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DE COMPRAS POR LA HABANA 1958

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DE COMPRAS POR LA HABANA 1958

Mensaje por Adri el Jue Ago 12, 2010 5:55 am

En La Habana de mi infancia, no era lo mismo comprar en la calle
Galiano
que hacerlo en la Calzada de Monte. En las tiendas de Galiano compraban
los de mayores posibilidades económicas, reales o supuestas, y las de
Monte quedaban para los de menos recursos. En las primeras, la categoría
de la zona estaba incluida en el precio del producto y hasta los
dependientes de esos establecimientos comerciales eran distintos, con
sus camisas de manga larga y la ineludible corbata, mientras que en
Monte era común verlos hacer su trabajo en camisa de manga corta, aunque
en una y otra calle las vendedoras vestían invariablemente de blanco,
en verano, y de negro en invierno.

Hablo de dos zonas comerciales
bien caracterizadas y no las únicas que tuvo La Habana de ayer y que en
buena medida siguen siendo las de hoy.
En la de Galiano, tiendas
como El Encanto, La Época, La Ópera, Fin de Siglo, La Casa Quintana,
Flogar… En Monte, Los Precios Fijos, La Isla, La Nueva Isla… en las que
mi familia tenía sendas libretas de crédito que le permitían comprar y
pagar después. Monte, por decirlo de alguna manera, era más popular;
conservaba en 1958 el «sabroso criollismo» que le vio Jorge Mañach en
1926. Acentuaban ese rasgo los muchos kioscos que se emplazaban en las
anchas aceras de frente a la Plaza de la Fraternidad, en los que podía
adquirirse desde un pollito teñido de violeta, que por más que se le
cuidara moría irremisiblemente a los dos días de adquirido, hasta un
cohete para viajar a la Luna… de juguete, por supuesto, o ese artículo
que se pasó por alto en el momento oportuno y que acababa comprándose,
de prisa y sin miramientos, en cualquier parte. Tiendas, salvo
excepciones, relativamente pequeñas, las de Monte, generalmente sin aire
acondicionado, pero con unos ventiladores de pie, enormes, siempre de
color oscuro, que se obstinaban en espantar el calor y hacer más
agradable el ambiente.

Fiebre
del sábado por la noche El sábado era día de tiendas. Aprovechaba el
día la mujer trabajadora y también el ama de casa. No acudían a un solo
establecimiento, sino que recorrían todo un rosario de ellos a fin de
sopesar la oferta, comparar los precios y decidirse por lo que estimaban
mejor. El sábado, de tanto público en las tiendas de Monte no cabía un
alfiler; tampoco en las de Galiano. Las mujeres, sin formar cola ni
preguntar quién era el último, se pegaban al mostrador y la empleada las
atendía, sin que hubiera protesta, por un orden que establecía ella
misma.

No todas compraban. Estaba la que lo revolvía todo y se
iba con las manos vacías y corría a la tienda de al lado con la
esperanza de un mejor precio. Y la que se probaba la ropa más cara para
decidirse al final por una blusita de apéame una. Era una clientela
marcadamente femenina la de las tiendas; el sábado o cualquier otro día
de la semana. La madre, no sin esfuerzo, conseguía arrastrar al hijo,
que no cesaba de refunfuñar hasta que le compraban lo que quería o,
según las posibilidades, lo que se le pareciera. Raramente a la
excursión se sumaba el esposo. Pero este, ya dentro del establecimiento,
permanecía distante, ajeno a las vidrieras y a los mostradores, más
interesado en atisbar, con mayor o menor discreción, a la esposa ajena
que en seguir
las peripecias de la propia.

Las tiendas abrían a
las ocho de la mañana y cerraban a las 12 para el almuerzo. Como no
había comedores obreros, cada empleado comía donde podía o se iba a su
casa a hacerlo. Reabrían a las dos de la tarde y cerraban a las seis. La
noche anterior al Día de Reyes tiendas y quincallas permanecían
abiertas TODA LA NOCHE para no perderse al cliente de última hora. Era
un día fuerte en la recaudación, como lo eran además el Día
de los Padres y el de las Madres; el Día del Médico y el de los
Enamorados;
celebraciones, algunas de ellas, como la de los Padres, instituídas en
La Habana por los mismos comerciantes, que sabían también rebajar los
precios de sus mercaderías cuando las circunstancias lo aconsejaban.

A
esas rebajas se les llamaba realizaciones y se acometían a plazos fijos
en algunos establecimientos. Julio, por ejemplo, era el mes de
realización en El Encanto, y La Época la hacía en agosto. Por eso se
hablaba de «Don Julio» en El Encanto, y se insistía en que el cliente
podía hacer «su agosto» en La Época, mientras que J. Vallés, en la calle
San Rafael, se ufanaba de ser «la que más barato vende» y Galiano y San
Miguel, gracias a La Ópera, se identificaba como «la esquina del
ahorro»… simples slogans de campañas que, si bien beneficiaban al
cliente, permitían al tendero deshacerse de mucho de lo que parecía no
tener salida, vender un traje de baño en pleno invierno o una pieza de
lana en lo más crudo del verano. No faltaban los artículos que se
expendían a 99 centavos o en cantidades no redondas. Un centavo era
entonces un centavo y el comprador esperaba su vuelto junto al mostrador
con una feliz sensación de ahorro, sin contar que precios como esos
ayudaban a una eficaz circulación de la moneda nacional.

Aunque
las tiendas, a medida que avanzó el siglo XX, fueron haciéndose por
departamentos, de manera de procurar que el cliente encontrara en ellas
casi todo lo que buscaba, las había también especializadas. Si se
trataba de loza y cristalería, lo mejor era El Palacio de Cristal, en
Neptuno y Campanario; lámparas, las de Quesada, en Infanta y San Lázaro.
Para muebles, Orbay y Cerrato, en Infanta y San Martín. La Casa
Quintana era ideal para artículos de regalo. Cuervo y Sobrino, en San
Rafael y Águila, eran «los joyeros de confianza». Un hombre despertaba
admiración si se vestía en Oscar, la sastrería de la calle San Rafael.
En esa misma calle, la joyería de Gastón Bared fue en su tipo uno de los
mejores establecimientos de la ciudad. Representaba los relojes Omega,
Cartier y Breitting, en tanto que la joyería Riviera, de Galiano, tenía
la representación de los relojes Rolex y Patek Phillippe; llevó más de
80 años representando las mismas marcas.
La Casa Sánchez, en Reina
frente a Galiano, distribuía en exclusiva los colchones Windsor. La
Nueva Isla, en Monte y Suárez, remitía gratis a quien se lo solicitara
el catálogo de novedades que preparaba dos veces al año.




Un
abundante grupo consumidor femenino buscaba precios aun mas al alcance
de sus bolsillos. En La Habana Vieja habia varias tiendas que vendian
telas “por retazos” y habia otra popular tienda conocida como “La Casa
de Los Tres Quilos”. Estas tiendas, por lo regular eran propiedad de
libaneses, iraníes, hungaros, armenios, pero a todos el pueblo los
conocia como “polacos” o “moros”, que era lo mismo que sucedia con los
españoles. Estos podrian ser asturianos, andaluces, madrileños o de
cualquier otra parte de la Madre Patria, para los cubanos todos eran
“gallegos”.

Los comerciantes de una calle se agrupaban en
uniones, y esas uniones se agrupaban a su vez en el Conjunto de Calles y
Asociaciones Comerciales. Existían la Unión de Comerciantes de Galiano
y San Rafael, la de los de Belascoaín, la de los de Reina y Carlos III,
la de los de Diez de Octubre y sus anexos… Estaba la que agrupaba a los
de las calles Mercaderes, Inquisidor y San Ignacio, y la de los de la
Manzana de Gómez.

Contaban esas uniones con un presidente, un
secretario y un asesor legal. Ninguna tenía oficinas, sino que radicaban
en el comercio del que le tocaba presidirla. De sus reuniones salían
las campañas publicitarias, se coordinaba el adorno de la calle en
fechas determinadas y en buena medida se fijaban los precios.

El
pulso de la ciudad Decía Mañach en 1926 que Obispo era una calle
conservadora y recalcitrante que defendía su viejo prestigio con celo
conmovedor, y que San Rafael era arribista y nueva rica, en tanto que
Galiano y Belascoaín no acertaban a definirse. Pero en la misma fecha
llamó «encantadora» a la esquina de Galiano y San Rafael, y la calificó
de «lujosa, perfumada y trémula». Precisó el ensayista: «Vía crucis de
los instintos… por donde, a la hora “del cierre”, en que la villa se
esponja empapada de crepúsculo, discurre quebradamente el mujerío
inefable de San Cristóbal».

Se dice que por las numerosas mujeres
que se daban cita en la zona para hacer sus compras y ver las vidrieras
y también para que las vieran, grupo que se reforzaba con la entrada y
salida de las empleadas de las tiendas, es que ese sitio recibió el
nombre de
esquina del pecado. Sin embargo, Eduardo Robreño y Renée
Méndez Capote aseguraban que con tal nombre bautizó antes el periodista
Lozano Casado a la esquina de Galiano y Neptuno. Eso poco importa hoy.
Lo que resulta verdaderamente significativo es que Galiano y San Rafael
se convirtió en el punto comercial por excelencia de la capital.

Hasta
1915, Obispo y O’Reilly fueron en La Habana la meca del comercio y la
moda, como lo eran de las secretarías de despacho (ministerios) la banca
y los bufetes de prestigio. En Obispo hallaban asiento la mejor
heladería, la dulcería más solicitada, la farmacia más confiable, las
librerías más actualizadas. Joyerías de nombre como La Casa de Hierro y
el Palais Royal, tiendas como La Villa de París y La Francia, y una
sastrería reputada como la del padre de Julio Antonio Mella, se
localizaban asimismo en esa calle. Una modista de gran fama, madame
Laurent, tenía su taller en O’Reilly. La corsetera madame Monin y
sombrereras como madame Souillard y las hermanas Tapié, estaban por
excepción en la calle Muralla, como madame Marie Copin, en Compostela.
Cuando la gran bailarina rusa Ana Pávlova estuvo en La Habana renovó todo su ajuar con esa célebre modista francesa.

No
aceptaban las cubanas de la época, pobres o ricas, las confecciones
norteamericanas. La seda venía de Francia, el holán y el nansú, la
muselina, el organdí y los casimires, de Francia e Inglaterra. Los
encajes llegaban desde Bélgica y de España venía la ropa de cama, de
hilo puro. Los buenos zapatos se hacían en Cuba, con pieles importadas,
por zapateros cubanos. Todo esto cambia a partir de 1915, cuando la
esquina de Galiano y San Rafael empieza a ser lo que fue más tarde.
Cinco años después, esa esquina era ya el sitio donde se medía el pulso
de la ciudad.

En 1877 La Ópera abrió sus puertas en Galiano y San
Miguel. Veinte años después lo hizo Fin de Siglo en un pequeño local
que creció al ritmo de la gran Habana. En 1927 se inauguraba La Época
con solo seis empleados; serían 400 en 1957.

La primera tienda de
que tenemos noticias que funcionó en el área se llamó El Boulevard y
ocupó justo el sitio de la hoy ferretería
conocida como Trasval. Este
escribidor desconoce cuándo se inauguró, pero sí sabe que sus
propietarios la vendieron en 1887. Aprovechando el espacio, los nuevos
dueños abrieron allí La Casa Grande, que prestó servicio hasta 1937,
cuando vendieron a su vez el local, donde se instaló la tienda
Woolworth, mas conocida como “el Ten Cents”, comercio minorista de
artículos varios, casi
todos importados, que desde 1924 tenía su sede en San Rafael y
Amistad.
Donde hoy se encuentra Flogar estuvo durante años el café La Isla,
famoso por sus exquisitos helados. El Encanto se inició en 1888 en
Guanabacoa. Pasó después a Compostela y Sol hasta que halló sitio en
Galiano y San Rafael y creció desmesuradamente. Cuando el fuego lo
destruyó en 1961 era la tienda por departamentos más importante del
país.



Ir a La Habana.

Se puede vivir en Santos Suárez, Lawton, Arroyo Apolo, el Cerro o
cualquier otro barrio de la ciudad, pero el habanero solo reconoce
como La Habana el área de Centro Habana y La Habana Vieja. En los días de mi infancia, ir de tiendas era ir a La Habana.

Adri
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Re: DE COMPRAS POR LA HABANA 1958

Mensaje por politico el Jue Ago 12, 2010 9:43 am

Pero este, ya dentro del establecimiento,
permanecía distante, ajeno a las vidrieras y a los mostradores, más
interesado en atisbar, con mayor o menor discreción, a la esposa ajena
que en seguir
las peripecias de la propia.[quote]

Adri,
Esto siempre ha sido tipico del cubano, o en Cuba o en el Polo Norte siguen asi .Es parte de su indiosincracia nascer con esa malicia
inofensiva.

Jorge Luis

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