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De noche.

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De noche.

Mensaje por Patrio el Dom Nov 09, 2008 6:42 pm

Sentado en la terraza miro al cielo y busco a Teresa. Los grandes astrónomos han bautizado estrellas y constelaciones con nombres mitológicos, en mi caso me he tomado la atribución de rebautizarlas a mi gusto y tengo estrellas con nombres curiosos, Teresa, Nicolás, Junior, Teresita, Gladys, Jorge y toda una lista interminable. Hasta mi primo Tony que hace unos años desapareció tiene su propia estrella, es una con destellos azules unos seis grados al norte de la terraza alrededor de la cual otras seis estrellas forman un rectángulo casi perfecto como la balsa donde debió pasar sus últimos minutos.
Al sur una muy brillante es Nicolás, mi abuelo. Es como él, alegre, no para de sonreir y de cabellera canosa, ¿hay estrellas canosas?, no lo sé pero el abuelo tenía el cabello más blanco del mundo, que me lo nieguen a mí que lo pelaba cada dos sábados. Cuanto no daría por sentir esa sensación de caricia que aquella poblada cabellera producía en mis dedos.Está parpadea como si sonríera constantemente y por eso sonrío cuando le hablo, sobre todo en mis noches de pesca. La Nicolás es una estrella pícara y a veces hasta parece que me responde con un parpadeo más intenso, me intenta decir que no ha muerto y que está pendiente de mi silbido sabatino. Dicen que las almas van al cielo, pero como nadie las ha visto mi hipótesis personal es que se convierten en estrellas, hasta los que más se extrañan que son los vivos que están lejos, también se refugian en las estrellas y por eso hay una también muy brillante que distingo perfectamente sobre la silueta de la montaña más próxima desde mi habitación y esa es Teresa, mi vieja. Calculo que está a unos dos años lágrima, los eruditos hablan de años luz ( que es la distancia que recorre la luz en un año, poco menos de diez billones de km) pero me resulta muy sofisticado e impersonal, por ello prefiero hablar de años lágrima, esa distancia enorme que tarda en borrarse la imagen de una lágrima en la mejilla de mamá la última vez que escuché: "Adiós, hijo, no te preocupes que estaré bien". Esa distancia supera a la luz y lo más propio sería hablar de años oscuridad pero como el término es realmente tétrico prefiero el de años lágrima. La estrella Teresa provoca en mí casi la misma sensación que la constelación Junior, dos grados noreste desde mi balcón del dormitorio y que semeja un carnaval de luces, creo que no hace falta explicar que es mi hijo, ese pequeñín que sólo ha crecido en las fotografías de los últimos diez años. Lo extraño con Fuerza Cinco escala Grito, otra de mis clasificaciones de intensidad afectiva y que se mide de forma aproximada por la intensidad de mi grito en madrugadas junto al mar cuando le llamo. A veces corro al mar alguna que otra madrugada y le grito, sé con absoluta certeza que me escucha, más aun cuando en el último correo me dijo que a pesar de medir más de 1.80 m lo primero que hará cuando nos veamos será empinar un cometa juntos, como lo hacíamos antes, ¿Antes de Cristo?. No, antes de irme, abreviado es A.D.I. porque es mi referencia más vital, todo gira antes y después de la partida. La disyuntiva es harto difícil, la estrella Teresa es mi norte, ¿qué Norte?, hablo del punto cardinal Tristeza pero la Junior es mi cardinal Alegría, coincide con el Este que si no me engañó la maestra de primaria, la respetable Digna León es por donde sale el sol y Junior es mi sol. Mi hijito, hace unos días recordaba en insomne madrugada el día que cogí una ruta 4 en el paradero de La Víbora y me colgué de la puerta abarrotada de gente contigo delante y como supliqué a los demás que te subieran. El ómnibus en marcha y cosas de la irresponsable juventud arriesgué tu vida y la mía, aun hoy pienso en eso y se me saltan las lágrimas. Hijo mío, cuanto te extraño, cuanto leo y rebusco, cuantas noches en vela intentando hacer la magia y convertirme en mariposa, mejor un Anser Indicus de esos que son capaces de atravesar volando el Himalaya y llegar junto a tu cama para darte un beso. Estás a dos mil años lágrima, esa clasificación concebida por el padre más triste del mundo. Lo menos que puedo hacer es mantenerme digno y merecerte, ser un buen hombre y créeme que me esfuerzo.
Estoy rodeado de estrellas, de muertos y vivos, un firmamento de nostalgias que asumo entre ilusiones y desesperanza, como si la noche eligiera mi corazón para pasar el invierno más frío. Disimulo y sonrío, con esa sonrisa que se queda a medias, cercenada y mutilada por una ideología que me impide el abrazo, como si el hombre fuera capaz de convertir las ideologías en bayonetas que separan a los padres de los abrazos , a los hijos de los besos.
Indudablemente esta noche es triste o quizás vacía, como una fotografía de antaño donde señalamos a los que no están. Mañana amanecerá y de nuevo la esperanza, de nuevo ese temblor en el brazo que me dice, entrégate, para que no hayan más noches tristes ni familiares convertidos en estrellas.
Patrio.

Patrio
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