonil, las sacábamos a través de contactos de la farmacia, era la única forma de tener droga barata y ganarnos algunos pesos.
Aldo fue el primero que murió, la enfermedad se ensañó con él, no duró ni un año. Dicen que terminó soltando los pedazos con un sarcoma en la piel. Yo no lo vi, se lo llevaron temprano para el hospital y allá murió, consciente hasta el último minuto, no quiso que nadie lo viera ni antes de ni después de su muerte.

Nos inyectamos porque estábamos cansados de andar en la calle viviendo como perros, durmiendo en los portales y comiendo desperdicios. Al menos aquí en el sanatorio íbamos a vivir como personas, a más bien a morir como personas. De las atenciones no me puedo quejar, la comida es bastante decente y tengo mi propio cuarto. Lo que nunca me hizo mucha gracia fue tener que salir siempre acompañado por un enfermero a la calle. Yo nunca me hubiera acostado con nadie como han hecho un montón de hijos de **** que conozco. Hace poco trajeron a uno que sacaron de la prisión por temor a que lo mataran después que infectó a media galera.

El hongo que me atacó la boca se me filtró a la sangre y me subió al cerebro. La gente aquí pensaba que me había vuelto loco, dicen que antes de caer en coma empecé a gritar y a cagarme en la madre del comandante. Yo la verdad no me acuerdo de nada. Cuando desperté a los tres días estaba encamado con un suero puesto. El médico me dijo que el hongo me estaba comiendo por dentro, que no habría hecho el cuento de no ser por un medicamento de última generación que nos mandaron los franceses.

Yo ya he perdido la fe en las medicinas, son la historia de nunca acabar, el virus se adapta muy rápido y tienen que estarnos dando un nuevo antiviral todo el tiempo. Para colmo cuando me las tomo es como si dejara caer una bomba en mi estómago. Soy bastante disciplinado, pero a veces las dejo pasar para evitarme los dolores y los vómitos.

Hace poco esta gente rompió la patentes y empezaron a fabricar los cócteles aquí mismo, dicen que en Brasil y en África están haciendo lo mismo. Con ellos nos mantenemos vivos hasta que aparezca la vacuna. Yo ya ni en eso pienso. A cada rato anuncian una nueva pero al final el virus las burlas, como a todas. Es como si la naturaleza quisiera recordarnos lo que somos enfrentándonos a esa cosa minúscula. En el ochenta y cuatro pronosticaban que encontrarían una vacuna efectiva para el noventa y en el noventa para el noventa y seis, mientras tanto se murieron Rod Hudson, Freddie Mercury y Reynaldo Arenas.

No me considero maricón a pesar de haberme acostado con hombres, era parte de la vida que vivíamos. Nuestra filosofía era la de Lennon, "all you need is love"; nuestra bandera el amor libre y nuestra meta la rebelión. Tuve sexo con un hombre cuando no me quedó otra cosa contra la que rebelarme. Nunca me gustó, tenía que estar bien tocado para hacerlo, entonces no me importaba nada, me daba lo mismo una cosa que otra, un **** que otro ****. Estaba tan drogado que no me acordaba de nada al otro día, solo sé que despertaba lleno de dolores y sin memoria de lo que había pasado.

Hace unas semanas pasaron un documental por la televisión sobre el movimiento hippie. Estuvo interesante a pesar de que no hablaron de nosotros. Por lo que parece el mundo nunca se enteró de que existíamos, no hubo periodistas para cubrir la noticia, ni cámaras de televisión que filmaran las palizas que la policía nos daba, todo por escuchar música rock y hacer el amor con quien nos diera la gana. Me sorprendió saber que hay tantos hippies en Rusia hoy en día, quién lo iba a decir. Me dio gracia ver a aquel bando de rusitos blancuzcos cantando alrededor de una fogata, fumando libremente marihuana y vistiendo pulóveres con la foto del Che Guevara. No creo que los pobrecitos sepan que el guerrillero los habría mandado a fusilar a todos sin pensarlo dos veces.

A cada rato me asalta la nostalgia por los viejos tiempos, mis pantalones ripiados, el pelo largo y sucio - me pasaba hasta seis meses sin lavármelo. Viajando en cualquier cosa de un lugar a otro, durmiendo donde me cogiera la noche, con tanta romería llegué a pesar noventa y ocho libras. Comía cuando podía y cuando no, fumaba para olvidarme del hambre. Muy rara vez alguien se dignaba a darnos un poco de comida. Aprendí a comer desde boniato crudo hasta hojas de plátano, cualquier cosa con la que pudiera pasar el día.

Viajábamos en manada. El verano era la mejor época del año para movernos. De carnaval en carnaval recorríamos la isla de una punta a la otra. En los trenes nadie quería sentarse al lado de nosotros. La gente nos miraba como cosas raras, como a un enjambre de apestosos, fanáticos de la música “rompe-tímpanos”.

Después de Aldo murió El Buitre. Le decíamos así por su don especial para encontrar restos de comida en la basura y comérselos. Es la única persona que en mi vida he visto comer gusanos. Es proteína pura, decía. Le gustaban los insectos, zampárselos vivos. Era del campo, de La Esperanza, un pueblito pegado a Santa Clara. Según él su “don” era parte de una tradición familiar. A su abuelo le gustaba comer lagartijas vivas, las decapitaba primero de una mordida, para luego empezar a comérselas por el rabo. A pesar de su pasión por la inmundicia, no recuerdo haber visto a Aldo enfermarse una sola vez durante los casi cuatro años que pasamos juntos en la calle.
Tenía una salud de acero, por lo menos hasta que despertó el monstruo, fue el segundo en caer, pero con el que más rápido terminó el virus.

Con el tiempo se fueron muriendo todos, ya no recuerdo el orden. Si no me equivoco fue Laura la que siguió. Era una hembra tremenda, de Bolondrón, en Matanzas. Nos acostamos un par de veces. Me decía que su sueño de niña había sido estudiar medicina, hasta que su padre empezó a meterse por las noches en su cama. Su historia se parecía a la de cualquiera de nosotros, el pasado nos unía más que la pasión por el rock and roll o los barbitúricos.

Poco a poco he ido mejorando desde la última crisis aunque todavía me dura bastante el malestar en los huesos. La semana pasada me volvieron a cambiar la medicina, esta nueva es la copia de un antiviral que inventaron en Canadá. Si sigo bien, quiero dedicarme a escribir historias, quien sabe si hasta una novela, material para contar tengo de sobra, faltaría ver si me alcanza el talento. Pienso escribir en las madrugadas, así tendrá más sentido pasarlas despierto. Le empecé a coger miedo a las noches después de la muerte del Johnny hace un par de años. El nombre se lo pusimos porque así el solía llamar a todo el mundo. Un tipo increíble, tenía unas manos mágicas para la guitarra, era el más viejo de nosotros y el único que fue a la universidad. Su cuarto estaba aquí al lado, a cada rato bromeábamos sobre quien se iría primero.

A veces me desmorono y no me dan deseos ni de bañarme. No tengo fe, dicen que la fe ayuda, pero ¿Cómo voy a engañar a Dios? No creo que a él le interese escuchar a un hipócrita. Sin embargo, no he dejado de leer la Biblia, también leo novelas, es mi otro pasatiempo de las madrugadas, además de la música. Un amigo me manda los discos de Nueva York, tengo la mejor colección del país, un tesoro, he pensado en donársela a una emisora de radio, pero todavía no estoy muy seguro. Ayer mismo me llegó el último álbum de Metallica. Un bombazo. Lo escuché un par de veces en la noche, también terminé de leer una novela, Salambo, de Flaubert. En cuanto me reponga un poco más, pienso ir a la biblioteca a ver si encuentro otro libro de este hombre.
Ahora voy a descansar un rato. Dormir por el día tiene sus ventajas, las horas me rinden más, además, me he adaptado a dormir poco y a aprovechar así cada minuto, quizás con eso logre que la noche dure por siempre.




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* La historia de "Escorpión", el último de los jóvenes inoculados con Sida en Cuba es un relato escrito en primera persona por Lázaro Echemendía, un medico cubano, amigo del enfermero que atendia directamente a estos muchachos, un gran amigo suyo que vive todavia en Cuba. El enfermero conocía muchísimo de sus vidas y este relato reseña una pequena parte de lo que él mismo le contó al autor.

Jose Gonzalez
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