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La apuesta.

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La apuesta.

Mensaje por Patrio el Mar Nov 18, 2008 7:28 am

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Los tres rostros frente a frente al más puro estilo far west, rodeados por un silencio casi sepulcral que solo es rasgado por las miradas. Las pupilas sustituyen a las gargantas intentando disuadir al contrario a abandonar el desafío mediante miradas que esconden el verdadero sentido del mensaje, pupilas que visten de debilidad a la fuerza más brutal, otras que simulan una potencia de la que carecen y algunas que disfrazan de sumisión a la impotencia, tratando de atisbar en la compasión del enemigo un punto imprescindible para iniciar el ataque que le destruya. El zumbido de una mosca que se empeña en restar tensión a la escena semeja el ronroneo de un viejo bombardero de la Segunda Guerra Mundial, época donde la técnica aun no era capaz de ocultar la muerte tras la distancia y la guía láser, esta era predecible dando un margen, una posibilidad de defensa a la vida, unos cien metros de zona franca hasta alcanzar el refugio más próximo. La muerte hoy ha ganado en eficacia y caza con sigilo, basta un enfoque a miles de metros y se pasa a mejor vida tras una explosión que todos perciben menos las víctimas.
La mosca revolotea impertérrita la zona de conflicto, desafiando las palmadas de los contrincantes lanzadas al azar sin desviar las miradas del objetivo, las cartas del contrario. Dos ancianos y un niño, el nieto común, enfrascados en una partida final. Se lo juegan todo antes de irse a dormir.
- Juega abuelo, te toca- comenta el pequeño dando una palmadita sobre la aun forzuda mano del anciano a su derecha- ¿Qué apuestas?
El viejo mira sus cartas con detenimiento, sin el menor gesto que pueda delatar sus armas. Una leve contracción del entrecejo preludia la sentencia.
- Bien, me apuesto diez, no, mejor veinte años de mi nostalgia en el exilio.
El otro anciano le mira con una sonrisa desafiante ante el gesto de sorpresa del pequeño.
- Pues si apuestas tal cantidad, yo apuesto mi confianza de veinte años a una ideología con la que moriré. Has de saber que hay cosas a las que uno no renuncia aunque sólo sea por terquedad,- afirma mirando con cariño al nieto- porque estos jovenzuelos no comprenden que a veces los viejos nos resistimos a reconocer que hemos estado equivocados. Es más te doblo, mi confianza de veinte años y mi fe en todo lo que creí. Te toca a tí, Javi.
El pequeño acaricia su barbilla con gesto preocupado, sin duda alguna la apuesta es fuerte, pero tras unos segundos de meditación esboza una sonrisa.
- Muy bien. Apuesto también. Veinte años de futuro, es más doblo la apuesta, veinte años de cariño y diez de abrazos para cada uno. Mis abrazos no tienen pasado, no puedo apostar abrazos de ayer, sólo traigo abrazos del mañana. ¿Tienen valor los abrazos de un mañana?.
Los ancianos asienten.
- Te toca, abuelo. ¿Quieres más cartas?
El anciano de la derecha vuelve a contemplar las cartas algo indeciso. Unas perlas de sudor le adornan la frente, bebe un sorbo de ron y tras una mueca niega la opción.
- No quiero más cartas, pero quiero incrementar la apuesta- afirma mientras dirige la mirada hacia el otro anciano-, durante años he guardado celosamente odio y sed de venganza, un odio difícil y peligroso, tan brutal que no se sacia con nada. Debo incluso reconocer que a veces hasta me corroe a mi mismo, hay odios tan ciegos que si no sacian su sed se muerden ellos mismos. Apuesto treinta años de mi odio y veinte de sed de venganza. He sufrido demasiado en el exilio y créanme que me cuesta mucho apostarlos, pero con una mano como esta no puedo perder- concluye esbozando una sonrisa de triunfador.
El pequeño muestra un semblante preocupado, piensa que quizás hay mucho en juego. Hay cosas de los abuelos que no se deben tocar y decide no intervenir. Mientras tanto el otro anciano se toma tiempo antes de hablar, estira el brazo y enciendo un habano de proporciones cíclopeas inundando la estancia de humo.
- Bien, veo que apuestas en serio, Romualdo. Yo también acumulé odios durante años, un odio casi sin nombre, porque hay odios huérfanos, dirigidos hacia quienes debes amar, hacia los compatriotas que se convierten en enemigos por el mero hecho de disentir, pero a los que ideológicamente debes despreciar, odiar y golpear si es preciso. Creo que es un odio tan ciego como el tuyo, quizás más cerval porque no tiene sentido, pero al fin un odio sin sentido es igual al odio con sentido por lo que acepto tu apuesta. Treinta años de mi odio y veinte de mi absurda venganza contra todo aquello diferente. Es más, apuesto diez años de consignas y actos de repudio.
Las miradas de los ancianos se entrecruzan pero son interrumpidas por la voz del nieto.
- Han apostado duro. Casi no tengo como hacer frente a las apuestas, pero sobre todo si gano no sé que puedo comprarme con tanto odio. Necesito paz, una patria donde no se hable de guerras, quiero parques sin sangre y periódicos que no me hablen de muertes y enemigos. ¿Podré comprarme paz con tanto odio?.
Los ancianos fruncen el entrecejo al unísono, tal vez el pequeño tenga razón pero ellos también y prefieren guardar silencio. El imberbe prosigue su alegato con una mirada de desconfianza en sus cartas. Escoge una más y queda unos segundos en franca meditación. Al final rompe el silencio.
- Está bien, voy a arriesgarlo todo. Al final es la última partida. Apuesto por una patria libre, donde de una vez y por todas los hombres vivan con la ilusión de una tierra feliz para los que hemos nacido después y eso no puede comprarse con odios. Creo que ese espacio, es patria me la merezco y un día cuando sus odios mueran y pido a Dios que mueran antes que ustedes, florecerá un país donde todos puedan opinar, donde la opinión no sea un arma sino un instrumento para construir el futuro y por tanto no sea sancionada o proscrita, sea buena o mala. Les doblo a ambos, me apuesto una Patria Libre, con todos sin excepción. Me planto.
El anciano de la izquierda muestra un trío de reinas y el de la derecha una escalera de colores. Ambos esperan por el pequeño que demora en mostrar su jugada hasta que descubre lentamente como si fuera un amanecer, un póker de ases.
- Dios- exclaman al unísono los abuelos. El nieto no se inmuta y recoge entre sonrisas todo el odio sobre la mesa que va vertiendo con cuidado en una bolsa de supermercado. Los ancianos observan con pesadumbre al pequeño que sin miramiento alguno lanza hasta la menor porción de odios, rencores, resentimientos y rencillas tan viejas como sus abuelos, a la bolsa. Acto seguido toma otra bolsa y guarda en ella los abrazos, los besos, las sonrisas de una patria libre de tiranías y sale disparado al jardín. Los ancianos corren tras él sin alcanzarle y sólo llegan justo a tiempo para contemplar al pequeño que lanza la bolsa de odios al contenedor de basura más próximo. Con la bolsa de ilusiones regresa al jardín y siembra un abrazo por aquí, un beso por allá, un manojo de libertad junto a la cerca y junto al borde del camino empedrado deposita toda una hilera de semillas de hermandad.
Los ancianos gritan.
- ¿Y ahora qué haremos sin nuestros odios?
El pequeño no les responde mientras observa como de inmediato de las semillas de abrazos, besos, libertad y hermandad comienzan a brotar retoños con flores con los colores de la bandera cubana. No puede aguantar los impulsos y corretea entre el florecido vergel. Los abuelos permanecen inertes hasta que el nieto les grita.
- ¿Qué harán sin sus odios?. Vengan, aprendan a correr en libertad.
Y los dos ancianos, con lentitud, temerosos y ganando la confianza a sorbos, como la salud tras la enfermedad emprenden una frenética carrera entre sonrisas, como si la perdida del odio le restara peso a sus cuerpos, o quizás..., a sus corazones.[/
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Patrio
Ganador por Votación del Foro al Premio Golden Post por Mejor Articulo Original
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